Estatua de Colón, en el Parque de Colòn, junto a la Catedral Primada de Amèrica (Fuente externa)

El revisionismo cultural hace daño. Renegar de la historia deja la nación sin asideros. Hay quienes desearían que los blancos y mulatos se autoflagelaran en medio de la Plaza de la Bandera, por no ser negros o no ser indios.

El Caribe es un crisol de culturas. A esta zona del mundo han llegado, además de los que se creen fueron sus primeros pobladores hace 8 mil años, españoles y africanos, judíos y árabes, chinos e indios, alemanes y franceses, suizos y japoneses y hasta gitanos. Somos, a mucha honra, una cultura conformada por las diferencias y la pluralidad.

Lo que hacen en Estados Unidos, tumbar estatuas de Colòn y otras figuras de su historia, es una estupidez mayúscula pues con eso no se elimina el racismo (de lado y lado) y el país actual y sus habitantes no dejan de ser una consecuencia de la conquista y la colonización.

La esclavitud es una de las cosas más repugnantes de la historia de la humanidad, así como el holocausto, y el racismo.

El racismo es una manera de ver diferente al otro, verlo desde una supuesta superioridad. Puede ser al chino o al negro. O el modo de ver el negro al blanco, que al menos aquí, en el Caribe, es muy difícil de encontrar puro. Todos tenemos una abuela o un abuelo, o bisabuelo, o tatarabuelo negro.

Nicolás Guillén cantó en uno de sus memorables poemas de esta manera:

«EL ABUELO

Esta mujer angélica de ojos septentrionales,
que vive atenta al ritmo de su sangre europea,
ignora que en lo hondo de ese ritmo golpea
un negro el parche duro de roncos atabales.

Bajo la línea escueta de su nariz aguda,
la boca, en fino trazo, traza una raya breve;
y no hay cuervo que manche la geografía de nieve
de su carne, que fulge temblorosa y desnuda.

¡Ah, mi señora! Mírate las venas misteriosas;
boga en el agua viva que allí dentro te fluye;
y ve pasando lirios, nelumbos, lotos, rosas;

que ya verás, inquieto, junto a la fresca orilla,
la dulce sombra oscura del abuelo que huye:
el que rizó por siempre tu cabeza amarilla.»

Una vez, un amigo de Santiago de los Caballeros me dio su punto de vista «Algunos de la izquierda dominicana tienen un complejo de culpa por no haber nacido antes y haberse opuesto heroicamente con flechas y lanzas a los conquistadores, o en el 1916 y en 1965 a las intervenciones de los gringos».

Esas ansias de heroicidad, esos anhelos de ser guerrilleros urbanos y asaltar cuarteles y explotar edificios, es un deseo demodè, que tuvo su momento histórico en los años 60. Pero ya pasó.

Los extremos de izquierda o de derecha son iguales de peligrosos y detestables. A veces comienzan sigilosos y hasta con supuestas buenas intenciones, un poco ingenuas y llenas de infantilismo. Primero, vamos a derrumbar esta estatua. Luego vamos a cambiar el nombre de este parque, de aquel teatro, de tal lugar. Y por ahí seguimos. Vamos a quitar a Fulanito de esta foto para que no aparezca en la Historia. Vamos a censurar los programas de radio y televisión, las noticias, las opiniones, los programas de humor, los de entretenimiento, tendrán que transmitir música patriótica, limitemos la libertad de expresión y de prensa también en los medios impresos y digitales. Prohibamos tratar determinados temas en el cine dominicano. Ah y claro, prohibamos que se hable de religión, o que se trate de Señor y Señora, o se le trate de Usted a las personas mayores. Todo lo viejo, todo lo anterior es burgués… o pequeño burgués. ¡A revisarlo todo!

Yo vengo de regreso de todo eso. En mi infancia tuve que hacer la primera comunión digamos que semi clandestinamente. Para ir a la Iglesia, los domingos me ponía la unica camisa blanca que tenía, que me habían hecho de una de mi papá, e iba haciendo zig zag por las calles de Manzanillo, en el Oriente de Cuba, y entraba por la puerta trasera del templo para que no me vieran. Señalarse era caer en desgracia, eras tildado de pequeño burgués y a la larga se me verían tronchados los estudios. Apenas eran los años 60. Después fue muy mal visto, una herejía, llamar señor o señora a las personas, solo compañero o compañera. Y eso solamente fue el inicio.

Cuando se comienza a revisar y a derrumbar, lo que sigue es prohibir. Tan deplorable es el extremismo de izquierda como el de derecha. La Ciudad Colonial se llama Colonial no por denominación política, se llama así porque la arquitectura que primó desde sus orígenes es de estilo Colonial, caracterizada por anchos muros, arcos, columnas, techo de tejas rojas, etc. Aunque no es menos cierto que con el paso del tiempo se ha ido convirtiendo en una zona de una arquitectura más bien ecléctica.

El Parque Colón forma parte del Patrimonio de la Humanidad. Y derribar la estatua de Colón creada por el artista francés E. Gilbert, tendría el mismísimo sentido terrorista que la explosión de los Budas de Bamiyán en Afganistán.

Aquí, en este país, y en esta ciudad están las primeras edificaciones que existieron en el Nuevo Mundo. No se derribó una ciudad creada por la población originaria, para levantar la ciudad que vivimos. Se levantó una ciudad nueva, en un proceso de siglos, la misma que se llama Ciudad Colonial. Que no es lo mismo que haber quitado el nombre de Ciudad Trujillo a lo que se volvió a llamar como siempre se llamó, Santo Domingo de Guzmán.

Si se quita el nombre de Ciudad Colonial habría que quitar el nombre a Santo Domingo de Guzmán, primero eso de santos no va con los principios de las iglesias evangélicas y cristianas y mucho menos con el marxismo y los neorevolucionarios del siglo XXI. Domingo de Guzmán fue el fundador de la Orden de los Predicadores o dominicos, de la iglesia católica.

La historia de Santo Domingo de Guzmán (1170-1221) es muy interesante. Su mamá tuvo un sueño, de que de de su vientre salía un perrito con una antorcha en la boca. Para comprender su sueño peregrinó a un monasterio benedictino cercano donde estaba su fundador Santo Domingo de Silos, a quien pidió explicación: entonces comprendió que su hijo iba a encender el fuego de Jesucristo en el mundo por medio de la predicación. En agradecimiento, puso a su hijo por nombre Domingo, como el santo de Silos. Domingo viene del latín Dominicus, que significa «del Señor». De Dominicus viene Dominicanus. Se dice que Dominicanus es un compuesto de Dominus (Señor) y canis (perro), significando el perro del Señor o el vigilante de la viña del Señor.

¿Tendremos que cambiar también el nombre a la capital de los dominicanos? Y de paso, como no tiene más asidero que las tradiciones religiosas, habrá que cambiarle el nombre a República Dominicana, y con ellos dejar de llamarse dominicanos.

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