Ilustración (Foto servida por la autora)

Ella tiene un nombre que huele a jazz y una fiebre que le ha tomado cariño. Su madre, una buena amiga, me llama angustiada para preguntar si puedo cuidar de ella un rato mientras va a la botica.

Las ojeras se le alegran cuando me ve llegar, y en menos que nada estamos las dos en el sofá, yo jugando con los dedos de sus pies y ella con mi melena, mientras leo un libraco sobre la vida y obra de una princesa, que tenía preparado. A los pocos minutos, sin embargo, interrumpe.

—Resulta que tengo novio—, dice mirándome a los ojos con sus dos aceitunas muy abiertas. Comprendo que el asunto es serio, y la miro fijo de vuelta.

—Cuéntame todo ahora mismo— digo, y ella se suelta en una llovizna otoñal salpicada de detalles sobre el chico, que se llama Andrés, va a su mismo kindergarden, es moreno, tiene una bicicleta verde y una boca que sabe a arándanos porque usa pomada, y además lleva trenzas.

—Lo de las trenzas no me gusta— apunta, con una ceja enarcada. —Sólo las niñas han de llevar el pelo largo.

—En lo absoluto— contesto, muy rotunda—, también los muchachos pueden hacerlo. De hecho, cuando yo tenía tu edad me moría por los chicos con pelo largo. Y ahora, incluso.

—¿En serio?

—Totalmente.

—Y tú, ¿eres muy lista?

—Bueno, tengo mis días, sí.

—Hmm. Después de todo quizás no sea una mala idea tener un novio con trenzas. Me pregunto dónde viviremos, cuando nos casemos. Aquí no será, claro, porque en mi camita no cabe, pero quizás con sus abuelos, que tienen una granja con animalecos. Él mismo es un poco ternero, creo.

La llegada de la madre interrumpe las confidencias, pero igual ya hemos terminado de arreglar la vida. El mundo ahora es más legible para ella y para mí, y mañana, cuando abra el kindergarden, lo será también para Andrés, el novio mugiente.

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