SD. Dudo que el joven peruano Óscar Catacora sepa esta mañana que anoche el jurado del Festival de Cine Global Dominicano le otorgó el premio al mejor largometraje de ficción ópera prima.

Wiñaypacha (Eternidad), es la primera película en aymara, una lengua donde no existe siquiera el concepto de cine, de actor, de productor, de camarógrafo, de película.

Para mí, esta película peruana entra dentro de las 20 mejores películas que he visto en el siglo XXI. Se trata de una joya cinematográfica compuesta por 96 planos fijos, con gran profundidad de campo y angularidad, sobre stadycam, sin movimientos de cámara, sin música (a lo sumo dos momentos breves en que se escucha el sonido de una quena, que más que melodía, es la armonía de un lamento); con solo dos actores humanos -los demás son actores animales y la naturaleza misma y el sonido directo, protagonistas todos- hecha con un virtuosismo por cuyas aguas nadan desde Kurozawa hasta la estética del neorrealismo italiano, pero todo eso pasado por el tamiz inteligente de Catacora, descendiente el mismo de aymaras y residente en el Puno peruano.

No sé cómo, al menos, los Goya no la dejaron entrar. Para no decir ya los Oscar. Que se lo merecía. ¿Será acaso producto de los prejuicios que aún hoy siguen enfrentando las civilizaciones nativas de lo que hoy llamamos América Latina?

Wiñaypacha es una película para dejarse arropar por ella. Una valiente, íntima, descomunal superproducción de la naturaleza frente al hombre. Donde los dictados ancestrales de la Pachamama (la Tierra Madre) son el eje central de un guion de varias capas, donde lo que está más arriba son el sentimiento de abandono y la soledad, pero que vale la pena hurgar más allá, acompañados de la reflexión, para llegar a muy trascendentes cuestiones como el sentido de la vida misma, el hombre, el tiempo y el medio.

Willka (Vicente Catacora) y Phaxi (Rosa Nina), dos ancianos actores que nunca habían actuado ni sabían que eso existía, son los que enfrentan a cinco mil metros de altura, el recrudecimiento de la naturaleza, de la vejez, y la ausencia del hijo que se marchó hace mucho a la ciudad -Antuku (que significa «estrella que ya no brilla») y los ha olvidado o ha sido tragado por la civilización.

Oscar Catacora, director de Wiñaypacha (Captura de pantalla)

Sin ser una película del llamado cine vivo, parece inaugurar una nueva tendencia que podría llamarse el cine-no-cine, ya que su factura estética enfrenta la ausencia de conocimiento de la actuación en la actuación en sí misma. O sea, actúan sin saber que lo hacen, mientras enfrentan algo no muy comprensible para ellos muy parecido a la vida misma, que discurre, paciente, lentamente, hacia el desfiladero después del cual se encuentran la transfiguración de las cosas.

Hace casi 20 años conocí un niño de 12 años que hacía su doctorado en Física en la Universidad de Mayaguez, si mal no recuerdo. Y cuya tesis de grado -según me explicó- tenía que ver con el tiempo, que según él no es lineal, sino en ciclos.

Así mismo, en la cultura aymara el tiempo es circular, y se transfigura. De ese modo todo lo que acompaña a los seres humanos durante el discurrir de la vida tiene un significado especial, desde la montaña y el fuego, hasta el agua, la hoja de la coca, los animales. Su cultura, su lengua y sus creencias, anteriores a los incas, celebran los 21 de junio el inicio del año y deben andar por el año 5526 en el calendario aymara.

Wiñaypacha es una joya del cine iberoamericano de todos los tiempos. Un reencuentro inesperado con las esencias de lo latinoamericano en la cultura. Una obra que debe permanecer dentro de la memoria cinematográfica latinoamericana, con los mismos derechos de Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea; de Hombre mirando al Sudeste, de Eliseo Subiela; de El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra: La estrategia del caracol, de Sergio Cabrera, The Revenant, del mexicano Alejandro González Iñárritu, con fotografía del inmenso Emmanuel Lubezki, y otras más.

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