Mariposas doradas (Foto servida)

Sentadas en la terraza, ella y yo.

Ella con su cigarrillo eterno, sus jeans a pedazos; sus crespos de cobre, sus olores a patchuli y azahar, sus bragas rojas de feminismo encarnizado; sus tótems, sus uñas mochas, sus series criminales de tapa blanda; sus muebles enormes, sus cacerolas erráticas, su manera libre de criar los hijos; sus alfombras voladoras, sus aceites ardientes, su desorden cósmico; sus pecas de niña pequeña, sus camisetas de iris.

Ella, soñando hacia adelante, entusiasta del futuro y sus cherembecos de vivir.

Ella, cincuenta casi diecinueve.

Yo con mi eterna copa de vino helado; mis lilas tímidas, mi vajilla de las bisabuelas, mi mundo de hilo y algodón oloroso a lavanda; mi mar de querer, mis arcones de cedro, mis difuntos vivos; mi melena de noche, mis aguaceros y mis gorriones enterrados; mis ironías a flor de piel, mi perfume de siempre y sus palomas tiesas; mis obsesiones de madre judía, mi melancolía enconada, mi despiste selectivo; mis polvos de olor, mis vestidos verdes.

Yo, metiéndome en el bolsillo del pasado y mirando desde allí el mundo con sólo un ojo.

Yo, cuarenta y dos casi ochenta.

Ella y yo, tan distintas, pero al mismo tiempo tan de buscarnos, porque de las diferencias nos ponen a salvo la risa, y las mariposas amarillas.

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