(Nota Clave se honra en publicar este texto de Edwin Espinal, sobre una destacada personalidad de la historia dominicana, no conocida suficientemente)

29 de mayo de 1902. Jueves Corpus. El Dr. Alejandro Llenas Julia, sin pensar que aquel sería el último día de su vida, ensilló temprano su caballo para ir a Santiago a oír misa como de costumbre. Imbuido de la fe católica desde el hogar, en el que su padre fue un hombre de profundas creencias católicas, un ferviente creyente en Dios y en la Virgen María como mediadora suprema ante su Hijo, era un hombre de fe y devoción. La catolicidad lo acompañó desde niño, cuando fue educado en Nantes, Francia, en dos colegios católicos y lo marcó en su juventud, cuando se enroló en el regimiento de los zuavos pontificios, defendiendo de la soberanía del papa Pío IX sobre los Estados Pontificios, y participó en la batalla de Mentana (1867), enfrentado a las fuerzas nacionalistas de Giuseppe Garibaldi. Soldado de la fe, tenía a buen resguardo la Cruz de Caballero de la Orden de Nuestra Señora de Guadalupe, que le otorgara el emperador Maximiliano de Hasburgo en 1867 y la cruz militar de Mentana, que le fuera impuesta por el papa Pío IX en 1868.

Ante el altar de Santiago Apóstol de la Iglesia Mayor oró un preocupado por la enseñanza de la religión católica en las escuelas y del estudio de temas bíblicos. No pocas veces compartió largas disquisiciones con el Cura y Vicario Foráneo sobre su denominado “testamento místico”, apuntes que hizo entre Cabo Haitiano (1887), Puerto Príncipe (1898) y Gurabo (1900) sobre sus lecturas de la revelación de la virgen de la Salette, la historia del Anticristo, la interpretación del Apocalipsis de Bartolomé Holzauser y la profecía de la sucesión de los papas.

Mes de intensas lluvias, después de la misa mañanera le tocó transitar por calles enlodadas y evadir uno que otro charco, distante escenario al de los marmóreos pisos del Vaticano, que caminó una y otra vez como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del país en 1896, para discutir ante León XIII los límites fronterizos entre República Dominicana y Haití, pero ambiente muy similar a aquellas calles de tierra por las que transitó en Cabo Haitiano y Puerto Príncipe entre 1893 y 1899, como cónsul y Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la República Dominicana, y en Puerto Plata, en múltiples afanes médicos y sociales.

Se detuvo a saludar a su prima Julia Julia y conversó un rato con su esposo, Manuel de Jesús Tavares Portes, en su tienda. Se fue a su casa de Gurabo como a las diez de la mañana. Ante su respetada figura de Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de París todos los que se le cruzaban en el camino se descubrían. Y no era para menos. Diputado al Congreso Nacional por Santiago, fundador y primer presidente de la sociedad política Liga de la Paz, cofundador del Cuerpo de Bomberos de Santiago, administrador de los periódicos El Orden y La Paz, descubridor de las anclas de la Santa María en Haití, aquel polímata era una de las figuras más señeras de Santiago.

En la mesa comió con su esposa Jesús Domínguez y sus hijos y luego fue a sembrarle rosas amarillas a la Virgen de Lourdes, en la gruta que le había erigido en 1897 en una porción de su propiedad, en agradecimiento por haberle devuelto la salud en 1892, cuando una enfermedad casi lo llevó a la muerte en Puerto Plata.

Un ataque cardíaco le sorprendió bajo las enredaderas de granadillo de la gruta. Entró a la casa diciendo que se moría. Sorpresa e impresión. Moribundo, le pidió a su esposa y a su cuñada Concepción Domínguez de Moreno rezar con él el Miserere. Cuando llegaron el cura y el médico que había pedido ya era un cadáver. La noticia voló a Santiago y su prima Julia decidió ir rápidamente a dar el pésame a Jesús. El trayecto lo hizo en un coche bajo una lluvia pertinaz, enterrándose a cada momento y sin que el caballo pudiera tirar, cansado por su redoblado esfuerzo entre las escorrentías y el lodo.

Dicen que al momento de la muerte la vida transita ante los ojos del que desfallece como una secuencia cinematográfica. Tal vez por un instante llegaron a su mente sus excursiones a caballo en la Cordillera Septentrional; su ensimismamiento ante el cráneo de un aborigen que descubrió en una cueva; sus confrontaciones con Frederik Ober en Puerto Plata sobre los restos de Colón en Puerto Plata; sus días como ayudante de cirujano en el ejército francés en la guerra contra Prusia o sus reclamos en Gurabo sobre los orígenes canarios de sus pobladores.

En ese instante inesperado terminó su obsesión por el saber y la alquimia de su multiplicidad, sus múltiples aristas de médico, historiador, arqueólogo, antropólogo y botánico pasaron a ser materia del recuerdo.

Aquel día imploró por última vez a la Virgen de Lourdes, la misma que sustituyó el amor de su madre muerta en la niñez. Su imagen en estuco, que preside todavía la gruta de Gurabo y al pie de la cual se haya enterrado, sobrevive como único testigo material de su partida. Cerca de 120 años después, su acendrada confianza en Dios y la Virgen María perviven como el mayor legado a su progenie, que no lo llaman bisabuelo o tatarabuelo, sino, con perpetuo respeto, “papá Alejandro”

© Edwin Espinal Hernández.

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