Las últimas Navidades que recuerdo en Cuba fueron cuando a mi abuelo le estaban nacionalizando los negocios y solo le quedaba una bodega.

Mi abuelo, que entonces tendría la edad que yo tengo, tenía tantas canas como yo ahora. Sus ojos azules se habían vuelto tristes y un poco opacos. Sus espejuelos muy pronto iban a ser como dos fondos de botellas y un poco níveos por una catarata.

Cada vez que recuerdo a mi abuelo David lo recuerdo triste. Ni siquiera enfadado. Triste. No recuerdo cómo sonreía.

En la bodega habían manzanas envueltas en papel celofán y uvas y cidras, y tintos y las uvas pasas y avellanas, nueces también había y turrones. Eran las Navidades.

No recuerdo si hubo un arbolito en casa de mi abuelo. Seguro lo habría. Yo era muy pequeño, andaba en unos shorts. Llenaba los bolsillos con puñaditos de uvas pasas y avellanas y mi abuelo cada vez que me veía del lado suyo del mostrador, donde él reinaba, gritaba con una voz medio aflautada poco acostumbrada a hablar alto: “Margot, busca el niño que se está robando las uvas pasas!!!”

Bodega cubana antes de 1959 (Fuente externa)

Por lo general los clientes reían. Afuera, en la calle Teniente Cañón del reparto La Vigía, en Camagüey, pasaban las grandes carretas tipo Oeste norteamericano, tiradas por caballos, vendiendo carbón y sonando las campanas con las que se anunciaban.

Había incertidumbre en el ambiente. La fiebre de nacionalizarlo todo, presumo que creaba especialmente en Camagüey una provincia muy rica, un estado de ánimo poco navideño.

Mi Navidad era montarme en una caja de madera de pino vacía de manzanas, con mis amiguitos de al lado, los hijos de Yeyín, como si fuera un carro, en el patio de tierra de la casa de mis abuelos, entre las matas de naranjas agrias que florecían siempre haciendo estallar el aroma de azahares y el árbol enorme de ciruelas, y las piñas de ratón de la cerca.

Yeyín tocaba son montuno con su tres desvencijado, donde presidía su sonrisa plena de hombre noble, que recostaba en la música su viudez y su pobreza traída del campo con su retahíla de hijos.

No sé por qué extraña razón todo aquello me recuerda tanto el primer libro que me impactó de tal modo que me convenció que sería escritor: La Cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe.

Quizás por eso en vez de las campanas de Navidad recuerdo la campanas de las carretas de carbón; en vez de familia tengo impregnada en mi mente la tristeza de mi abuelo empobrecido por la nacionalización, y en vez de amigos recuerdo la pobreza colindante con el aroma de azahares y unas cuerdas de tres pulsadas al anochecer, que más parecen un blues como El cielo está llorando, de Gary B.B. Coleman, por culpa de una era que se abalanzaba sobre nosotros.

Yo sólo era un niño pequeño, con los bolsillitos del short llenos de uvas pasas y avellanas.

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