Las mejores películas del decenio que termina son muchas, pero seleccionar 10 de ellas como las mejores para quien suscribe pasa por una parte objetiva que son los valores cualitativos de cada obra cinematográfica: producción, dirección, fotografía, iluminación, sonido, guión, actuaciones, edición, etc. Y también una parte subjetiva que tiene que ver con el gusto personal, el estado de ánimo, el clima, qué se yo. Mi selección tiene que ver con esas películas de las que aún hoy recuerdo escenas de absoluta fuerza, actuaciones de energías impresionantes, historias de incalculable calado, montajes perfectos, fotografías que perduran en la memoria visual.

Una cosa queda clara, el decenio ha sido pródigo en buenas películas. Aquí no he tenido en cuenta las películas dominicanas, solo las internacionales.

2010:Fue el año de El cisne negro, de Darren Aronofsky, que le valió un Oscar a Natalie Portman y que resulta una puesta en escena de confirmación cinematográfica en medio de una historia donde lo deslumbrante de la actuación de Portman sucede sobre un colchón de nervios y suspenso; y de El discurso del rey, dirigida por Tom Hooper, con Colin Firth en probablemente el mejor papel de su vida hasta ahora. También de la profunda y desgarradora Pan negro, del español Agustín Villaronga; y de Inception, la película de Christopher Nolan, ganadora de cuatro Oscar, que aún me produce el mismo mareo de las interrogaciones filosóficas que me provocó cuando la vi y me convenció que debía verla dos o tres veces más, gracias a un guión provocador y jugoso, un elenco de lujo, una impactante banda sonora, y un brillante trucaje lleno de interrogantes. Lo adivinaron, mi película del 2010 es Inception.

 

2011: Tensa aunque fría resultó Melancholia del siempre polémico Lars von Trier, que aún no había sido expulsado del festival gracias a su obscena manera de flirtear con Hitler; El árbol de la vida, un poema cinematográfico de Terence Malick con una soberbia fotografía de Enmanuel Lubetzki, y las actuaciones de Brad Pitt y Jessica Chastain, conmueve aun y hace contacto con quienes admiran le poesía hecha imágenes. En otro extremo está Habemus Papam, una memorable e hilarante comedia llena de ironía y de una mirada desacralizadora y contundente del Vaticano por dentro y en sus periferias, gracias al talento del italiano Nani Moretti. Ese año también se estrenó La separación, del iraní Ashgar Farhadi, que ganara el Oscar a la mejor película extranjera. Los idus de marzo, dirigida por George Clooney quien también la protagoniza junto a Ryan Gosling, y el malogrado Philip Seymour Hoffman, es una contundente exposición para nada maniquea, de los intríngulis de la política y del asqueante sentido de la falta de límites por parte de los tiburones que se mueven por sus aguas. Y finalmente la que para mí es la memorable de ese año: El Artista, la película francesa de Michel Hazanavicius, con Jean Dujardin y Berenice Bejo, que resulta una película inolvidable por revivir el cine mudo en blanco y negro, a través de una historia llena de candor y vida, junto a una fotografía, actuaciones y música que nos regresan al goce primigenio del asombro que es el cine.

 

2012: Una de las películas que hizo mas taquillas se debió al director taiwanés Ang Lee, su título Life of Pi, ganadora de un Oscar a la mejor banda sonora. El joven director español Paco León regaló una comedia de alta factura, sobre todo en el guión, que incluso trajo segunda parte: Carmina o revienta, de indiscutible frescura en el tratamiento de la historia alrededor de un personaje muy naif. Ese año Benn Affleck sorprendió dirigiendo la historia verídica de Argo. Y finamente la para mí mejor película de ese año, ganadora de la Palma de Oro en Cannes y del Oscar a la mejor película de habla no inglesa es Amour, de Michel Haneke, una conmovedora y deslumbrante historia sobre el amor y la soledad, pero sobre todo acerca de la solidaridad y la viudez, auténtica y para nada autocomplaciente, con las actuaciones del veterano y brillante actor Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, fallecida en 2017 de cáncer a los 89 años.

 

2013: Un año pródigo. Siete premios Oscar ganó Gravity, dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón, la fotografía de Emmanuel Lubezki, con las actuaciones de Sandra Bullock y George Clooney; Paolo Sorentino regaló ese año La gran belleza con Tony Servillo en el principal; ese año también coincidieron El gran Gatsby, de Baz Luhrmann y 12 años de esclavitud, de Steve Mc Queen. La vida de Adele (Abdelatik Kechiche), ganadora de la Palma de Oro en Cannes, resultó una interesante propuesta sobre el descubrimiento de la sexualidad con una sensualidad feraz. La japonesa De tal padre tal hijo, de Hirokazu Koreeda y premio del Jurado en Cannes, es una pequeña e insólita joya sobre el sentido de la familia. Caníbal, de Manuel Martín Cuenca (España) es de una perturbadora crudeza y una profunda consideración acerca de las fronteras del amor. 2013 también fue el año de Her, de Spike Jonze, con Joaquín Phoenix en el protagónico, Globo de Oro y Oscar al mejor guion, una conmovedora película de extraña propuesta. Nebraska, de Alexander Peyne con Bruce Dern en el protagónico, resulta una profunda y conmovedora película. El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese, con un DiCaprio en una de las más bestiales actuaciones de su carrera, una película de una energía deslumbradora. Y finalmente Ida, de Pawel Pawlikowski es un meticuloso viaje de búsqueda de la identidad y la vida, una deslumbrante canción expresionista para los catadores de gustos refinados por el cine.

 

2014: Otro año pródigo en buenas películas, con propuestas con la descomunal Boyhood de Richard Linklater, Globo de Oro a la mejor película y Oscar a la mejor actriz secundaria. Una monumental obra hipnotizante. Leviathan, de Andrei Zvyagintsev, un incomprendido (así como el alma rusa) y furioso grito un tanto tarkovskiano, en contra de la corrupción y sobre las avasalladoras energías dictatoriales siempre presentes en la cultura de Rusia, desde el zarismo. Por otra parte está la deslumbrante comedia El Gran Hotel Budapest, de Wes Anderson, con una muy expresionista por momentos fauvista paleta de colores, ganadora de cuatro Oscar y el Globo de Oro a la mejor película. Interestelar, de Christopher Nolan, con un Oscar a los mejores efectos visuales, una película con fuerzas centrípetas en la vastedad de la nada sobre la sobrevivencia. Los hermanos Dardenne entregaron ese año Dos día, una noche con Marion Cottillard en el protagónico, una narración de exquisita factura acerca de los derrumbes personales dentro de las crisis de este acongojado siglo. La Palma de oro en Cannes ese año fue para la muy lenta y larga Sueño de invierno, del turco Nuri Bilge Ceylan, es sin embargo una investigación de la desolación y la introspección, pero sobre todo acerca de la culpa y el perdón, entre otros aspectos de la humanidad. Con Foxcatcher, de Benenett Miller, Steve Carrell completó las millas para convertirse en un actor de otros registros, en una película extraña sobre lo frágil que es la condición humana. Entre las mejores películas de ese año está Whyplash, de Damien Chazelle, con un implacable, exuberante, cínico J.K. Simmons en uno de sus más deslumbrantes, sino el más, papel de su carrera, como profesor de Andrew Newman (Miles Teller) en un duelo de actuación memorable. Y aún así, después de todas estas maravillosas joyas, me quedo con una película que aún es para mi una referencia de humor negro llevado a grados superlativos, perversamente deliciosa, la argentina Relatos salvajes, de Damian Szifron, cuyas historias aún retengo en la memoria un lustro después, y que puso de pie en una larguísima ovación que no he vuelto a ver en el Festival de Cannes.

 

2015: Deephan, del francés Jacques Audiard, ganadora de la Palma de Oro en Cannes, es una película que aborda el tema de la migración, de las capacidades del ser humano para sobrevivir ante nuevos retos. Sicario, de Denis Villeneuve, con Benicio del Toro, es una intensa crítica de uno de los males que dejan la humanidad hoy día, en específico, la penetrable frontera entre México y Estados Unidos por parte de los carteles de la droga. Me impactó el ángulo desde el cual es tratado el tema en un thriller despiadado por momentos. ExMachina, de Alex Garland, me gustó por su elegancia estilística en el tratamiento del futurismo, a partir de proyectos que se hacen cada vez mas reales con la evolución de la Inteligencia Artificial. The Martian (Misión rescate), de Ridley Scott, es una vez mas la muestra de que Matt Demmon es un excelente actor. Su solo en fa sostenido, no exento de humor, es a la vez una mirada esperanzadora que no deja de intrigar en el mundo del futurismo que es cada vez más cercano. Con la deslumbrante Carol, Todd Haynes entrega una producción sobre los años 50, con dos grandes actrices y un virtuosismo estético poco común en el cine norteamericano. La chilena El Club, de Pablo Larraín, es una película que duele al recordarla, por su infausta capacidad de provocar ahogo y ceguera, perturbación y aflicción. La argentina El Clan, de Pablo Trapero presenta un Guillermo Francella en una tesitura diferente, con un guión duro sobre una familia de doble vida, ejemplar a la simple vista, que resulta en un espectáculo cinematográfico basado en hechos reales. Truman, del español Cesc Gay, junta a Ricardo Darín y Javier Cámara en una por momentos poética elegía a la amistad y la solidaridad, es una perdurable mirada tragicómica donde la emoción no llega a las lágrimas y donde lo sutil dice mas que lo que muestra. La giovinessa (La juventud), del italiano Pablo Sorrentino, es una película barroca con un elenco envidiable, buena música y algunos momentos para recordar. El húngaro Lászlo Nemes dirigió Saul fia (El hijo de Saul), premio del jurado en Cannes, Globo de Oro y Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Una mirada brutal al Holocausto con frialdad reflexiva. El documental francés de Luc Jacquet La Glace et le Ciel sobre las investigaciones de Claude Lorius, quien primero alertó desde los años 50 sobre el calentamiento global, es uno de los pioneros de la glaciología y sus contribuciones científicas han sido fundamentales para la comprensión real del cambio climático. Cuenta con una fotografía por momentos grandiosa, monumental, que solo es capaz de brindar la naturaleza en su plenitud mas desbordante y una música a su altura. Una aventura de la humanidad desde la ciencia del hielo. Para mí es mejor película del año junto a The Revenant (El renacido), con una tríada de infarto: en la dirección Alejandro González Iñárritu, en la cinematografía Enmanuel Lubezkiy en el rol principal Leonardo DiCaprio. Ganadores del Oscar cada uno en su departamento. Como resultado un filme de una belleza estética deslumbrante en su fotografía con luz natural y sin filtros, una producción que permite mostrar de manera pura y total el gran acto de sobrevivencia ante una naturaleza y una humanidad implacables. Ha sido una de las películas que se haya rodado en más difíciles condiciones en toda la historia. Es el hiperrealismo del dolor hechos materia de cine. Por eso es mi película del 2015.

(Continuará)

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