Raúl Rivero Castañeda en Madrid, 2015 (Foto: Alfonso Quiñones)

Tengo cuatro padres poéticos a los cuales venero: Eliseo Diego cuyo centenario fue este 2 de julio del 2020, Raúl Ferrer (quien hubiese cumplido 105 años el pasado 4 de mayo), Rafael Alcides Pérez (1933-2018) y Raúl Rivero (1945). De todos mi compadre es el único vivo y actuante. En ellos cuatro está casi toda la geografía de Cuba: La Habana, Yaguajay, Barrancas y Morón.

Cuando regresé de Moscú -con mucho mundo y aprendizaje, creía yo-, más o menos a la tercera semana o al mes, Raúl Rivero tomó un avión junto a su entonces esposa, la actriz Coralita Veloz, y fueron a Manzanillo. Por aquellos días yo estaba deprimido, me pasaba las horas en un banco del parque Céspedes, viendo la vida pasar, con un título universitario, sin trabajo, sin amor y sin pocas cosas de las cuales hablar con mis padres, que se desvivían por darme todo. «Vinimos a buscar a Alfonsito, no puede seguir aquí, se va a morir de tristeza. Nos lo llevamos para La Habana. Le encontramos un cuarto alquilado». Mis padres estuvieron conformes.

Entonces me fui a vivir al apartamento de la inolvidable Lula en 25 y J, en el Vedado. Allí vivían alquilados el también poeta Manuel Vásquez Portal y su hermana, con su hijo. Decía entonces Manuel, quien también había entrado al palacio de Lula por el mismo cuartico que yo ahora ocupaba, que de tan escueto que era en vez de entrar en él, me lo ponía. Allí nació, entre la estrechez, la nostalgia y la sobrevivencia, mi primer libro: Cuarto alquilado, que ganara en 1987 el Premio David de Poesía, el mismo que ganara Raúl Rivero en 1969 con Papel de hombre, que fue quien me ayudó a pulir los versos y a armarlo, después que Blanca la secretaria de mi inolvidable amigo Onelio Jorge Cardoso, presidente de la Asociación de Escritores, me ayudara a pasar el libro a maquinilla en original y dos copias.

A Raúl Rivero le debo mucha poesía, mucha sobrevivencia, mucha amistad y le profeso una admiración y un cariño de aquí a la Luna ida y vuelta. Su sentido del humor es proverbial y su sabiduría que ya escala con entusiasmo la búsqueda de los 75 años de edad (23 de noviembre de 1945), ha estado signada desde siempre por el sentido ígneo de la poesía y por un estilo inconfundible (donde mezcla imágenes únicas, símiles sorprendentes, con enumeraciones de vértigo, sobre una cálida y suave -a veces borrascosa- nube de ironía) que ha chamuscado las alas a más de uno de sus muchos seguidores o discípulos, entre quienes me encuentro.

Blanca Reyes y Raúl Rivero 23 de mayo 2015, en Madrid (Foto: Alfonso Quiñones)

Su generosidad para conmigo es impagable. Cuando salió mi antología personal El Libro de los Olvidos (Editora Nacional, Santo Domingo, 2012), gracias a la insistencia del poeta y entonces ministro de Cultura, José Rafael Lantigua, no se hizo esperar el aliento y la calidez de su escritura periodística desde su columna Diario Libre, del periódico español El Mundo.

Nunca finaliza mi asombro por la vitalidad poética de una de las voces fundamentales de la poesía cubana de todos los tiempos, a la cual se le deben también otros libros como Poesía sobre la tierra (1972), Corazón que ofrecer (1980), Cierta poesía (1981), Poesía pública (1983), Escribo de memoria (1985), después del cual vino un largo paréntesis, aunque nunca dejó de escribir. El paréntesis tuvo que ver sobre todo con la firma en 1991 de la Carta de los Diez, que lo convirtió en un disidente, proceso en espiral que tuvo su eclosión el 4 de abril de 2003, cuando en juicio sumario, fue condenado a 20 años de cárcel. En el extranjero aparecieron sus libros de poesía Firmado en La Habana (1996), Herejías elegidas (1998 y 2003), Estudios de la naturaleza (1997), Puente de guitarra (2002), Orden de registro (2003) Corazón sin furia (2005), y Contraseña para la última estación (2018). Sobre este último me ha dicho este viernes: «Tú sabes que esa es la despedida».

La mayor y quizás más significativa parte de su obra ha sido publicada exclusivamente fuera de Cuba, lo cual lo ha convertido en un poeta paria, pretendidamente silenciado entre sus lectores. Lo cual, como se sabe, no siempre se logra, gracias a que hoy existen las redes sociales. Y es uno de los poetas más buscado de los poetas jóvenes cubanos.

Hay en su verso algo que lo salva siempre sobre las circunstancias que son la vida misma, y es el sentido del amor y el desamor, como el credo de los viejos boleristas, esos aedas de los bares, que convivían con nuestras generaciones y que ya son piezas en desuso -como lo vamos siendo nosotros mismos-, dentro de una cultura que se ha desdibujado, tornándose en una acuarela mojada, con la superficialidad como eje de vida, y la mayor de las banalidades que es la tontería ideológica, el aplauso patético y la filosofía de los primeros recolectores primitivos, que vivían de la fruta que estaba en el suelo.

Su poesía se ha ido tornando de coloquial y de trincheras en sus inicios -en medio del romántico colofón de una revolución que había bombardeado los cimientos de la sociedad cubana- a un lirismo hereje y coloquial, más personal y menos colectivo, donde siempre prima el verso prístino, el adjetivo exacto, la intensión de una gallardía de la palabra, bautizada con el santo y seña de las lecturas y amistad de grandes poetas y escritores, desde Cervantes a Nicolás Guillén, desde José Antonio Méndez a García Márquez, desde Ñico Saquito a Roque Dalton, desde Ramón Veloz a Ernesto Cardenal y desde Vargas Llosa a Manuel Díaz Martínez. Por solo citar unos pocos amigos cercanos.

Rafael Alcides Pérez, Raúl Rivero y Manuel Díaz Martínez, tres de las grandes voces de la poesía cubana, en España (Fuente externa)

A veces un verso se convierte en ritornello, como interludios de estrofas de un aria. Y ese verso, con casi imperceptibles variaciones, ofrece un ritmo y una seducción a la lectura en lo cual es un maestro, como en el poema Recado (2004), donde comienza diciendo  «No le digas, Ciudad, que he vuelto a verla /  y vine a renacer en su perfume / a dormir bajo las arboledas / corruptibles y puras de su carne…» para volver en la segunda estrofa: «No le digas, Ciudad, que aquí he llorado…», y en la cuarta: «No la saques, Ciudad, de ese camino / donde la tiene retenida el sueño / ni le digas que callo y estoy triste / y puedo estar  alegre al mismo tiempo», para rematar de este modo: «No le digas, Ciudad, que vine a verla».

Su obra poética -compuesta por sucesivos cuadernos que no llegan a 90 páginas-, es concisa y de alto vuelo, donde casi siempre la mujer es el centro del asunto, asumiendo a veces un tono enigmático (como en «¿Nada?» (2003)) o un tono de plegarias y otras de cantos o de aquellos viejos cancioneros (que nunca conocerán los millenials), con poemas compuestos también de finales casi siempre contundentes. Otras veces lo son la muerte, el padre, la lejanía, mamá, la memoria, sus hijas, la ciudad, la prisión, el desarraigo, el exilio, la libertad, el adiós.

Aquí algunos poemas de Raúl Rivero:

 

Propiedad privada

Esta mujer es mía

mi instinto de animal

no me permite prestársela a un amigo.

No la comparto

ignoro si me presento ahora

como un monstruo ante ustedes

pero no cedo, no la doy

no le permito que entregue a nadie más

su corazón que a mí.

 

Esta mujer es mía

míos son sus afectos y sus lágrimas

su amor, su juventud

su carne, su tristeza

sus desesperaciones, sus manías

sus malas noches, sus dolores

sus amarguras y sus sufrimientos.

 

Esta mujer es mía

no la comparto

no la entrego

la defiendo de extraños

la resguardo de cataclismos y epidemias

la alimento y alimento a sus hijos

la abrigo y la poseo

le canto y la fecundo.

 

Ésta es la realidad.

Juzgadme con mesura

profundizando bien sobre estas cosas

y vamos todos a firmar este poema

en La Habana

en la década del 70

en medio de una lucha feroz por ser mejores

porque más nadie escriba nunca esta mujer es mía

como si fuera un libro o una lámpara.

 

Firmemos, ayúdenme a testimoniar este momento

queridos contemporáneos míos.

 

Tedio de vasallo

Los tiranos intensos

son los breves

los fugaces.

 

Esos sí son tiranos interesantes

fundadores de la inquietud.

 

No así estos tipos eternos y aburridos

toda la vida en el poder

tanto tiempo que uno termina por quererlos

que uno termina muerto de amor por ellos.

 

Que

Que uno

Que uno termina

Que uno termina muerto.

 

Raúl Rivero y Blanca Reyes, en Madrid, 2015 (Foto: Alfonso Quiñones)

Descubrimiento

Gloria, la patria es el patio de tu casa.

Tu libro de autógrafos y el disco de Paul Anka.

 

El cementerio

del pueblo donde nacimos.

 

Las tejas rotas del palomar que hizo tu padre.

Tu entrega y tu renuncia.

Tu Biblia y La edad de oro.

Tú a los diez años y el uniforme azul y el monograma.

 

Patria

Gloria, es

un accidente cardiovascular y un columpio.

 

Una laguna, un dolor precordial

y las décimas del Valle de las Garzas.

 

Tu patria, Gloria

tu patria

iba contigo llorando en un avión.

 

 

Donde clamo por Ángela

                                                  Y te busqué por pueblos,
Y te busqué en las nubes.
José Martí

Ángela, me dabas fiebre

me moría recorriendo tu cuerpo lleno de sobresaltos

y palabras inimaginables a tus catorce años.

 

Ángela, me hacían temblar tus piernas prodigiosas

tus senos con sabor a chocolate

duros

como marcando un precipicio por el que me hundía

increpado violentamente por tu demagógica inocencia.

 

Ángela, qué será de mí este sábado en que invento un rostro

te llamo por tus dos apellidos a lo largo del malecón

registro cines, parques

y no encuentro siquiera la sombra de tu sombra.

 

Ángela, cómo pasan los meses

cómo te me has ido desvaneciendo

el tiempo es un animal revolcándose en tu piel

rompiéndola.

 

No dejes que te acabe

regresa

vuelve a vivir conmigo,

Ángela, amor, hija de la gran puta,

vuelve a darme tu fiebre.

 

Teatro

Pasó que no nos conocimos.

Eramos los personajes

que el otro añoraba que fuéramos.

Así es que aquellos años

los perdimos

haciéndonos que amábamos.

Eso pasa, señora de Valdés

eso sucede hasta en las mejores

familias de palabras.

Yo quise a una mujer

que Ud. no era

y Ud. a un personaje que bordé

para que me quisieran.

Hemos querido a unos fantasmas.

Sin embargo, hay partes del drama

que recuerdo

y bocadillos que dije con ternura

y hay noches en que me gustaría

volver al escenario

a reencontrarle con aquella investidura

para besar en falso

esa boca de horno de carbón

y miel de abejas.

(2003)

 

Ladislao Aguado, Raúl Rivero, Alfonso Quiñones y Antonio José Ponte (Foto: Nota Clave)

 

Nota final

Le temía a tu cuerpo

no al alma sin réplica

y rocío

que usabas como ropa de dormir.

A la lava sin rumbo

que desbordaba la sábana

y quemaba las flores

nunca al dibujo de tus ojos

que de repente pedía

compasión o cariño.

Fue tu follaje exterior

impredecible, desbocado, coral

y fueron las erupciones que adiviné

los estremecimientos

y la densidad del polvo que te hizo

lo que produjo mi estampida.

Me fui porque en ti triunfa

un animal espléndido

y yo era un hombre enamorado

sin corazón de domador de circo.

 

Foto en La Habana

Mamá y yo estamos solos otra vez

como a finales de los cuarenta.

Solos, en una casa ajena

contándonos los sueños de la noche anterior

( en los de ella siempre lloran dos viejos

y a mi se me va un tren, un avión y un coche de caballos).

Solos mi madre y yo

desamparados porque Papá no vino, no viene, no vendrá

y además porque su hijo menor vive en otro país

y mi hija mayor también se fue.

Mamá y yo estamos en los noventa

en el final del siglo

otra vez solos frente a frente

sin preguntarnos como será la vida

más bien dándonos detalles de cómo fue.

 

Dolor y perdón

Ahora me propongo perdonarlo todo

para dejar limpio mi corazón cansado

dispuesto solo a la fatiga del amor.

Así es que los culpables directos de mis furias

los arduos artesanos de mis penas

son inocentes después que firme este poema.

Nada tengo ya contra quienes usaron mi vida

mi única y pobre vida pasajera

para tocar la gloria y vivir en su vana geografía.

Comprensión y complicidad

ante las dulces muchachas trasvestidas de brujas

que solían dejarme en la ciudad

estrujando mi sombrero de paño.

Absueltos los difamadores y los tontos

olvidados los policías que me hostigaron

borrados de la memoria

los que asaltaron mi casa con una orden de registro.

En un limbo de otra constelación

el que firmó la orden

y ordenó los castigos.

Un poco mas allá

el que hizo salir a mi hija Cristina

de su patria y a mí de la razón.

De estos miedos y esas ansiedades

de esta estación de escombros y fulgores

tienen la culpa los días de la semana.

Esos lunes con filo de navaja

los martes romos, neutrales y tenaces

y el día miércoles con sus ínfulas de puente corroído.

El jueves con cara de extranjero

el viernes y sus ríos de vanidades

el sábado traidor y encapotado.

Los domingos pueriles y vacíos .

Ellos son, seguramente, los culpables

empecinados en la servidumbre

del Padre Tiempo Eterno

que hoy dispone mi vejez

para que olvide.

 

Pablo Díaz, Blanca Reyes, Antonio Ponte, Raul Rivero, Yeni Rivero, Alfonso Quiñones y Yelsi Heredia, en casa de Raúl y Blanca, en Madrid, 2015 (Foto: Nota Clave)

 

Patria

Patria, tú me dolías

y era como un beso y una herida

así de dulce y hondo

así de importable y tierno

ese dolor.

Yo te dolía

pero era ínfima mi punzada

sin dimensión para cambiar el viento

ni registro para llamar el agua

era un dolor de espinas enconadas

de agujas y alfileres

una molestia familiar, doméstica

aliviada con sal, tilos, cañasanta

con ungüento mentol y una mentira.

Patria, yo me metí en tus llagas

y llevé la inocencia en ese viaje

convoqué una canción en tus tristezas

canté tus guerras y lloré mis muertos

exalté tus héroes y rimé tus palmas

describí tus paisajes con palabras

y amor y melodías

exageré tus ríos, magnifiqué los montes

te robé de otros mares y su salinidad.

Dije barrancos y honduras luminosas

manatí como un Dios desolado

serventías por si eran secos y angostos los caminos.

Nunca fuiste una extraña forastera

sino mi madre que se hacía más vieja

más pura y más cercana

mis hijas a quienes enseñé

el espíritu y la letra del Himno Nacional

y todo el color de la bandera

mi padre allá en tus jugos elementales.

Eres toda la hierba que he tocado

Y toda la tierra que me reclama

que en lo oscuro eres tú

porque eres todo

y todo eres cuando estoy ausente

y duermo en un hotel y tengo frío

y en tu difuso mapa de neblina

yo soy un niño que recita versos

mirando el sol desde tus fronteras.

Patria mía, eres un problema complejo

sobre el mar una islita que preveen

los manuales y la geopolítica

las versiones de los mercaderes

que buscaban oro y descubrieron indios

que rastreaban plata y encontraron hombres.

Patria, tú me vivías

y yo era, soy seré el dueño de mi casa.

Te habitaba

te habito

vivo en ti

controvertida patria que denigran

nuestros pobres traidores

desde una micrófono o una mecedora de mimbre

desde una infamia o desde las planillas despiadadas

detrás de una calumnia o detrás de un buró

desde la muerte o la arbitrariedad

en un reino suntuoso o un suntuoso reino.

Mujer que no apareces, que no puedo tocar

no escuches sólo de la Patria el grito

y trae a mi vida

un corazón marcado como un as de corazón

para ganar todas las patrias del amor

Yo te soñaba, Cuba

para nacer aquí

y querría venir para tenerte

dejarte la canción y el olvido

de lo que fuimos siempre

cuando ya no dormías

serena y sumergida.

Yo sé escribir tu nombre

lo escribí sin saber que eras

toda esa inmensidad que es este mundo.

Me lo dijo mi abuelo que venía

de una laguna donde se había estrellado el cielo.

Te conozco, Patria

te conozco

y una definición insulsa

se parece a mi traje.

Yo te conozco

personalmente, digo

y es en la inmensidad de esta aventura

donde te puedo conocer.

Tierra que sufro

que nos sufrimos

y nos sufriremos.

La noche es nuestra

porque hemos surgido de la noche

y fuimos a tu luz

la incandescencia terrenal

la luminosidad que entregas

a unos hijos y a otros

para que al menos tengamos

la misma claridad

a la hora de vivir y de morir.

Ya los legítimos no podemos

soportar las sombras.

Patria, todo esto es el amor

tú me dolías.

(1996)

 

 

Envío a una dama dominicana

¿Tú sabes lo que pasa, Margarita

que en tu casa en 1978

vi pasar la libertad

la vi en el jardín

durmió en la habitación frente a la mía

y como no la conocía

la dejé ir?

Ya no me importa si estábamos

en Panamá o en aquella mansión de San Jacinto,

cerca del mar

o en la calle Tajín (¿Julieta, Lorenzo,

cual es el número de aquel apartamento?) de Ciudad México.

No sé si va demasiado tarde

este mensaje para que me perdones.

Como tampoco ahora sé

si tendré tiempo de ser libre, Margarita.

 

Orden de registro

¿Qué buscan en mi casa estos señores?

¿Qué hace ese oficial

leyendo la hoja de papel

en la que he escrito

las palabras «ambición», «liviana» y «quebradiza»?

¿Qué barrunto de conspiración

le anuncia la foto sin dedicatoria

de mi padre en guayabera (lacito negro)

en los predios del Capitolio Nacional?

¿Cómo interpreta mis certificados de divorcio?

¿Adónde lo llevarán

sus técnicas de acoso cuando lea las décimas

y descubra las heridas de guerra

de mi bisabuelo?

Ocho policías

revisan los textos y dibujos de mis hijas

se infiltran en mis redes afectivas

y quieren saber dónde duerme Andreíta

y qué tiene que ver su asma

con mis carpetas.

Quieren el código de un mensaje de Zucu

y en la parte superior

de un texto críptico

(Aquí una leve sonrisa triunfal del camarada):

«Castillos con caja de música.

No dejo salir al niño con el Coco. Yeni.»

Vino un especialista en intersticios

un crítico literario con rango de cabo interino

que auscultó a punta de pistola

los lomos de los libros de poesía.

Ocho policías

en mi casa

con una orden de registro

una operación limpia

una victoria plena

de la vanguardia del proletariado

que confiscó mi máquina Cónsul

ciento cuarenta y dos páginas en blanco

y una papelería triste y personal

que era lo más perecedero

que tenía ese verano.

 

Grave

No quiero que me salve nadie.

Así es que quien me está

enviando esos pensamientos

esos mensajes presuntuosos

que se vaya con su música a otra parte.

El oxígeno, quítenlo ya

renuncio al suplicio de una máscara.

Y esa pintura negra

que viene de los pedregales

no puede disimular

mis fatigas, ni la parsimonia

o la terquedad con que las llevo.

La gasa, la tensa gasa

solo redime las quemaduras

a flor de piel

de modo que nada puede hacer

cuando el ardor va en la memoria

y la llaga no es un punto en el cuerpo

sino un país donde se ha prohibido la armonía.

Que retiren la luz

porque desde que empezó esta angustia

soy adivino.

Que no traigan algodones

porque me parecen nubes de azogue

y nieves premeditadas

y ya -como cuando era niño y me querían-

me da miedo la lluvia

y me hace daño el frío.

Nadie cerca de mí

porque puedo ser majestuoso

y eso es otro peligro.

Ahora que la muerte se vistió

(ahora que la están peinando)

y le planchan el uniforme de faena

le ponen arrebol y le pulen las condecoraciones

no quiero que me salve nadie

voy a ver si me puedo levantar

yo solo.

(2002)

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