El otro día vi a un colega decir -quizás con ironía- que un tal Kiko El Crazy es lo más importante que le ha sucedido al mundo del espectáculo dominicano este año, no es que estemos llegando a los finales. Hay que establecerlo: ya estamos en los finales.

La capacidad de asombro ha descendido a niveles subterráneos unos cuarenta pisos. Cuando Mario Vargas Llosa escribió ese preclaro ensayo La civilización del espectáculo, que se va quedando corto, nos quería alertar de lo que venía, que en realidad en muy poco tiempo ha sobregirado lo descrito.

Cuando ves a un policía motorizado (Amet) abriendo camino a una caricatura de payaso de circo barrial metido a artista, que comete la tontería suprema de hacer un video y subirlo a las redes, riéndose del imbécil de la moto, es una señal nítida: tocamos fondo.

Ahí lo tendremos seguramente en el espectáculo de los premios Soberano. Y hasta es probable que lo premiemos como el mejor artista nuevo. También es probable que gane la estatuilla al mejor tinte o peluca del año.

“Sal que Kiko viene aquí y el Cherry, sal que Kiko viene con el Cherry, ahh pero no te vas a llevar de los Amet, abran que va la pámpara está aquí”, dice uno de ellos.

Pero él no es culpable. Culpables somos los imbéciles que lo alzamos al grado de artista.

Les damos micrófonos y cámaras y les damos las portadas de los periódicos y escribimos sobre ellos con tal de ganar likes y tráfico, y así poder ofrecer nuestros medios a las agencias de colocación, que con gracia de conquistadores del Nuevo Mundo, tienen a bien mandar al carajo a los medios tradicionales, obnubilados por un huracán digital que, cuando se despeje el tiempo y se haga la claridad, habrá arrasado con cualquier vestigio de inteligencia, cultura y civilización.

Como dijo un poeta amigo mío: ¡Dios mío, dame la mediocridad!

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