El momento más alto de la noche, el dúo de Pedro Guerra y Pavel Núñez (Foto: Alfonso Quiñones)

Debajo del puente del río hay una piedra, y debajo de esa piedra vive gente como Pedro Guerra, que hace música con versos inteligentes, gracias a Dios, aunque él no cree en nada.

Pedro Guerra es de los últimos juglares que existe en la Era del Reggaetón. Un reducto de un tiempo que llamamos pasado y que nos hace ver sospechosamente viejos, léase demasiado cultos a los ojos de los nuevos reyes del hoy que son los millenials.

La noche del sábado, en su concierto en el Teatro Nacional Eduardo Brito, con la sala llena, para bien suyo y de Robert Espaillat, el empresario que lo trajo, Pedro Guerra nos hizo un recorrido sonoro por lo que es su música, desde Golosinas -su primer disco que el 27 de febrero del 2020 cumplirá 25 años, como la edad que tiene su hija ahora mismo- hasta Arde Estocolmo, pasando por Tan cerca de mí, Mararía, Hijas de Eva, Raíz, Ofrenda, La palabra en el aire, Vidas, Alma mía, Contigo en la distancia, El mono espabilado, entre otros.

Pedro Guerra visto desde una de las patas del escenario (Fotos: Alfonso Quiñones)

Lloré cuando me dejaron en la escuela / lloré cuando me dejaron la primera vez, había reconocido en la primera canción (Biografía) del concierto a guitarra limpia, con una luces sobre las cortinas que a veces zimbraban lumínicamente, descabelladas, sobre un colchón de bossa nova. «Canté y esa era la forma de buscarnos, / canté y esa profesión me fue quedando bien», recordó el proceso gregario en que asaltaron el mundo con canciones lúcidas y melodías enriquecedoras.

En Dos mil recuerdos la poesía estaba manifiesta en las burbujas en el aire mientras viajaba en bicicleta.

«Que bueno estar aquí de nuevo en este país en este lugar y con ustedes…. la razón de esta gira que estoy haciendo es que hago un viaje de regreso a mi primer disco Golosinas», dijo al público e informó que esta gira en America empieza aquí… «No empiezo las cosas en cualquier sitio. He decidido hacer también lo que he denominado Pídeme», un ejercicio de que el público pida por Instagram las canciones que quiere que le cante.

Pedro animó a que el público cantara (Foto: Alfonso Quiñones)

Después rememoró Papá cantó: «Papá cantó / «Tonada de un viejo amor» / y yo soñando en un escenario. / El corazón / te enseña por donde ir / y todo ocurre si estás cantando. / Ahora que he tocado un poco el cielo / quien pudiera preguntarte / los antídotos del miedo». Una canción que habla de la ausencia de padre que ha sido su brújula.

Reconoció: «Silvio y Pablo esos son mis maestros y esa es mi escuela», y dijo que antes se había nutrido de un tipo de canción latinoamericana, a la cual quiso hacer un homenaje en dos volúmenes de aquellas que escuchaba su padre. Entonces intérpretó Alma mía, de Maria Greever.

La voz de Pedro Guerra es pequeña, su registro es muy escueto, más segura en las notas graves, aunque siempre se mueve en un rango bastante limitado. Sin embargo es una voz melodiosa, con una particularidad que la hace única entre las voces trovadorescas, un dejo quedo, de especial resonancia en la quietud, en el sosiego. Hay en ella como una paz que la hace necesaria.

Por ahí, fue hilando canciones como Lazos, Pasa, Cerca del amor. Informó de la imposibilidad de su amigo Víctor Víctor en llegar de un viaje en que se encontraba con el cual quería hacer Debajo del puente, para algunos quizás la mejor canción de Pedro, no solo por el melodioso bossa nova que la sostiene, sino por la poesía con ímpetu social que la sustenta.

Seguidamente de ese momento mágico llegó Dibujos animados y El Pescador, ocasión en la que hizo la sinonimia del pescador de canciones con el pescador y su tiempo para reflexionar.

Pedro Guerra es dueño de un finísimo sentido del humor (Foto: Alfonso Quiñones)

Y entonces ocurrido uno de los momentos de más alto nivel estético del concierto, al invitar a Pavel Núñez a hacer a dúo la canción De menos, donde la voz grave de Pedro y la aguda de Pavel acoplaron perfectamente en una joya minimalista del repertorio de Pedro Guerra:

«El puente no alcanza,
el río es estrecho.
La lluvia es la trampa,
la lluvia es el cepo.
Camino deprisa,
ni busco, ni encuentro,
ni paso, ni quiero,
ni tengo, ni doy.
La calle cambió
su trayecto y no vuelve,
las normas distintas
son días sin verte.
Perdí las señales,
los horarios, los trenes.
Nostalgia es el verbo
que piensa en tu olor.
Y te echo de menos,
de menos, de menos,
espacio vacío
de mi corazón…»

Le siguió 5,000 años, escrita tras leer un hallazgo arqueológico de restos de una pareja que había sido enterrados abrazados hace 5000 años. la dedicó a su compañera de vida, María, quien tras bambalinas parecía una fan más, una chiquilla enamorada de su marido y partícipe del éxito.

«Yo sé que la luna no da la cara / y sé que el presente ayer fue mañana / yo sé que que al final solo quedan huesos / y sé que en los ojos vive el misterio / quisiera saber cuándo no se sufre», cantó en Quisiera saber, mientras en Oasis estableció que un oasis es siempre un espejismo. Y eso es poesía, pues según dicen por ahí poesía es definir cosas. Quiere, por ejemplo, es algo de una vigencia incontrolable. Frente a aquello que dicen Einar Weez y Gibsai sobre «ella quiere que le pongan reggaetón / que nadie más le hable de amor», Pedro Guerra establece «Quiere que no midas cada paso, / quiere que no des pasos de más, / quiere que la quieras / y le enseñes dónde queda / la felicidad», nada cuestión de códigos
generacionales.

Pedro, inspirado (Foto: Alfonso Quiñones)

Le siguieron Otra forma de sentir y Deseo para llegar al inicio de la parte final con El marido de la peluquera y luego Daniela («Daniela por dentro esta llena de puertas / a veces cerrada, a veces abiertas»). El fino humor de Pedro llegó en sus anécdotas hasta Cuando Pedro llegó («se brindó en las tabernas / se encendieron farolas / en pueblos perdidos / y las musas brindaron canciones / cuando Pedro llegó»); para de lleno meterse en el falso final de su popularísima Contamíname, que para mí sigue siendo una canción de amor, aunque esa no haya sido su ruta inicial. Y con la cual salió de escena, para dar paso al primer bis con El aire en que no estás, La lluvia nunca vuelve hacia arriba. Nueva salida de escena y el regreso con Pasaba por aquí, de Fito Páez. Al final-final cerró con 7 puertas del disco Tan cerca de mi, donde reconoce: «Mi casa está en el mar con siete puertas / yo ya no vivo allí pero me esperan». Y es cierto lo esperaban… pero en el Bar de Alexis, adonde fue ya pasada la medianoche.

En el Bar de Alexis: Pedro Guerra y Alexis Casado, el empresario que primero lo trajo al país, hace 25 años (Foto servida)

Ah se me olvidaba, obvié lo obvio: casi todas las canciones fueron coreadas por casi todos. Y las ovaciones fueron desde Biografía hasta la última. Nada: un éxito en mayúsculas de un hombre con una guitarrita, enfrentado -o mejor, integrado- a un público variopinto y enterado, donde… no falta algún que otro millenial. Y si no, pregunten a Sergio Echenique que le sirvió de telonero con un puñado de hermosas canciones con las cuales puso al público en temperatura de escuchar música de un maestro. Punto.

Última despedida ante el público (Foto: Alfonso Quiñones)
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