Miguel J. Escala en el momento de recibirse como Profesor Emérito de INTEC (Fuente: web de Intec)

Algún día Cuba, y en especial la ciudad cubana de Manzanillo, deberán reconocer que de aquellas raíces es uno de los grandes orgullos de esa isla vecina -aunque ahora ni lo sepan- Miguel J. Escala, quien fuera rector del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), quien acaba de ser reconocido por esa alta casa de estudios como su primer Profesor Emérito.

Con el concepto “Semana del Mérito en la Colmena”, el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC) reconoció con una serie de eventos a sus docentes y colaboradores, por la labor que realizan en la formación de profesionales de excelencia.

Sus notables méritos académicos, contribuciones institucionales, a la educación superior, y atributos éticos y morales, han hecho del doctor Escala, quien dirigiera del 2005 al 2011 los rumbos de esa universidad que cumple 46 años por estos días, uno de los docentes de mayor relevancia en la pedagogía dominicana contemporánea.

El doctor Escala, pasado rector del INTEC durante el período 2005-2011, es la primera persona en recibir este reconocimiento en los 46 años de fundación de la universidad. Al pronunciar su discurso durante el acto, el reconocido maestro abogó por que el sistema de educación superior dominicano desarrolle una carrera profesoral con validez internacional que dé como resultado mejores universidades.

Escala catalogó como insuficientes la renovación de las leyes, reglamentos y normativas del sistema de educación superior del país. “Es necesario construir un estilo profesoral que añada valor, no solo para que dos o tres instituciones hagan la diferencia, sino para que el sistema se transforme, y catapulte la educación superior dominicana a otros niveles”, puntualizó.

Recomendó que se establezca un observatorio de seguimiento de prácticas vinculadas a la profesión académica, que se destinen fondos del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) para investigar temas relativos a la profesión académica en el país y que se identifiquen las mejores prácticas en torno a la profesión académica.

“Propongo a todas las instituciones de educación superior del país que en el proceso de autoestudio de la evaluación quinquenal den una importancia especial al profesorado, de forma participativa y transformadora”, dijo.

Escala abogó por una educación superior de alto novel en el mundo (Foto: web de Intec)

Datos del profesor emérito Escala

Escala es licenciado en Psicología (Magna Cum Laude-UASD), obtuvo un diploma de Posgrado en Psicología Educativa en INTEC, además posee un doctorado y una maestría en Educación Superior, cursados en The Pennsylvania State University, University Park.

Es editor de la revista Ciencia y Educación del INTEC. En el 2006 fue reconocido con el Premio de Alumni Fellow de Penn State. En 2011 se le otorgó la Medalla de Honor por su contribución a la educación en Ingenierías, por parte de la red internacional LACCEI.
Su labor magisterial, de más de cuatro décadas, inició en el Colegio Dominicano de la Salle, y se ha desempeñado como profesor de grado y de postgrado en reconocidas universidades del país, entre ellas el INTEC, PUCMM, UCATECI y la UASD. Ha sido consultor para diversos proyectos educativos nacionales e internacionales y fungió como director ejecutivo del Instituto de Gestión y Liderazgo Universitario (IGLU) de la Organización Universitaria Interamericana (OUI).

Escala salió de Cuba a inicios de los años 60, arrancando su adolescencia, y creció y se formó en República Dominicana, pero sigue apegado a sus raíces manzanilleras.

Una ciudad de creadores

Manzanillo, en el oriente cubano, fue a finales del siglo XIX y sobre todo en el primer medio siglo del XX, una de las ciudades cubanas más prósperas, con un desarrollo cultural inusitado y pujante. Manzanillo fue cuna de la independencia cubana, en las afueras se encuentran las ruinas del central La Demajagua, donde Carlos Manuel de Céspedes le dio la libertad a sus esclavos y los alzó en armas en contra de la colonia española el 10 de octubre de 1868.

A principios del siglo XX, en la segunda década, Carlos Borbolla trajo de París el primer prototipo de lo que sería el órgano oriental -una adaptación de los organillos franceses, con percusión cubana, para moler música de por aquellos lares-, y de niño, cuando regresaba a mi casa desde la escuela pública Wilfredo Pagés, pasaba al menos dos veces por la casa de Borbolla, donde por su gran ventanal vertical, cerca del gran árbol de la anacahuita, veía, bajo una enorme lona, amarrado y resguardado como un gran elefante verde, el primero de aquellos misteriosos aparatos que tocaban polkas, sones, guarachas y danzonetes, mientras discurrían los cartones calados y la manigueta aportaba el soplo de aire necesario para construir la música.

En esa misma ciudad había un teatro que data del siglo XIX, donde por primera vez vi un cine: era una película de Rita Wayworth, un domingo de matinée, de la mano de mi tío Machín. Seguramente no pasaba del año 1965 y aun recuerdo el brochure en papel con brillo, que en buena lid era una revista de anuncios, donde había un grabado de unos zapatos de mujer de alto tacón, el mismo en el que vi enfundada a la Rita Hayworth de mis ensueños. Creo que ella fue mi primer amor. Antes que Gladys Hernández, mi vecina de enfrente. Aquel Teatro Manzanillo tenía una puerta de rejas corredizas y en el lobby una gran lámpara de lágrimas, con las escalinatas a ambos lados hacia el gallinero. Adentro, las butacas de los palcos eran de madera pulida. Y arriba, en el cielo raso maravillosamente pintado, si mal no recuerdo había una diosa griega sosteniendo la lámpara central. El palco central estaba reservado para el Padre de la Patria. El teatro fue inaugurado el 14 de septiembre de 1856 con la comedia en cuatro actos El arte de hacer fortuna, del dramaturgo español Tomás Rodríguez Díaz y Rubí. Carlos Manuel de Céspedes, considerado el Padre de la Patria, se desempeñó entonces como director de escena y representó el personaje de Facundo Torrentes.

Manzanillo era la sede de la mejor editorial de libros que había en Cuba, El Arte, según Nicolás Guillén, quien entre otros grandes intelectuales cubanos de la época, publicaron sus primeros libros, y sus segundos y terceros… Y de la revista Orto, fundada en 1912 por Juan Francisco Sariol, una de las más influyentes en las letras cubanas antes de 1959. Y del Grupo Literario de Manzanillo al cual pertenecieron Luis Felipe Rodríguez y Manuel Navarro Luna, uno narrador y otro poeta dos de las columnas vertebrales de la literatura social de Cuba, el cual recibió la visita de Pablo Neruda y del cual salió el Taller Literario que parió nombres como Francisco López Sacha, Arturo Arango, Alex Pausídez, Emelicio Vásquez, Yoel Mesa Falcón, entre otros figuras de las letras cubanas.

Sin dudas, el ambiente cultural que exhibió incluso hasta finales de los años 80, la ciudad de Manzanillo, fue un fermento creativo y de crecimiento, que había arrancado hacía muchos años, probablemente desde que fuese la ambientación de la primera obra literaria cubana Espejo de paciencia (1608), de Silvestre de Balboa.

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