El actual director de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, Fernando Berroa, llamó en 2014, hace seis años, a una quema de libros.

Me niego a creer que Fernando Berroa, joven escritor él mismo, haya dicho en un chat del Facebook del Taller Literario de Narradores de Santo Domingo, que llamaba a quemar libros el 16 de diciembre de 2014 detrás de la Biblioteca Nacional. Prefiero creer que lo dijo en una fanfarronada o en una broma infeliz de escritor que no miró hacia adelante. Aquellas aguas trajeron estos lodos que ahora son aireadas en chats de redes sociales.

Cualquier pira de libros, así sean libros ilegales, sabe a candela nazi. Y cuando menos sabe a ignorancia supina, cuando se llama a quemar libros voluminosos, según aireó entonces la escritora Lauristeny Peña en el diario Cuartopoder.com.do donde escribió un artículo titulado «Pira de año nuevo. Solo para valientes».

http://www.cuartopoder.com.do/2014/12/19/el-evento-pira-de-ano-nuevo-solo-para-valientes/

Hay que tener conciencia histórica de lo que ha significado la quema de libros. Lo dijo Heinrich Heine en «Almansor»: «Eso sólo fue un preludio, ahí donde se queman libros se terminan quemando personas». Lo dice esta tarja ante el Castillo de Brunswick.

Tarja ante el Castillo de Brunswick, con el texto en alemán (Fuente externa)
Quema de libros de los nazis el 10 de mayo de 1933 en la Plaza de la ópera de Berlin (Fuente externa)

Las quemas de libros se realizaron también en Chile pero no solo durante la dictadura de Pinochet, donde la “Doctrina de la Seguridad Nacional” que se impusó en todos los espacios de la sociedad donde le fue posible, planteó que frente al enemigo interno que era necesario combatir y exterminar, se persiguieron las ideas, y se le asignó al libro el rol de un objeto peligroso y subversivo, portador de ideas disociadoras.

Soldados del Ejercito chileno queman libros el 26 de septiembre de 1973 tras el golpe de Estado. (Fuente: cortesía de AFP)

Sino también en el mismo diciembre del 2014, cuando el artículo de Lauristely que ahora pasa de ojos asustados en ojos asustados, fue publicado. El 5 de diciembre de ese año el periódico El Quinto Poder (quintopoder.cl) publicó un artículo titulado: «¿Quemas ciudadanas de libros? Valoración del libro en la postdictadura», donde se mostraba esta imagen distópica como una premonición de la novela de la Cultura de la Cancelación que se vive hoy día en Estados Unidos. Los argumentos eran quemar libros de texto en protesta de la situación de los maestros chilenos. Libros de textos impresos por demás con dinero de pueblo.

Quema de libros en Chile (Foto cortesía de Mario Quilodrán)

En Argentina el 29 de abril de 1976, Luciano Benjamín Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba, ordenó una quema colectiva de libros, entre los que se hallaban obras de Proust, García Márquez, Cortázar, Neruda, Vargas Llosa, Saint-Exupéry, Galeano… Dijo que lo hacía «a fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos, revistas… para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos». Y agregó: «De la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina». (Diario La Opinión, 30 de abril de 1976).

Pira de libros hecha por la dictadura militar argentina (Fuente externa)

Aquí mismo en República Dominicana los antecedentes no son lejanos. En el 2013 se hicieron quemas de ejemplares del libro La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, en una demostración cuando menos demasiado limitada de la comprensión de la literatura.

Un grupo de santiagueros enardecidos dejaron constancia de su rechazo hacia la novela, no con ideas, sino con fuego…

Quema de La Fiesta del Chivo, en Santiago (Fuente externa)

Como el mundo anda patas arribas hay que llamar la atención para que no se repitan ni permitan cosas así. Porque entre esos libros voluminosos -que decía entonces el hoy director de la feria que había que quemar- hay algunos de los tesoros más importantes de la cultura mundial.

Pobre Tolstoi y las 1,225 páginas de La Guerra y la Paz, las 864 paginas de Ana Karenina.

Pobre el Ramayana con sus 1623 páginas.

Pobre la Biblia con sus 1200 páginas.

Pobre Cervantes y las 863 páginas del Quijote.

Pobre Homero y los 15 693 versos de La Ilíada.

Pobre Dostoyevski y las 650 páginas de Crimen y castigo, o las 840 de Los Hermanos Karamazov.

Pobre José Lezama Lima y su Paradiso, de 696 páginas.

Pobre Marcel Proust y las 1,215 páginas de En busca del tiempo perdido.

Pobre del Rerum Natura, de Lucrecio y sus 608 páginas.

Pobre Gabriel García Márquez y sus -nuestros- Cien años de soledad con 471 páginas.

Pobre Gustave Flaubert con las 432 páginas de Madame Bovary.

Pobre Emily Bronte con las 415 de Cumbres borrascosas.

¡Oh, pobre literatura si al nuevo director de la Feria Internacional del Libro le da por recordar aquella fanfarronada o broma de mal gusto de hace apenas seis años!

Cuando menos merece ofrecer una explicación.

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