Monumento a la madre del emigrante
Monumento a la madre del emigrante

EL EMIGRANTE

A través de los siglos
por la nada del mundo
Rafael Alberti

I
Nunca te vayas de tu Patria, hijo
Quiso estipular mi madre en sus últimos días,
Pero yo me había ido hacía mucho tiempo.
Todo había comenzado con Jules Vernes, mi fiel
Amigo de la infancia y aquel viajazo
Que nos dimos al centro de la Tierra.
Allí encontré una piedra rústica que nunca regalé
A mi madre, pero que debió perder ella misma
En algún momento de su infancia
En Cascorro, el mismo centro de la Tierra
De David Machado.
La piedra
No sabía entonces de lamentaciones
Ni mucho menos de ruegos, oh Dios mío
Dámele salud a mi hijo.
Carlos Alberto aún no había nacido
Y el señor que marcaba cruces sobre un cristal
Frente a la mata de anacahuita
Decía que en Media Luna había aparecido
El hueco que llevaba hasta la China.
Los coreanos pasaban en bicicleta
Desde la fundición de Avelino al parque Bertot
Y la negra Tanganika se hacía dueña de la fila en el cine Martí,
Pero Julio Iglesias insistía en que la vida sigue igual.
Por entonces yo intentaba aprender a tocar guitarra.
Una carta quiero escribir, y quisiera no llorar
Pues recuerdo cosas de tí, que jamás podré olvidar.
Una cosa quiero decir, mi amor oh yeaaahhh, mi amooooor.
Sentado sobre el muro de la piedad
Donde Isabelita morena y espigada con cuello de Giselle,
Hacía todo lo posible por no llevarse bien
Con mi madre, “Déjalo”, decía mi padre
Pero yo ya me había ido a otro barrio con otros amores
De la adolescencia.
Con Jenny fui en bicicleta
A conocer los olores de su intimidad
Hasta el varadero, entre dos botes,
Y la sangre se diluyó en la mismita orilla del mar.
Por ese mismo camino me ausenté de la Patria
En la vagina de Jenny,
Por donde regresé al centro de la Tierra.

II

La piedra era tan rústica como una décima
De Luis Gómez. Un día perdí por ella
Amor y tino.
Quizás Gladis –orquesta Aragón de por medio- la robó,
O fueron las estaciones
Y el venerable señor de las neblinas y la desmemoria.
Lo que ahora recuerdo son apenas presagios del pasado.
Ecuaciones que ya había olvidado
Los pasos de minué
Sobre la sofocación de la luna
Cuando Amstrong dio el salto.
No te alejes mucho, hijo de la Patria
Quiso haber dicho mi madre.
Yo me había alejado demasiado
Desde las surcos de tomates y la violencia
Que desplegábamos con disciplinada crueldad.
La China movía su larga cabellera lisa, pero no el cuello
Y uno sabía que lo mejor era disponer de un buen verso
Donde llenarse la panza, y mañana
Nuevamente al campo con la azada
Más alta que uno mismo.
O lanzar la piedra al desmadre del horizonte.
La piedra que lanzada rebotaba siempre desde las olas
Del mar lento de Manzanillo, donde picaba y repicaba,
Entre naranjales perdidos
En las llanuras del Camagüey
(Banderas rojas y azules y una bandada de garzas
Alzando el vuelo, mientras el gagá de Caidije
Resucita reyes muertos los martes de ceniza).
La misma piedra que lanzó contra la lluvia
Mi primo Pastor Machado –que en paz descanse-,
Como un boomerang
Desde la profunda Cabinda
Hasta la calle de los Cosmonautas, No.9.

III
Moscú olía a nieve.
Y discurrían las noches de las fosforecencias
Como cuando Brodsky bruñía campanas
Y en vez de sonidos, salían ecuaciones
De la palabra Libertad.
Natasha me entregó su virginidad y quince días
De su belleza feraz.
Olia olía mal en las axilas y lloró y lloró y lloró.
Lolita me enseñó a soñar en lituano
nes nežinojau, kad tu nežinai, kas tai sniegas,
nežinai, kas tai lietus, nes nežinojau, kad tu nežinai,
kas tai pievos, nežinai, kas tai bičių medus
(Pero yo no sabía que tú no sabías qué cosa es la nieve,
Que no sabías qué es el verano; pero yo no sabía que tú no sabías
Qué cosa es el prado y qué cosa es la miel).
Bajo las cúpulas de cebolla
Del convento de Novodevichy, recibí el regaño
Del fantasma de Aivazovsky
Ocupado en terminar aquel lienzo de las altas mareas del Caspio.
La piedra lanzada en Ereván, rebotó contra el cristal
De la ventana del Palacio de Invierno.
Desde allí fue enviado un mensajero
Con una piedra en la mano
Hasta un pelotón de húsares que marchaba desde
Una punta a la otra de la isla Sajalín
Mientras los chinos disparaban a mansalva.
A la una mi mula; a la dos mi reloj;
A las tres mi café.
Y el reloj, venciendo a las viejas tradiciones
Cantaba la campaña, mientras una balalaika
Se desmoronaba a los pies de Serguei Esenin.

Igumenka, año de la nada. Luis Ayala, Luis Arce
Y este mortal, nos disfrazamos de piratas
Y asumimos la escena del teatro de los estudiantes
Como si fuese el mar Caribe. Alguien lanzó un chorro de luz
Una onda sobre el río Volga, una bocanada de humo
De papiroza. Alguien llamado posiblemente el Amargado.
Máximo el Amargado.
Y allí, en una remota fonda adonde fuimos a beber cervezas,
Supimos de la defunción del Gran Líder.
Y conocimos la palabra Dictadura.

IV
Nunca abandones tu Patria, hijo.
Susurró mi madre desde el apocalípsis de su cáncer.
Pero la Patria había perecido en sus dolores.
La Patria no existía.

V
¡A sotavento! Gritaba el Capitán.
La nave llamada La Piedra
Giraba a sotavento.

@alfonsoquinonesm

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Alfonso Quiñones (Cuba, 1959). Periodista, poeta, culturólogo, productor de cine y del programa de TV Confabulaciones