Vanessa mirando el mar (Foto servida)

Decidí empacar, y llamé, y vino la luz con todo lo que ilumina; como una vela, los ojos de un gato, una sonrisa.

Y llamé, y vino todo lo que se arroja a la basura en un día de lluvia, y me alegré porque yo necesitaba todo lo que se arroja a la basura en un día de lluvia; como la cena del martes, una llave, un muñeco muerto.

Y llamé, y vino el mar con sus olas y un pequeño bote con tres marineros y todo lo que es mojado; como el vino, los cuervos sobre el tejado, una bicicleta en el fondo del lago, un pozo, un perro que se escapa pero regresa otra vez.

Y llamé, y vino la montaña con todo lo que es viejo y duro y pesado; como la mano de un tío, algo que de lo que nadie se acuerda ya, la luna, un tren que nunca llega, un agujero sin fondo.

Y llamé, y vino un árbol con todo lo que tiene ramas y nudos y hojas y raíces que crecen; como una cicatriz en la barbilla, una amistad, una semilla, una barba; como un gusano, un niño cuando sueña, un corazón dentro de un huevo.

Y llamé, y vino una bestia silenciosa con sus pensamientos, y me alegré porque yo quería lo que todos callan, pero piensan, y todo lo que es secreto, y todo lo que está oculto; como un cofre debajo de un árbol o lo que no se puede decir; como quién es él en realidad, un bolsillo interno, un regalo muy especial, algo que uno vió y otro escuchó, los libros de un papá.

Y llamé, y vino una llama, pequeña e intranquila y peligrosa; como un pico, una piedra, una almendra, un dibujo que cobra vida; un payaso, algo muy injusto, un zorro hambriento, un grito.

Y llamé, y vino la noche, alta y oscura y enorme y callada, con todo lo que es súbito y corto y pasajero y pronto a desaparecer para siempre; como un chirrido, una herida en una rodilla; un beso, un otoño, un pensamiento, una pompa de jabón, una bisabuela, un calosfrío.

Y llamé, y vino el sonido con todo lo que suena; como una garganta, un vidrio que se rompe, un incendio, un pájaro que anuncia que son las dos, un hacha, una cajita de música.

Y llamé, y vino un Maestro, con su mano de hierro y con todo lo que sirve para ayudar; como las orejas de un gato muy listo, un espejo, una tía, un ojo sano, una sombrilla.

Y llamé, y vino un ladrón, con un saco y un túnel y unos hombros pesados y aquello que apenas existe; como todo lo que llena un caja vacía, un fantasma, la huella de una mordida de hace cinco días.

Y llamé, y vino alguien que era él mismo con todo su cuerpo, como todo lo que puede ser sí mismo; como alguien que acaba de crecer, como el otro, la niña del árbol, un hermano que piensa mucho, una gota.

Y todo cupo en la maleta.

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