Una colaboración de Hugo Pagán

La Mujer del Panadero (1938), de Marcel Pagnol

Recuerdo como si fuera ayer el día que el amigo Pablo Mustonen me regaló aquel libro. Era la primera navidad posterior al nacimiento de Cineasta Radio y en un encuentro navideño me obsequió “Las 1,001 películas que hay que ver antes de morir”. Referencia obligada sería desde ese instante el libro de Steven Schneider. Días después entre sus páginas me topé con La Mujer del Panadero de Marcel Pagnol. Siempre reverenciado, Pagnol es uno de esos autores con lo que no me lograba encontrar y mucho menos podía conseguir alguna de sus películas. El momento había llegado y por fin podría ver el filme y tacharlo de la larga lista que se ha convertido en una especie de obsesión gracias a Pablo.

Como toda forma de arte el cine también enfrenta a su más duro crítico, el tiempo. Juzgar dotados de otros códigos y desde una óptica que nos extrae de contexto exacto de la creación de cualquier pieza artística, nos permite pesar su valor como obra trascendental. En el caso de La Mujer del Panadero el calendario ya le marca 81 años y se sigue mostrando como una película fresca. Ahora podemos decir que fue una propuesta atrevida para 1938.

El pan de cada día

Un pequeño pueblo en el sur de Francia vive el regocijo de recibir a su nuevo panadero. Aimable Castanier (Raimu) y su joven esposa Aurélie (Ginette Leclerc) han llegado para devolver a esta villa la bendición de tener pan fresco cada día. Vemos a toda la comunidad apresurarse para probar esa primera producción del horno de Aimable, todos se aglomeran en espera del glorioso momento. A la cita acuden todas las figuras centrales del pueblo: El cura, el profesor y un próspero marqués. En ese rendez-vous el director nos introduce a cada uno de los personajes, armados de diálogos rápidos todos se van abriendo el camino y van definiendo su estructura. Bastan unos pocos minutos para entender las intenciones de cada uno, simples acciones nos permiten ver las líneas dramáticas que cada uno ha de seguir.

La novela de Jean Giono, Jean le Bleu sirve de base para el guión de La Mujer del Panadero. Pagnol aprovecha cada línea en boca de sus personajes para desbordarse en críticas sociales, políticas y religiosas. Una batalla campal se desata entre el sacerdote del pueblo y el profesor. En secuencias impregnadas de humor se debaten temas que ponen en posiciones divididas a la fe y a la ciencia. Genial se muestra cuando en un momento la ciencia tiene que cargar a la religión por aguas pantanosas para que esta pueda cumplir su misión.

El espectáculo de Raimu

Cuando la historia introduce su primer giro, Aurérile huye con otro hombre y deja al recién llegado panadero desconsolado y sin ganas de trabajar. El pueblo enfrenta la tragedia de no tener pan fresco otra vez y tendrán que sumar fuerzas para solucionar este nuevo problema. En este acto Raimu con su Aimable saca todo su potencial y nos regala una actuación histórica. Cuenta una anécdota que dictó el propio Pagnol que en una ocasión Orson Welles se refirió a Raimu como el mejor actor de todos los tiempos. Pues aquí el natural de Toulon demuestra por qué un genio como Welles le tenía tan alta estima. No sólo maneja con maestría los monólogos, sino que puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos de las claves más cómicas a las más dramáticas.

La Mujer del Pandero se crece y saca provecho de esas situaciones que a primera vista parecen triviales para transformarlas en circunstancias que dan paso a un análisis profundo de personajes. Pocas veces en el cine hemos visto un cierre tan perfecto como el que entrega Pagnol de la mano de Raimu y sus aniquiladoras líneas finales.

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