Gata (Foto servida)

«Ahí va la mujer del vecino, los del pastor alemán», ha dicho Mariana. Y yo, enredada en la lengua de Kundera, he pretendido ignorarla, pero ya se sabe lo insistente que puede ser esta criatura.

«Digo que ahí va la mujer del vecino», ha repetido.

«¿Y?», he respondido de mala gana.

«Va mirando de soslayo, encorvada, con las manos en los bolsillos. Y, además, se ha teñido el pelo de rojo.»

«¿Y qué?», he preguntado aún, sin ser más sabia.

«Que hace un año, cuando se vino a vivir con él, era toda sonrisas, macetas y botes de pintura y canturreos, como cualquier mujer de bien que fornica a menudo y felizmente, mientras que ahora se parece a la otra, a la que había antes».

«Tiene el mismo mirar de gata que la otra» (Foto servida)

La he mirado con todo el asombro que me cabe en los ojos.

«Tiene el mismo color de pelo, la misma expresión y el mismo andar de gata apaleada que tenía la otra antes de desaparecer», ha explicado entonces, balanceando levemente una pierna, como quien habla del tiempo. «Quizás las está encogiendo y conservando en frascos de formol que guarda en el desván…».

«Estás loca», he replicado mientras regresaba al libro. «Además, si así fuera, tú y yo no tenemos que ver con ello.»

«Pues no, pero es bueno tenerlo en mente, por si alguna vez se corta la electricidad durante una tormenta y hay que ir a pedirle ayuda a él.»

En Noruega, ver un dromedario pastando en el jardín sería más natural que un apagón y, de necesitar ayuda, me bastaría apretar un botón del sistema de alarma para convocar a dos mocetones uniformados. Pero eso lo voy a pensar mañana, ésta infeliz sabe cómo meterme el miedo en el cuerpo.

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