Mi padre Alfonso Quiñones, mi hermano Carlos Alberto Quiñones y mi madre Rita Machado, cirse 1979, 1980 (Colección privada de Alfonso Quiñones)

Hoy mi padre cumpliría 85 años de edad. Cuando murió tenía 62 años; la edad que cumpliré este año. Ese día o el día anterior me había dicho «Yo no estoy preparado para esto». Me lo dijo llorando. Salíamos del Hospital Hermanos Ameijeiras, fue justo tomando la calle San Lázaro, mientras yo doblaba para incorporarme, guiando un Lada verde. Me quise hacer el fuerte y le hablé duro. No te puedes derrumbar. Tienes que ser fuerte. Cosas así.

Al día siguiente, jueves. Marlene que era la médico de mi mamá y además era mi novia, me dijo que le daría pase para que estuvieran juntos el fin de semana, pues mi padre regresaba a trabajar a Manzanillo. Los llevamos a casa de mi prima Ileana. Estuvimos con ellos desde las 9:00 de la mañana más o menos hasta las 6:00 de la tarde. Fue la última vez que lo vi con vida.

A las 3:00 de la madrugada vinieron a tocarme la puerta. Era mi tía Tata, que también se fue hace unos años. ¿Qué pasó?, le pregunté. ¿Le pasó algo a mami? No mi hijo, papi. ¿Pero qué le pasó? Está muerto.

En ese instante del 27 de septiembre de 1997, comenzó a derrumbarse mi mundo.

Mis padres vivían en Manzanillo, una ciudad que en línea recta queda a 626 kilómetros de La Habana, pero que a través de las carreteras son 800 y tantos kilómetros. Allí transcurrió creo que parte importante de mi vida, y aunque nací en Camagüey me unen a esa ciudad los lazos más entrañables del cariño y la amistad.

Hoy la casa de mis padres no existe. Estaba en la segunda planta de uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, sito en la esquina de las calles Merchán y Narcisco López. La inopia, la falta de sentido común y el viejo vicio de echarle la culpa «al imperialismo», han desaparecido mi casa.

Mi padre en una calle de Berlin, al fondo la torre de la televisión de Alexander Platz, detrás de la cámara mi madre (Colección privada de Alfonso Quiñones)

Mi padre fue tan buen trabajador que se ganó un viaje de turismo a un país que ya no existe (República Democrática Alemana) como Héroe del Trabajo. Esa fue la única vez que pudieron él y mi mamá salir de Cuba.

Trabajaba como un mulo. Una vez le pasó por encima de la pierna derecha la goma de una guagua por encima y le abrió la pierna a todo lo largo. Después de algunos meses de

Los valores morales de mis padres son mi única riqueza, que trato de trasladársela a mis hijos. Conocieron a David, pero no pudieron conocer a Alfonsito, que llegó tres años después de la partida de ellos.

Mi padre siempre me repetía como un tantra: cuídate siempre de dormir a piernas sueltas cada noche, que nadie venga a tocarte la puerta en la noche para cogerte preso o porque le debes algo. Ese mensaje trato de transmitírselo a mis hijos.

Tras la muerte de mi padre, a mi madre se le descubrió que su profunda depresión había sido el debut de un cáncer, falleciendo el 9 de mayo siguiente.

La Cuba mía ya no existe. Aunque mis padres están enterrados allá, viven aquí en mi corazón. He tenido que levantar otro mundo.

La honestidad fue su mejor legado.

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