El cantío, junto a La poza, entre otras obras del autor cubano Emelicio Vázquez Tamayo (1946), quien naciera en las faldas del Pico Turquino, en el oriente de la isla, es una pieza antológica que desde los años 70 del pasado siglo, ha tenido espacio en varias antologías del cuento cubano.

Heredero de la narrativa de Onelio Jorge Cardoso y por extensión de Juan Bosch, pero sobre todo un arquitecto, gracias a su experiencia vital, de una cosmogonía llena de fantasía y lirismo, de ingenuidad y hasta innovaciones verbales, ha sido capaz de ofrecer un tejido del campo cubano, que lo convirtieron en un autor que habrá de ser redescubierto dentro de algunos años y aquilatado como el gran narrador que es.

En Amazon pueden conseguirse apenas dos libros suyos como Por la estampa prendida, que fuese Premio de cuento del Concurso 13 de marzo de la Universidad de La Habana, en el año 1977 y Sonata para los herederos. Su obra pide a gritos una reedición en forma de antología, con estudios que la sitúen dentro de la literatura cubana. El autor vive en La Habana… pero quiere volver al campo. (Alfonso Quiñones)

El cantío

Emelicio Vásquez Tamayo

Aquí arriba uno dice que la escuela está al cantío de un gallo; sin embargo, la gente de allá afuera se queja de que nosotros no estimamos el subibaja ni el culebreo del camino.
En fin, yo no sé quién tendrá la razón; pero el caso es que la escuela se encuentra ahí mismo, en la base de la loma, y basta con desguindarse camino abajo sin tropezar ninguna vez para estar enseguida en el río. Y aunque para arriba es distinto, yo la subo en un dos por tres cuando quiero, y cuando no, me la gano pensando en algo que me ocupe los cinco sentidos.

Al comenzar el curso, por ejemplo, yo utilizaba el camino como si fuera el hilo de mis pensamientos. Entonces-y hablando de cantíos-no me dejaba tranquilo el problema del gallo ese que duerme en la mata de güiras, bien pegadito a la casa. Es verdad que los gallos cantan a ciertas y determinadas horas en la noche; eso es verdad porque yo lo he comprobado por el reloj. Pero este puñetero que yo digo no; este canta a la hora que le da la real gana.

En los primeros días me llegó a confundir cuando debía irme a relevar la guardia de la tienda; porque además del timbre, uno se deja llevar también por el cantío que –vaya – es como tener dos relojes. Pues, !quien le dice a usted que el muy condenado le ha dado por cantar no solo a la hora de costumbre, sino por echar algunos cantíos aislados que ni los demás gallos de la casa lo contestan!.

Pero a mí ya no me extraña. Ahora, cuando canta solo, sé que lo hace por su sana satisfacción, o porque le sale de la pechuga.

En estos días, gracias a la escuela, me ocupa la mente otra cosa un poco más seria; porque hasta ahora, por mucho que me gusten a muy pocos han servido de broma las cuentas y los quebrados cuando nos mandan a resolverlos. Y quien dice quebrados dice la nueve y medidas. Que si la hectárea, que si el kilogramo. La libra y el caró se están yendo a bolina. ¡Cojollo! Con tantos años subiendo y bajando y venirse a enterar ahora de estas cosas. No se dice pa fulano; no es lo mismo ver que observar, mengano. Y es cierto, hombre. La mujer dice que lo del pa y el para pasa, porque es cuestión de dos letras; pero es en lo que yo no estoy de acuerdo. En lo que sí convenimos es en lo de ver y observar; pues a lo que aprendimos del maestro le agregamos lo de nosotros, y nos convencemos que no es lo mismo ver a un zunzún que llega a una flor, revolotea y desaparece en un segundo, que seguirlo con la mirada hasta la flor que le guste, para quedarse ahí, con su piquito metido en ella, vibrando como bordón de una guitarra.

Si yo, por otro lado abro y cierro los párpados al pasar por la tienda y luego vuelvo la cara, no he hecho otra cosa que verla. Pero si me paso parte dela noche allí, con el fusil descansando en mis manos, puedo afirmar entonces que la estuve observando. Eso está clarito.

Lo que no está bien es dejar de darle su valor al para ; porque nosotros hablamos de echar pa lante y yo digo que en tanto no sea para adelante hacia donde echemos, iremos como el cojito que va, que va, que va …Y bien tarde habrá de llegarse mientras no se logre escribir una línea que diga: Bien culto protejo la tienda; pero no escribir la línea y ya. Lo bonito del caso es poder saber que s e trata de una oración con el sujeto escondido para cuidar el predicado. Aunque también el sujeto puede ser el equivocado si yo lo agarro tratando de hacer un hueco a la tienda en horas sospechosas; ¿el predicado? ¡Bueno! El predicado será lo que le pase después.

Ahora bien, se de números se tata, echar para adelante es no solamente cosechar bastante café, gran cantidad de madera y abundantes viandas; sino poder decir: “Mira acopio, aquí tienes tanta cantidad de esto y tanto más delo aquello”.

Por el momento, me parece bien irme desguindando por el camino de la escuela. Hoy la noche será oscura; tan solo ha terminado de morir el día y ya se ven las linternas verdes de los cocuyos.

Hoy en la pizarra habrá ríos y montañas; quebrados no. Lo dijo el maestro. De todas formas aquí le llevo las tareas de anoche .Y no sabe él que la que pasé para resolver todos los problemas. No sabe aun que, todavía después de llegar a la casa cantaron varias veces los gallos; sin contar las veces que lo hizo el señor de la mata de güiras. La mujer no; la mujer terminó mucho más temprano. Pero vea, lo de ella no es tan difícil.

-Deja que llegue a este grado –le decía yo.

-Cuando llegue será más fácil-me contestaba-tú me ayudarás.

Y luego se puso a espantarme el sueño con los golpes del pilón y el fuerte olor del café. La ayuda de ella fue esa y la hizo mayor a partir de las doce. Fue esa la hora en que al parecer, se quedó dormido mi gallo y los números empezaron a bailar y a írseme de la punta del lápiz. Digo yo eso; la mujer afirma que era la punta del lápiz la que s e me iba de los números.

-Déjalo para luego.

-Para luego no, chica; luego es tarde. No te ocupes, que ahorita canta mi gallo.

Y seguí de porfiado con el último problema.

Cuando creía estar a punto de la solución, descubría que no había hecho algo bien y los números moviéndose en baile…!que se me va el dos, mujer!

-! Qué se te va a ir nada, hombre!

-¡Eh!

Volví acomodar el resultado, y malo otra vez.

No cantaba mi gallo. En ese trajín tuvimos que estar largo rato más. Pero, ¡óigame; como a eso de la una y pico, se ha dado cuatro aletazos en la pechuga y ha echado un cantío ese animal…!

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