Cine Olimpia con un estreno (Fuente externa)

Especial de Leo Silverio, para Nota Clave

En los barrios de la parte alta de la ciudad de Santo Domingo, el cine, los clubes deportivos y culturales, las peñas literarias y los grupos de izquierdas, organizaciones progresistas, como solían llamarlos algunos, eran los ejes dominantes de la juventud dominicana de finales de los 70s. Rafael- Papi- Estrella era el síndico de la toda la metrópolis capitalina, Ema Balaguer fue declarada la madre de todos los pobres del país con La cruzada del amor, mientras que el maestro Rafael Solano estrenaba su tema “Por amor”, que luego lo haría famoso a nivel internacional.

Jugamos desafíos de pelota, también a las placas, volábamos chichigua, jugábamos bolas (canicas), nos bañamos en los aguaceros de mayo, celebrábamos San Andrés con huevos y harina, compramos helados en potecitos, fabricábamos fu-fú y trompos, los sábados pedíamos la “ñapa” en el ventorillo de la cuadra, conmemorábamos la Semana Santa en silencio y echábamos carreras de lanchitas en los contenes de las calles; pero íbamos madurando y conociendo otras realidades que nos harían conscientes de los acontecimientos por venir en donde nosotros seríamos los protagonistas.

El que no se había leído algunas obras del boom latinoamericano con García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar o Neruda a la cabeza, o vivía aislado en la manzana de su vecindario, o era Testigo de Jehová o Adventista del Séptimo Día. Y el que no estaba ni en un bando ni en el otro, era considerado un “pakundún”, una especie de muerto en vida.

Del otro lado estaban los teóricos o “suda libros”. El materialismo histórico de Martha Hanecker, Economía política de P. Nikitin, La historia me absolverá de Fidel Castro, y para rematar, El libro rojo de Mao; no podían faltar sus citas en las discusiones universitarias. La llamada generación del 80 se venía a imponer en todos los órdenes del país, y nadie ni nada la iba a parar; ¡una tromba que derribaría todo a su paso!

Digo “pensamientos o corrientes de izquierda” porque algunos nos definíamos como pro soviéticos o pro cubanos, mientras que otros se decían pro chinos o pro vietnamitas (Nguyen Van Troi, vivir como él), hasta pro albaneses (el compañero Enver Hoxha era muy admirado). Incluso el mariscal de la antigua Yugoslavia, Josip Broz ‘Tito’, tenía sus adeptos. Es raro, pero no recuerdo a nadie de mi entorno haberse definido como pro norcoreano, en franca alusión al camarada Kim Il-sung.

Los grupos de poesía coreada gritaban a viva voz los poemas “Hay un país en el mundo” y “El portaviones Intrépido”, ambos de la autoría de Pedro Mir, poeta nacional. El primero era un canto de reafirmación de lo dominicano, lo antillano; y el otro, un dolor de rebeldía por la invasión norteamericana de 1965. N. Guillén con su poesía negrista (algunos la llamaban negroide), y Vallejo, peruano universal, con sus brunos versos, cargados de hambre y sufrimiento, formaban parte del repertorio popular para protestar a través del arte.
Cada película había que desmontarla en su discurso imperialista, enajenante. Recuerdo el pronunciamiento de algunos improvisados camaradas, “Debemos ver el filme para criticarlo y derribar su trama opresora”. Claro, esos mismos compañeros de lucha anticolonial naif, iban a discreción todos los lunes de cada semana a ver el “doblete caliente”, películas pornográficas, que aunque éramos jóvenes, no alcanzábamos la mayoría de edad; la taquillera y el portero se hacían de la vista gorda. En una represión sexual y política como la que vivía la juventud dominicana, estos filmes, eran un alivio para la carne débil y concupiscente.

El sector creció y los negocios prosperaban, dos nuevas salas cinematográficas fueron inauguradas. El cine Alma, en la carretera Mella, al borde del nuevo ensanche Alma Rosa; y el cine Naty, entre los barrios Katanga y San Antonio. Justo frente al cementerio nuevo de Los Mina. Cuando la película era de terror, salía uno caminando lo más rápido posible del lugar evitando toparse con un espanto.

Las películas venían impresas en celuloide de 35 mm., en rollos o magazines de 15 minutos cada uno. O sea, que un filme constaba de 6 bobinas o latas aproximadamente. De acuerdo al proyeccionista se cargaban los rollos 1, 2 y 3 en el proyector A y los restantes 4, 5 y 6 en el proyector B. La cabina de proyección era como un pequeño taller de operaciones: Había rebobinadoras para devolver las cintas tal y como vinieron, empalmadoras para cortar, empastar y pegar un trozo de filme con otro; y pinzas, alicates, lubricantes, bombillas y otras refacciones para cualquier emergencia.

Un proyeccionista y su ayudante, este último, era quien revisaba la película antes montarla en los proyectores. La reparaba, si el caso lo ameritaba, para evitar que la cinta se saliera de los garfios de arrastres y al pasar frente a la bombilla, se quemara. Cuando esto pasaba, el público se desesperaba y gritaba como loco cualquier cantidad de malas palabras. El proyeccionista era una especie de maestro que solo estaba pendiente de la calidad de la imagen, los decibeles del sonido, y de los “números llaves”, para hacer la transferencia de un proyector a otro sin que el público notara la transición.

En algunos casos las cintas estaban tan maltratadas por su proyección que se veía un duelo entre el vaquero bueno y un grupo de cuatreros, segundos después, solo se veía a los malos muertos en el piso, todos los fotogramas de los disparos, los efectos visuales de las balas sobre los cuerpos y las acrobacias del enfrentamiento, se habían estropeado y hubo que eliminarlos. Peor pasaba, cuando el proyeccionista era novato y montaba el rollo uno y a continuación montaba el rollo tres, las broncas que se armaban en el cine son históricas.
Cuando las películas se exhibían casi simultáneamente, tanto en el cine Ana como en el Duarte, se contrataba a un motorista para llevar los rollos de una sala a otra. De ahí que se anunciaba Nido de avispas con Rock Hudson a las 7:00 de la noche en el cine Ana, y a las 7:25 p.m. en el cine Duarte. Una sola función por noche; solo los domingos se hacían dos proyecciones, la de los niños y adolescentes en la tarde, y en la noche, la de los adultos.

Los letreros y dibujos anunciando las películas en las marquesinas de los cines y en los cuadros situados en las paredes del recibidor de la sala se hacían a mano. En muchos casos, verdaderas obras de arte, que por desgracia, se tiraban a la basura. El maestro Cándido Bidó, mientras estudiaba en la Escuela Nacional de Bellas Artes, producía estos letreros para varias salas de cine en la capital, poniendo su sello creativo en cada publicidad cinematográfica.

Siempre hubo bellacos, muchachos que solo iban al cine a hacer travesuras. A la salida de la función te empujaban para que avanzaras, te dejaban estampado un chicle en la camisa o en la cabeza. Los mismo pasaba en los asientos, donde dejaban gomas de mascar, un trozo de hielo o residuos de refresco, o peor aún, un escupitajo con un vaho que te duraba toda la noche hasta que llegabas a tu casa y te lavabas. Los más agresivos preparaban un “peo químico” (se debe decir pedo), y en una catarsis por la acción en la película, lo destapan y aquello terminaba mal, muy mal, pues había que parar la función hasta despejar el área.

Poco a poco comenzamos a conocer otras cinematografías y cineastas, como la cubana, representada por Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa; el Cinema Novo do Brasil con directores como Glauber Rocha y Nelson Pereira Dos Santos. Arturo Ripstein, Alberto Isaac y Luis Alcoriza, dignos representante del cine producido en México; y dentro de esta cinematografía, a Luis Buñuel con filmes como Los Olvidados o Simón del Desierto. El cine argentino contaba con Leonardo Favio (conocido como cantante también), Leopoldo Torre Nilsson, sin dejar a figuras como Fernando Birri o Luis Puenzo con “La historia oficial”.

Nos dimos cuenta que existían cineastas de otras estirpes y pensamientos como Fellini, Pasolini y Antonioni. Como los hermanos Taviani, Scola y Storaro; fieles exponentes del cine italiano del post neorrealismo. Truffaut, Godart, Resnais o Chabrol con ese cine, a veces, ininteligible, pero fascinante. “El bello Sergio”, “Los 400 golpes”, “Fuego Fatuo”, “Al final de la escapada”… Teóricos en su mayoría de la revista Cuadernos de Cine. Pero había más, existían artistas audiovisuales del temple de un Werner Herzog, o con las locuras y fantasmas de Rainer W. Fassbinder, ¿quién no recuerda El matrimonio de María Braun o Aguirre, La ira de Dios?

Así fuimos conociendo a Akira Kurosawa con Kagemusha, Tarkovski con Solaris; al maestro griego Costa-Gavras, El séptimo sello, Gritos y susurros del sueco Bergman. Descubrimos, para nuestro regocijo, filmes inesperados como El ladrón de bicicleta, El ciudadano Kane, El acorazado Potemkin, Viridiana, Bienvenido míster Marshall o Los duelistas y Barry Lindon, estos últimos dos, piezas fundamentales R. Scott y S. Kubrick. Nos dimos cuenta que existía otra forma de provocar temor con las historias de Hitchcok, o reflexionar con las crudas cintas cinematográficas de Ken Loach y su realismo social.

Son muchas las películas que me abrieron el apetito por saber más, por ahondar en una realidad audiovisual que me llevaría a convertirme en un hacedor de película (filmaker), todavía la categoría de cineasta no la tengo, tal vez nunca la tenga.

El cine es un cosmos tan vasto como la ciencia, la cultura y el arte mismo; por suerte, yo vivo en él.

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