Juanita, la amiga de la quinceañera Cristobalina Lugo Felipe (Foto colección familiar)

Colaboración especial del poeta dominicano León Félix Batista

Me acaba de contar por teléfono mi madre (a la derecha en esta foto de 1956) una curiosa anécdota. Ese día, un domingo, ella cumplía 15 años de edad, y su amiga Juanita -vecina suya además en la calle Abreu, barriada de San Carlos, Santo Domingo- la invitó a acompañarla caminando hasta las instalaciones de Radio Televisión Dominicana, no muy lejos, en Villa Consuelo.

Juanita, natural de Santiago, había sido empleada para realizar labores domésticas en casa de los artistas Josefina Miniño y Papa Molina. Terminadas las relaciones laborales, quedó pendiente un pago, que la joven decidió ir a buscar al cercano canal de TV donde Molina tocaba con su orquesta, en lugar de transportarse hasta la casa, situada a mayor distancia. Además, su amiga (mi madre) cumplía 15 años, y ella quería agasajarla con un helado cuando cobrara lo debido.

De modo que vistieron sus mejores galas dominicales, llegaron al lugar, y preguntaron por el señor Papa Molina. El prominente músico le dijo, compungido, que había dejado el efectivo en casa, donde se suponía que Juanita fuera a recogerlo en cualquier momento. Pero, Papa -hombre sensible, honesto, artista-, no quiso que el viaje hubiera sido en vano, y le ofreció su costoso reloj de pulsera. Juanita agradeció enormemente el gesto, pero no lo aceptó: al fin y al cabo que no era una emergencia, y en la semana siguiente pasaría por la plata por el hogar Molina-Miniño. Papa, todavía preocupado, le extendió la friolera de 50 centavos para la “carrera” (taxi) de vuelta a los hogares de las jóvenes. Juanita aceptó esto último, me cuenta mi mamá, pese a que vivían cerca, pero estaba pendiente la promesa de comprarle a su amiga, por su ágape, un helado en la avenida San Martín.

Cristobalina Lugo Felipe, a la derecha a los 15 años, junto a su amiga Juanita, de Santiago

Y hacia allí se dirigieron. Consumieron sus helados, felices de existir madurando como frutas en el ambiente en picada dictatorial de aquella Ciudad Trujillo. Luego mi madre dijo que deseaba preservar al menos una foto que recordara sus 15 años de joven pobre en ropas elegantes. Así que entraron a un estudio fotográfico. Pero la foto costaba 20 centavos, y mamá sólo tenía 10. A Juanita le sobraron justamente 10 centavos después de la consumición de helados, de modo que el costo total quedaba ya cubierto. Posaron, sonrieron, y se fueron ondeando sus vestidos caminando hasta San Carlos, aromando las miradas masculinas como flores anheladas e intocables.

Ese pago compartido es lo que explica por qué hay dos jóvenes hermosas y fragantes en la foto, pese a que sólo una era la cumpleañera.

Poco tiempo después, Juanita regresó de San Carlos a Santiago, y mi madre y su familia se mudaron a la calle Barahona en Villa Consuelo, apenas a 5 cuadras de Radio Televisión Dominicana. Nunca se volvieron a ver. Tan sólo quedan un nombre, una foto, una anécdota, y un testimonio de la gran sensibilidad que caracterizó a Papa Molina, cuya reciente muerte resucitó este recuerdo en la memoria de mi querida madre, a sus casi 80 años.

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