Escultura de Carlos Puebla en un banco del Parque Céspedes, en Manzanillo, Cuba (Fuente externa)

Las revoluciones las comienzan los soñadores y las terminan los pillos.

Muestra de ello es Carlos Puebla, tan amigo de mi abuelo que fue él quien enseñó los secretos de la guitarra a mi tía Teté. Comensal infalible para los arroces con pollo dominicales de mi abuela, buen compañero de dominó y patica, quien se vanagloriaba de no haber trabajado jamás para gobierno alguno, con todo el derecho.

«Yo no permito que me exploten», decía entre cuerdas y risas, entre chicharrones y cervezas.

En cambio, la que sí había permitido que la explotaran, exprimieran y oprimieran era su buena esposa, Rosaura, que se rompía el lomo y los ojos cosiendo para la calle de seis a seis; de sus manos comía la familia.

Hoy Carlos Puebla es «el cantor de de la revolución», y tiene estatua y banco propio en el parque mayor del pueblo -banco donde se sienta solito porque en Cuba si tienes estatua es que eres santo, y sólo pueden cagarse en ti los gorriones o las gaviotas, dependiendo de cuán cerca del mar esté la tonsura- y sus canciones dan la hora en el reloj del ayuntamiento. Su buen olfato le indicó el momento exacto para subirse al carromato heróico y sacarle provecho a su mayor talento: vivir del cuento.

Y no es pecado eso, Carlos, así como no es mala la música asnal. Que le pregunten, si no, a alguno de esos borrachitos que te cuentan las putas de su vida cualquier sábado en la madrugada, cuando nadie vigila tu integridad de bohemio disfrazado de piedra, ni recuerda que hay leones amarillos en la ciudad.

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