Fachada del Ministerio de Cultura actualmente (Fuente externa)

Este viernes, parece que al fin el presidente electo ha de hacer público quién asumirá la cartera de la Cultura.

Los días previos han sido de ridiculez in crescendo, por personas, sectores y autotitulados candidatos, que han protagonizado una presión nunca antes vista por ocupar el despacho principal del edificio que colinda con el obelisco macho. El nuevo ministro o ministra debe ser alguien ya experimentado. La situación es demasiado crítica para improvisar con alguien que nunca haya dirigido nada. Por otra parte, debe ser alguien que tenga claro que va a inmolarse, a sacar de un hueco con lodo hasta la cremallera, a un tanque de guerra.

El Ministerio de Cultura viene de unos cuatro años nefastos. Después que José Antonio Rodríguez fue enviado a la Unesco, el nuevo ministro, Pedro Vergés, se dedicó a desmontar todo lo bueno que se había hecho -no se sabe si por torpeza, desconocimiento o vagancia-, apoyado por un personaje que se recordará por ser -como decían algunos en los pasillos- un campeón de la retaliación: Cayo Claudio Espinal. Ambos son culpables de haber retrasado 20 años lo que se había adelantado en el Ministerio de Cultura, hundiéndolo en un manglar de protestas y huelgas, que solo han sido acalladas gracias a la pandemia, de tanto «bien» que hicieron. Tanto que por ese estilo irrespetuoso Bellas Artes pidió ser sacado financieramente del ministerio y pasar a la Administración del estado, lo cual fue finalmente aprobado en el 2019, o sea a destiempo, con lo cual en vez de avanzar, se retrocedió de manera importante, creando nuevas protestas y huelgas. Aquellas aguas ‘cayovergianas’ trajeron estos lodos.

Luego llegó el arquitecto Eduardo Selman, que poco pudo hacer realmente: apartar a Cayo Claudio del mando absoluto, e intentar cogerle el piso a un terreno de arenas movedizas, y así con buena voluntad, pero poco dinero y conocimiento del funcionamiento de un Ministerio de Cultura, tratar de hacer aquello que alguna vez llamaron «el tren cultural» convertido en un «carretón de cultura». Además de arreglar la fachada del ministerio, de hacer las Noches Largas de los Museos nuevamente y hacer una feria del libro opaca y de poco impacto -gracias a que al entrar Vergés se echo a un lado el equipo que de verdad sabía organizar ferias-, devolvió algo muy importante que se había perdido: la decencia en un ministerio que tiene demasiados dolientes sensibles, los artistas y creadores.

Se va Selman sin haber logrado reinaugurar la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, con los museos completamente remodelados. Eso sin contar con un escandalillo de última hora relacionado con la contratación del mobiliario especializado de los museos, que debió ser mejor explicado y salir al paso con la verdad. Súmele a eso la suspensión de festivales de teatro y la bienal de artes visuales, entre otros eventos suspendidos.

Este jueves, ha caído sin embargo en una falta de delicadeza, al cambiar el nombre de el gran poeta Enriquillo Sánchez al Auditorio de Cultura, por el de Juan Bosch. Unico espacio que desde hace 16 años fue un mínimo homenaje a un escritor notable de una generación que está en su tercera madurez y que se siente ofendida así como sus familiares y amigos. Bosch, no es que no lo merezca, pero llevan su nombre auditorios, bibliotecas, parques, avenidas, edificios, carreteras, escuelas… Don Juan nunca habría aceptado ese culto a la personalidad excesivo, sobre todo cuando tan lejos está su partido de sus enseñanzas.

Hay personas pidiéndole al PRM revocar ese desaguisado porque Enriquillo era un fanático del profesor, y él a su vez, según se sabe, admiraba mucho a Enriquillo. Alguien del propio ministerio dijo a Nota Clave que «el ministro retiró el retrato de Enriquillo como si hubiese sido un saltapatrá o un cualquiera. Los boschistas no admitimos ese desaire a la familia Sánchez-Mulet». Y pidió «Que se revoque esa mala decisión». De ese mismo Enriquillo, Juan Bosch escribió «Enriquillo Sánchez es el mejor escritor vivo de este país».

Es demasiado lo que hay por hacer en el Ministerio de Cultura, que debe encaminarse hacia un esfuerzo mayúsculo en búsqueda de autofinanciar parte de su funcionamiento.

Se trata de una reingeniería exigente, para lo cual se necesitan expertos, especialistas comprometidos con una política cultural definida, como debe tenerla el electo presidente, que debe ser manejada por alguien ya experimentado, no con alguien que vaya a improvisar. Los museos y los teatros, por ejemplo, tienen que ser entidades que se encaminen al autofinanciamiento con lo que producen. Las industrias culturales o industrias naranja deben seguir aportando cada vez más al PIB. Solo poniendo a funcionar la promoción internacional y comercialización del producto más preciado de la cultura dominicana -la música- se puede conseguir el dinero para financiar la educación musical del país. Eso sin contar las ventas de bienes culturales, como las artes plásticas, las artesanías de calidad, la moda, etcétera, todo eso en una relación absolutamente directa con el turismo internacional.

Debe ser un ministerio que ponga en el centro el arte, el artista, la obra y el público. Una cultura que sea escudo de los permanentes retos que enfrenta la identidad nacional con la vecindad de una cultura muy fuerte y con el turismo internacional interactuando. Un ministerio donde para cada trabajador, desde el ministro hasta el parqueador, el arte sea importante.

Debe reactivarse con el Banco Central la Cuenta Satélite de Cultura y anualmente ver cuánto se aporta el PIB.

Esto sin descuidar la cultura comunitaria a través de un sistema de casas de cultura que sería lo conveniente, y por ejemplo, aquella idea de la democratización de los Programas Culturales, que tanto bien hizo y que dio posibilidades a la realización de proyectos culturales en los rincones mas lejanos del país.

Y algo muy importante, crear un clima de dignidad y respeto hacia los artistas y creadores que son la esencia de la cultura. Esto sin hablar de la estructura, las relaciones internacionales culturales, etcétera. etcétera.

Pudiera enumerar muchas ideas más que pueden ser útiles a corto plazo al nuevo incumbente del Ministerio de Cultura. Pero lo importante es que sea una persona de experiencia, capaz de unir todos los sectores que ahora pugnan. Alguien que sea asumido con respeto por toda la familia cultural completa, incluida la de otros partidos. Esa persona existe.

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