Conocí a Olga Orozco si mal no recuerdo en 1992, una tarde de noviembre, brillante y casi gloriosa. Había viajado a Argentina a un evento de poetas que se llamaba Antología de la Poesía Argentina. Yo era el único poeta extranjero invitado. Me habían enviado en un taxi hasta el Centro Cultural San Martín. Era el único que leería poemas en el auditorio de ese lugar, al menos esa tarde. Al abrir la puerta encontré la sala repleta de público que me habían ido a escuchar. En el centro del escenario había una mesa con un micrófono y una silla. Yo mismo debía presentarme. Era la primera vez que me enfrentaba a un público tan numeroso, solamente armado de mis poemas. En primera fila estaban, entre muchos otros que no recuerdo, Abel Posse, Gianni Sicardi, Rubén Vela, Martha Ciewlong y… Olga Orozco.

Leí mis poemas, me escucharon con fervor casi rockero, o al menos con entusiasmo revolucionario. Primera y única vez que me ha sucedido eso en mi vida de poeta. Después de la ovación final, Olga se presentó y yo besé su mano -¿o es que ahora sueño que besé su mano?-, tenía una voz profunda, grave, como de Do de pecho, rodando por una caverna de piedras lisas. Fue especialmente humilde con un poeta muchísimo más joven que ella. Olga era a la sazón y para siempre una de las voces poéticas más importantes de toda la historia de Iberoamérica.

De ahí nos fuimos a un coctel que ofreció en mi honor, en su apartamento cercano a la Casa Rosada, el poeta y decano del cuerpo diplomático argentino Rubén Vela, donde estaba sentado en un rincón el mismísimo Enrique Anderson Imbert con su cabecita blanquísima. Olga también estuvo y le regalé un ejemplar de Cuarto alquilado, mi primer libro.

Olga Orozco, en un retrato de 1998, a un año de su adiós (Fuente externa)

Al día siguiente o quizás al otro, volví a verla, en una Casa de los Escritores Argentinos, que había mandado a construir en una vieja casa de San Telmo, el expresidente Carlos Menem y que parece que ya no existe. Allí, en el patio con techo de cristal, Olga leyó: «En un país que amaba, / ya estará anocheciendo, / coronado por sus mustias guirnaldas, / esos pequeños seres creados / cuando la oscuridad / vuelven a poblar con sus tiernas músicas, / a golpear con sus manos de brillantes estíos, / ese rincón natal de mi melancolía» (de Esos pequeños seres).

Después de escucharla, aquella tarde, leer sus versos en su propia voz, comprendí que era una de las columnas principales de la poesía argentina, junto a Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Baldomero Fernández, y claro, Juan Gelman.

Este 17 de marzo del 2020 Olga ha cumplido 100 años de fervor. Cigarrillo en mano desde la eternidad, hecha poesía ella misma, riendo y tosiendo, desde sus espejuelos de mirar la vida por la que pasó, vestida de cartomántica o de inventora de horóscopos. Llena de corazonadas hasta el momento de su muerte, el 15 de agosto de 1999, Olga sonríe con su boca grande y sus ojos verdísimos.

Gracias a Gonzalo Losada, después que Rafael Alberti (el papá de Aitana) le diera la bendición papal, que le publicó en 1946 el cuaderno de poemas Desde lejos, se descubrió que allí estaba la semilla de todo lo que dijo en libros sucesivos: Las muertes (1952), Los juegos peligrosos (1962), La oscuridad es otro sol (1967), Museo salvaje (1974), Cantos a Berenice (1977), Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1984), En el revés del cielo (1987), Con esta boca, en este mundo (1994), También la luz es un abismo (1995).

Olga Orozco mereció el premio Cervantes de Literatura, pero como sigue ocurriendo (ahí está viva aún Fina García Marruz, con 96 años en La Habana), no se lo dieron. La de Olga es una poesía que no solo sigue viva, sino que seguirá por muchos años, porque su surrealismo es la mismísima realidad dictada. La enunciación de una realidad que nos llega a todos, más tarde o más temprano.

Tan es así, que aún hoy, en su centenario, Olga Orozco sigue cantando en su poema que mejor la define.

Olga Orozco, con 20 años (Fuente externa)

Yo, Olga Orozco

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.

Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,

el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,

la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones,

y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.

Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron.

De mi estadía quedan las magias y los ritos,

unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,

la humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,

y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.

Lo demás aún se cumple en el olvido,

aún labra la desdicha en el rostro de aquello que se buscaba en mí

igual que en un espejo de sonrientes praderas,

y a la que tú verás extrañamente ajena:

mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.

Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,

en un último instante fulmíneo como el rayo,

no en el túmulo incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada

entre los remolinos de tu corazón.

No. Esta muerte n tiene descanso ni grandeza.

No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.

Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte

porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura que los cambiantes sueños,

allá, donde escribimos la sentencia:

“Ellos han muerto ya.

Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno.

Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer aposento”.

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