Ilustración: "Fylgj" Cliff Nielsen, cortesía

La teogonía de una región es tan importante como su geografía a la hora de conocerla. Meter el dedo en la vieja tierra escandinava es sacarlo oscuro y húmedo de cosechas prometidas; hurgar en su mitologías es descubrir un mundo de espíritus, genios, elfos y enanos cuya influencia fue tan grande que aún hoy perdura.

Los antiguos nórdicos creían que la tierra estaba habitada por gran número de seres cuya naturaleza superaba la humana. Incluso se llegó a creer que las almas de los vivos podían separarse de sus cuerpos y llevar una vida casi independiente. Esto difiere del concepto que tiene el cristianismo de estos dos elementos de la naturaleza humana, pues mientras para el cristiano el alma es completamente impalpable e inmaterial, el «segundo yo» que los nórdicos creían que existía dentro de un hombre podía ejercer funciones corporales, hablar, moverse y adoptar incluso la forma de otro ser humano o animal. A este yo semimaterial le llamaron «fylgja», que significa «el que acompaña».

Aunque la fylgja pudiese vivir separada de un cuerpo, no por eso dejaba de compartir el destino de éste, de manera que cualquier daño infligido a una parte repercutía en la otra. Esta creencia subsistió durante mucho tiempo después del paganismo; en la era medieval se tuvo por cierto que las hechiceras no tenían que salir de sus casas para circular por el exterior, tomando la forma de un animal. Si alguien hería o mataba a la bestia, se encontraría al instante a la bruja, en su casa, muerta o herida.

Paulatinamente, los antiguos fueron considerando a la fylgja como una entidad independiente, como un demonio o genio, libre de toda vinculación con un ser humano determinado, hasta acabar por admitir que podía encarnar el alma de los antepasados o, incluso, de una religión. Fue representada como una mujer armada, una especie de diosa cabalgando por los aires. Consideradas al comienzo como espíritus protectores, las fylgjur, (plural de fylgja) por los tiempos en que el cristianismo fue introducido en la región, llegaron a ser temidas como demonios malignos.

Cuéntase, en una saga referida a algunos de los jefes que convirtieron a los países escandinavos, que un hombre llamado Thidrandi, islandés de nacimiento, oyó, en una noche clara, que llamaban a la puerta de su casa. Aunque le advirtieron que no debía salir, tuvo la imprudencia de pasar el umbral, espada en mano, dispuesto a enfrentar al enemigo que esperaba encontrar fuera, pero lo que vio fueron nueve mujeres vestidas de negro, que venían por el Norte, montadas en caballos pardos y blandiendo refulgentes espadas. Al volverse, vio llegar por el Sur a otras nueve mujeres, vestidas de colores claros, que cabalgaban blancos corceles. Entonces se apresuró a entrar en su casa, pero fue en vano; las mujeres vestidas de negro lo alcanzaron con sus golpes y lo dejaron mortalmente herido. Al día siguiente lo encontraron, aún con vida, y antes de morir pudo contar lo ocurrido.

Sus contemporáneos explicaron el suceso del siguiente modo: las mujeres eran fylgjur, espíritus protectores de la raza, pero las mujeres vestidas de negro permanecieron fieles al paganismo, mientras que las vestidas de colores claros se inclinaban ya hacia la fe cristiana. Antes de ceder paso a los extraños, las fylgjur paganas exigieron un último sacrificio, que resultó ser el desdichado Thidrandi.

El paganismo persiste en los países escandinavos, a pesar de la agresividad del cristianismo, que obligó a los últimos vikingos a refugiarse en otras tierras, como es el caso de Islandia, cuya población está hoy compuesta mayoritariamente por paganos. El culto al fylgja es aún fundamental, y su naturaleza, humana o animal, es revelada a través de un ritual mágico. Su protección es invocada a diario.

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