
Lo breve de todos los siempre del universo
Presentación del libro La brevedad del siempre de Manuel Vázquez Manuel Vazquez Portal
Por Yenet Pérez Prieto.
A mí que por naturaleza me gusta filosofar, por llamarlo de algún modo, aunque no tenga conocimiento exacto ni puntual de ciertos asuntos, sus mundos y su gente; ya sean asuntos cotidianos o trascendentales, lo hago por puro gusto desde el silencio diáfano de la Zambrano, y a veces también, casi, involuntariamente, porque los pensamientos que surgen en un momento dado, dígase en plena charla, comienzan su cabalgata hacia la lengua y hablan, ya sea el caso, con el lenguaje introspectivo (de autoconciencia) o para cuestionar las causas atenuantes de ciertos episodios en un mural colectivo. Aunque la mayoría de las veces por falta de oidores todo quede en un debatir de metáforas dentro de un poema. Pues sucede que, muy temprano en la mañana, cuando salió el post de Lunetra anunciando los libros que serían presentados en la tertulia del 28 de marzo, Manuel me escribe para preguntarme si me gustaría presentar su último libro de poesía «La brevedad del siempre», recién publicado por ese sello que dirige nuestro amigo Pablo Socorro. Imagínense, qué honor para mí, y qué compromiso con este hombre de rebelde postura y fragilidad humana; que es en sí mismo una carga de vibraciones astrales, grandeza y resplandor de cosmos; semilla y savia de la noche para destino ignoto, que luego resulta en horizonte oxigenado auroralmente por la esperanza, porque Manuel Vázquez Portal tiene un espíritu irrepetible entre los mortales y dentro de su propio caos. De esos que los dioses del Olimpo custodian en los malos días; que lo reconstruye y enjoya cual guerrero de poderosa memoria. Y va dejando a su paso una estela de preciada humanidad e inquietud, todo un universo henchido por lo auténtico y lo bellamente hondo en el tejido limpio de su alma. Y es precisamente el cómo proyecta su mundo interior lo que arrastra al lector por ese territorio exquisito que se resiste al olvido.
«La brevedad del siempre» es una espiral de situaciones y sensaciones. Manuel no tiene intención alguna de deslumbrar, su alma solo festeja con palabras de verdadero impulso y frescura lo que fueron en gran medida acontecimientos por voluntad propia y lo que no también, dentro del universo que lo habita y lo que pudo provenir hasta de un susto en la urgencia de todo lo que es impuesto: ese dolor a la Patria y el ofuscamiento por todo aquello que en opresión desarticula su nave de la libertad. Pablo Socorro apunta en el prólogo que: «Vázquez Portal navega aquí entre Emerson y Whitman, pero sus paleteadas son en un mar conocido y cotidiano, lo mismo en las aguas turbias de las ergástulas castristas -físicas, mentales y sociales-, que serenas y dulces salpicada de recuerdos de juventud, amores y desamores, amistades y traiciones. Filosofía emersoniana y realismo Whitmaniano, adobada con la mirada alerta, y a veces jodedora, de un hombre que está de vuelta de todo, de lo bueno y de lo malo».
Manuel puede hacernos comprender por medio de la reiteración jugosa y sosegada de todas las cosas, las buenas y las malas, que un instante puede ser eterno donde hay calidad artística y humana.
Cuando me llegó su mensaje para invitarme a presentar su libro, lo primero que me vino a la mente fue el título: «La brevedad del siempre» y enseguida pensé en lo mucho que puede angustiarme la veracidad del tiempo, y a su vez, la fragilidad del fin. ¿Qué es el tiempo en definitiva cuando la mente siempre te hace creer que no transcurre por ti (no conciente del acercamiento del fin)? Y saqué de contexto unas palabras de Milán Kundera, que si bien no cabe decir aquí que resulta visionario ni sentenciado propiamente, tampoco deja de ser algo cierto: «El hombre, aunque es mortal, no es capaz de imaginarse ni el fin del espacio, ni el fin del tiempo, ni el fin de la historia, ni el fin de la nación, vive constantemente en un infinito aparente.
Y Manuel, que ya ha transitado por un camino particularísimo busca el siempre entre los desgarros y las sombras, en un destello de la piedra primigenia, y se eleva y regresa en un suspiro para entregarnos la magnificencia inmediata de su «Presencia»: «Uno sale a la puerta / presintiendo que llega / pero / es el viento / que la trae del olvido», aquí la vida es la amada y la amada deviene vida misma -en medio de raras impresiones: los crepúsculos umbríos, los añiscos regados por el alma-. Un golpe de sangre como caricia en las sienes apagadas y es, en primera instancia, ese latido de luz que lo alcanza en su fugacidad y devuelve al poeta a la realidad inmediata de su resplandor interior, su ventura inicial; a un modo de existencia armónica, ya visión renovada de sí mismo, alerta con todo lo que fue y será un transitarse por lo viejo y lo nuevo, porque «Ella» se resiste a esfumarse aún estando al borde de la nada. Y por un instante inmenso, el caos, la soledad, el miedo como trazos oscuros de nuestra naturaleza humana dejan de ser, y se advierte hombre vivo, y otra vez: «Se tiene la impresión de que nunca ha partido y su sonrisa sigue iluminando el hueco del abrazo». Los poemas se agrupan en tres partes, y este es para mí, el más intenso, bello y energizado. De conciso y limpio acabado, perteneciente a la primera sección.
Y es justamente la exploración de la cruda realidad por los días, el cansancio ya constante que trae la vida moderna con su compleja gama de inevitables y reflexivos episodios con su amigo Froilán, lo que actúa como introspección entre dos «transcurridos» que intentan acortar distancia, y de paso, deshilvanar tanta nostalgia de los tiempos viejos: «Él abre la pantalla de su computadora / y nos hacemos bromas / de lo torpe que somos con estos trastos nuevos». En este poema, Manuel, intenta compadecerse de sí mismo y a su vez del amigo Froilán, que lo mira desde la lejanía geográfica, con ternura casi fortaleza restaurada y le habla del bigote cano y le ruega conserve la tristeza para que no se le esfume la alegría; porque luego del camino andado en amistad el poeta siente que hay poco de que hablar con una foto que parece viva. Se duele de esa distancia que a fin de cuentas no logra vencerlos, ni amarga; hay una terca paciencia en ambos que deja intacto el lenguaje de la bondad. No está convencido (o no quiere llegar a ese convencimiento) de que el tiempo ha transcurrido (realmente) en ese sitio de encuentro con paisajes perdidos, ya viciado y lleno de tiempos viejos aunque sigue siendo el sitio del siempre. La memoria busca un instante irrepetible, pero poco hay de que hablar entre dos transcurridos.
El poeta escribe desde la herida para no morir de tristeza. Nombrar la nostalgia, la niebla asfixiante de las calles de la isla o el límpido mirar desde sus ojos de niño y sentir el silbo de su corazón de niño que se consuela y alumbra con palabras que lo hacen renacer en la luz dentro de las fronteras del tiempo y en su canto sencillo y de colorido temblor, no es blandenguería, sino mostrar la verdadera grandeza de los gestos pequeños y ser honesto con el hombre humilde que lo habita. Sí, porque nombra lo que duele, lo que permanece intacto en su memoria entre sucesos que ocurren como subterránea mirada hacia la brevedad del siempre que es viajar desde el abismo hasta la estrella que vibra en algún espacio de su conciencia, y fructificar en una suerte de coexistencia con cada parte de sí.
A lo largo del libro surge a veces desde la evocadora presencia del niño que fue o, de algún modo útil, delicado y bello, del niño que prefiere seguir siendo a ratos en privilegiada atmósfera de reconocimiento y de reencuentro, porque Manuel se las arregla para que ese poderoso vínculo nunca deje de aflorar dentro de su poética. Cierto es que uno es salvado por el otro y viceversa, aunque ya trae todas las herramientas adquiridas: sabiduría y ese haber íntimo, social y político, por ello no se impone, solo habla su experiencia propia: cavilaciones, temores, inquietudes, amores, desesperanzas, certezas, angustias, y todo esto es lo que nos mantiene dentro de su abrazo de amigo bueno, sincero y espiritual. Sobre todo humano, que carga con su indomable bestia por todo el territorio de la verdad. Pablo apunta en algún momento del prólogo «que solo siendo fiel a su propio caos íntimo se puede trascender».
Ya en la segunda sección del libro aparece un poema de honda respiración y tono reflexivo y melancólico, tejido entre certezas y dudas: «Dónde está la camisa de mi tedio escolar?», lleno de un susurrar de interrogantes, que cada vez desnuda una tras otra imágenes simbólicas que van cavando en el recuerdo de la historia total que se inscribe en la piel: camisas que están llenas de voces y paisajes, con hilos de olores del hombre que las impregna, las habita y malgasta.
Pero, cómo era esa muchacha, nos dice de pronto al pasar la página, «una lánguida efigie con ojos de carbón, cómo era, Manuel, cómo es que era: una reina con ínfulas de diosa, arruinada de amor, una gacela acaso, acaso una gacela extraviada en tu pecho, quizás la brizna alegre del más fugaz invierno», y aquí otra vez los versos llegan como un golpe sonoro; lucidez, fuerza y calidad: de un modo sutil y bello, Manuel prefiere aparentar dudas y cierta confusión para lograr tan deliciosas metáforas. Qué versos de brizna ardiente y delirante. En su frondosidad y elevado vuelo llegó a mí efluvios de César Pavese: «así lo ves cada mañana cuando te asomas a ti mismo en el espejo. ¡Oh esperanza, ese día sabremos también que eres vida y eres nada! Kavafis con: «Cuerpo recuerda no solo cuando fuiste amado (…) recuerda, cuerpo».
Los poemas de la última sección, son de largo aliento, llegan como noticias de un espectáculo gozoso e imaginario, donde rostros y voces cruzan temblorosos el follaje del crepúsculo. Hay diversidad de seres y relaciones sociales mientras van equilibrándose sobre la maroma, haciendo como que avanzan por ese hilo de vida. La misma cuerda floja en espiral reiterativo. Hay sensibilidad en lo que parece ser una idea entre lo onírico y lo terrenal en la reiteración del vacío. «El equilibrista», lo dedica a Eliseo Diego, estando el poeta Manuel, en el sitio en que gustamos las costumbres, con el tiempo, todo el tiempo, estirado bajo los pies como una serpiente resbaladiza.
La lectura de la brevedad del siempre, ratifica, con creces, el vigor y la energía genuina de hilo filosófico entre lo cotidiano y lo trascendental que complementa cada pieza. Los versos se hilvanan con un lenguaje, la mayoría de las veces, cercano al habla común. Manuel no busca endulzar oídos, no procura exhibicionismo literario, ni el favor de los lectores. No lo necesita. Manuel Vázquez Portal no es obsesivo, es constante en su identidad y se permite frases mordaces, porque le sobra genio dentro de una lucidez que lo condena por costumbre.
Schopenhauer sostenía que la empatía por el sufrimiento ajeno, era una de las pocas formas en que podríamos trascender nuestro egoísmo y encontrar sentido a la vida.
Así «La brevedad del siempre» se puede presentar como una obra que hace escala en algún punto de ese camino hacia esa trascendencia, porque fuera de toda expectativa sucede a veces que un instante puede ser eterno, y en la medida de su hondura, espacio cósmico.
Invito, pues, a que el lector acuda a estos versos, que son constelación inmensa, y se lee en un suspiro.
Gracias, Manuel
(Tomado de la cuenta de Facebook del poeta Manuel Vázquez Portal)
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Alfonso Quiñones (Cuba, 1959). Periodista, poeta, culturólogo, productor de cine y del programa de TV Confabulaciones. Productor y co-guionista del filme Dossier de ausencias (2020), productor, co-guionista y co-director de El Rey del Merengue (en producción, 2020).







