Entierro de Joseito Mateo, El Rey del Merengue (Foto: Cortesía del Listín Diario)

Colaboración de Heddel Cordero con Notaclave.com

SD. En Puerto Rico, cuando se habla de Rafael Hernández, todo el mundo se quita el sombrero para reverenciar su gloria. En México idolatran a Frida Kahlo y a Pedro Infante. Carlos Gardel es una leyenda en Argentina. José Antonio Méndez y Benny Moré son dos luminarias cubanas que se agigantan con el tiempo.
En esos países los grandes artistas nunca mueren. Su gente nunca los olvida. Allí, esos nombres son sagrados y constituyen símbolos de recordación eterna.

Los íconos del arte nunca desaparecen en los pueblos que son consecuentes con sus grandes artistas.

En cambio, en nuestro país, la tendencia es llevar sus nombres al olvido y sepultarlos para siempre cuando se retiran. Entonces, los grandes aplaudidos, son los grandes ignorados de las crónicas cotidianas de los medios.

De nada sirve su grandeza, su legado, su estelaridad, su preeminencia y categoría: en la misma medida que su ataúd baja, en esa misma medida desciende su recuerdo y su gloria.

Se da con los poetas, con los músicos, con los cantantes, con los pintores, en fin, con todos los artistas. Tan pronto desaparecen, sus nombres se olvidan. Y muchas veces les suele pasar estando éstos vivos.

Y de esta ingratitud nadie escapa. Los nombres de Lope Balaguer, Francis Santana, Joseíto Mateo, entre otros famosos y gloriosos, hoy son difuntos en la memoria del pueblo. Su música, su imagen, su nombre, su obra, se quedó para siempre en su sepultura.

Ya sea por ignorancia, por mezquindad o por ingratitud, el futuro de estos grandes talentos es el olvido.

Artistas que se van, artistas que se olvidan, esa es la tendencia.

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