José Antonio Molina, director de la Orquesta Sinfónica Nacional (Fuente externa)

El presidente dominicano Luis Abinader ha establecido una desescalada que, seguramente tendrá muy buenos efectos para la economía. Dios quiera que también lo se para la salud psíquica y «covidiana» de la población.

Hay serias dudas de que ese importante rango de la población dado a la indisciplina social, no eche a perder la desescalada. Aunque lo importante es vacunarse para poder crear el efecto manada, etc.

Pero más allá de todo eso, me pregunto ¿habrá desescalada cultural?

Esa masa que conforma la llamada «familia cultural», como la acuñara si mal no recuerdo el ex ministro José Rafael Lantigua, parece haber asumido de las marmotas la capacidad de hibernación en un invierno que ya dura año y medio.

Salvo los productores independientes Juancito Rodríguez con Celosamente infiel y Raeldo López con su puesta de Escuela para mujeres, así como el nuevo proyecto escénico del Teatro Nacional dirigido por Carlos Espinal, con el drama A puerta cerrada, de Jean Paul Sartre, lo demás, brilla por su ausencia.

Esa capacidad de hibernar tiene adormecidas las agrupaciones estatales que reúnen actores y bailarines, músicos y un gran personal de apoyo, dígase la Compañía Nacional de Teatro, Teatro Rodante, las compañías Ballet Nacional Dominicano y Danza Contemporánea, así como a la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Nacional.

A ser veraces, hay que reconocer que al menos los cantantes líricos han brindado sus interpretaciones en varias veladas durante actividades realizadas por la ministra de Cultura, Carmen Heredia.

Imagino que todos los artistas dependientes de salarios estatales lo han estado recibiendo mal que bien durante estos meses. Se desconoce si al menos han estado ensayando. La actitud, sin embargo, ha dejado mucho que desear.

¿Qué tal si la Compañía Nacional de Teatro hubiese brindado en alguna mañana, algo de teatro arena, para los viandantes del Parque a Colón? ¿O si Danza contemporánea brindara algo de su interesante repertorio, como por ejemplo «En», «In-movil», «Dispar», «#Propulsión», entre otras, en cualquier sitio de la Ciudad Colonial?.

O que el Ballet Nacional Dominicano brindase en pleno El Conde una presentación de Cascanueces en la pasada Navidad. Esto a pesar de que conocemos los ímpetus y deseos de su nueva directora Alina Abreu.

Uno hubiese esperado que por ejemplo la Orquesta Sinfónica Nacional brindase aunque fuese un solo no ya mensual, sino un concierto, durante este año y medio, en Plaza España, gratis, un sábado al atardecer. Un concierto de esos que conmuevan e impregnase de alegría el ambiente. Digamos la 9na Sinfonía de Beethoven con ese «Himno a la alegría», que tan buenas energías produce.

Claro que cualquiera de estos eventos necesitaría de un mínimo de recursos, ausentes por estos tiempos de las arcas desfloradas del sistema cultural. Si en otros países la cultura ha sido el bálsamo paliativo de la pandemia, aqui le dejamos ese rol al desmadre de los urbanos en los barrios y a la falta de conciencia de algunos ricos en fiestas clandestinas desmesuradas.

Hace falta cambiar la filosofía de una cultura dependiente de las arcas del estado a una cultura productiva, desarrolladora de las capacidades comerciales a través de un sistema de engranajes, donde el autofinanciamiento sea la orden del día. Aunque hay que estar claro, siempre existirán dependencias como la OSN, la Biblioteca Nacional, el Ballet Nacional, cuya sustentación deberá asumir el estado.

Lo que podría convertirse en bálsamo para la creación artística y la evolución cultural, dígase la Ley de Mecenazgo ha tomado -podría parecer- el espíritu de la hibernación. Las industrias culturales, salvo algo de la industria cinematográfica, está en hibernación constante.

El sistema cultural está más necesitado que nunca de una revolución de su filosofía y de su estructura.

Y uno se pregunta, presidente Abinader, ¿y la cultura pa’ cuándo?

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