Primera escena de la obra (Foto: Alfonso Quiñones)

Son muchas las interrogantes que a menudo me hago sobre el teatro actual. No me refiero claro está al teatro comercial, de comedias más o menos exitosas traídas de España, Argentina, Venezuela, Colombia o México, o incluso a algunas creadas en el país.

Me refiero al teatro serio, al drama, al que trata de indagar en asuntos y temas trascendentes de la existencia humana.

Espero que la Ley de Mecenazgo sea capaz de apoyar lo mejor del teatro dominicano e impulsar obras donde la identidad nacional y los problemas de la sociedad dominicana, en confrontación con los procesos evolutivos del mundo y sus problemáticas, se reflejen y provoquen el necesario diálogo con el público.

Ayer asistí al festival de Teatro, en la Sala Manuel Rueda del Palacio de Bellas Artes, a la función de La pasión cantada de Jacobito de Lara, drama de Radhamés Polanco, quien además la dirigió y fue el cantante de la obra.

Me gustó cómo arrancó; un sin fin de papel con el título de la obra pasando entre las manos de los actores. Sorprendieron algunos elementos como la mesa móvil con las radios encima. O cuando el bardo que canta se quita los elementos que forman parte del personaje y hace un entrenamiento con el público y comienza a hablar de las características de la política y los políticos y hace referencia a las primarias abiertas o cerradas, etc., lo cual provoca la risa cómplice.

Me gustó mucho la escena final en rojo, con neblina, donde el personaje que hace Radhamés Polanco le mete un disparo al perro, y los parlamentos posteriores donde participan todos.

Me convencen hasta cierto punto los vestuarios, bien de fines del siglo XIX e inicios del XX. Sin embargo no el del trovador que hace Ernesto Báez, que es quien más tiempo permanece en escena. Su vestuario me recuerda al de un payador.

Creo que el diseño de luces es efectivo y si tuviese más recursos sería bueno probar con un equipo de luces láser para crear la sensación de un cubo lumínico en aquellos momentos en que se hace el cuadrado de luz plano.

Creo que el mejor momento de la obra es la metáfora del perro, no solo porque sea el final sino por lo bien logrado del tropo en sí mismo.

Saludando al público, al final (Foto servida)

Destaco las actuaciones de Luvil González, fresca y segura en su rol y de Ernesto Báez, tanto en su rol de trovador, como cuando se desdobla.

La participación de Radhamés Polanco como cantante es caricaturesca por momentos, esto tiene que ver con la tesitura, el rango de su voz, que es monolítico y pequeño. Si fue hecho ex profeso, peor, pues no logró su cometido. Tampoco entendí por qué su personaje tenía que estar vestido de esa manera, que recordaba desde a un pirata, hasta un santero en iyabó.

Yanela Hernández no logra convencer con el personaje de Virginia Elena Ortea (1866-1903), que asume más como si fuese inspectora de la policía que periodista. Hace casi todas las preguntas en el mismo tono imperativo a lo Sherlock Holmes. No me explico tampoco el porqué del cigarrillo en la mano todo del tiempo.

Este no es por mucho el papel de Fausto Rojas. Tal vez la culpa esté en la dirección actoral. El tono en que habla el personaje no es dominicano, más bien recuerda una musicalidad más cercana a los andinos. Su discurso intelectual es inconsistente con la personalidad de un adolescente de 17 o 18 años, aunque haya venido de Europa. No me compro el personaje porque se me queda mucho en lo intenso de su explosividad. Me faltan matices que debe tener una personalidad tan contrastante.

¿Dónde está el problema mayor de la obra? Desde mi punto de vista parece estar en el texto. Me recuerda por momentos a El Príncipe Jardinero y Fingido Cloridano de Santiago Pita, que si bien está escrita en castellano antiguo, el tono poético, escrito con versos pareados, recuerda la intención de La pasión cantada de Jacobito de Lara. Ojo, no estoy hablando de plagio, ni siquiera de influencias, sino de coincidencia de tono.

Así las cosas, la obra no logra convencerme, aun cuando trata el drama de un joven que fue de magnicida a feminicida y de ahí a suicida, con el mismo revolver. Fue de héroe amado a asesino repudiado en muy poco tiempo. Y su existencia fue intensa, pero compartida con un amor que le aportaba altibajos anímicos, lo cual tampoco se logró dar en esta puesta en escena.

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