Elsa Núñez delante de uno de sus cuadros abstractos

República Dominicana es un país maravilloso, rico en contradicciones, y por lo tanto vivo. Que a pesar de esas contradicciones avanza. Un ejemplo es su legislación en el ámbito de la cultura y cómo esto la convierte en un país a tomar como ejemplo para otros países de incluso mayor desarrollo en la zona.

Dos leyes vanguardistas forman parte de las herramientas con las que cuenta la Política Cultural de República Dominicana: una es la Ley de Cine, gracias a la cual ya la industria naranja aporta casi el 3 % del PIB; y otra la Ley de Mecenazgo, que se ha aprobado hace poco y de la cual se espera el reglamento y la conformación de la Comisión de Mecenazgo, que será la encargada de dar el visto bueno a los proyectos que se presenten.

La Ley 340-19, que establece un régimen de Incentivo y Fomento del Mecenazgo en la República Dominicana, logró el consenso finalmente después de un largo periodo de siete años y casi dos periodos gubernamentales en las Cámaras Legislativas del Congreso Nacional.

¿Para qué sirve una Ley de Mecenazgo?

En primer lugar, es un logro de los legisladores dominicanos haber aprobado esta ley, traída y llevada durante una década. Esta ley no es un favor que se le hace al sector cultural ni a los creadores artísticos. Es un favor que se hace a sí misma la sociedad dominicana para permitir un mayor desarrollo cultural de un país asediado como pocos por energías culturales ajenas -como el turismo internacional y la cercanía con Haití- que bien pudieran trastocar las esencias de la identidad dominicana.

Esta Ley de Mecenazgo servirá en primer lugar para propiciar el florecimiento de lo mejor de la cultura dominicana, aquellos aspectos que las arcas del estado no alcanzan a cubrir.

Una iniciativa del Ministerio de Cultura, denominada “Fomento e Incentivos de Políticas de Mecenazgo Cultural”, fue presentada en la XX Conferencia General Iberoamericana de Ministras y Ministros de Cultura, integrada por representantes de los países miembros de la Organización De Estados Iberoamericanos (OEI) realizado en Bogotá, Colombia, los días 17 y 18 de octubre de 2019.

La iniciativa fue acogida y validada por el organismo multilateral, siendo incluida en la Declaratoria final de la Conferencia, los siguientes acuerdos para las acciones a ejecutar en 2020-2021:

1) Impulsar el debate entre los países sobre las políticas de fiscalidad de la cultura en Iberoamérica, así como generar espacios para el intercambio de experiencias e información sobre las distintas vías de promoción de las industrias culturales y creativas;

2) Mandatar a la SEGIB y a la OEI identificar las alianzas intersectoriales y multinivel que propicien la articulación con diversos actores para la financiación de proyectos culturales regionales. Para ello, establecer grupos de trabajo en temas de especial interés, para explorar y compartir modelos de cogestión e instrumentos financieros, fiscales, parafiscales y de coinversión para el desarrollo. Se celebrará un primer encuentro de expertos en economía de la cultura y en cultura y desarrollo en Costa Rica en el año 2020;

3) Realizar un encuentro entre los sectores cultural y empresarial de Iberoamérica con el fin de avanzar en alianzas estratégicas para el desarrollo de proyectos culturales comunes, el cual se llevará a cabo en el año 2021 en Panamá;

4) La creación de una mesa técnica para el fortalecimiento de la relación público – privada para impulsar el mecenazgo cultural en Iberoamérica, que visibilice la cultura como objeto de Responsabilidad Social Empresarial (RSE), abierta a la participación de los países interesados, con el apoyo técnico y financiero de la OEI.

Imagen de la muestra del 27 Concurso de Arte Eduardo León Jimenes (Fuente externa)

Instituciones y mecenazgo

Desde hace años, en el país existen al menos dos instituciones culturales que sirven para ponerlas como ejemplos de excelencia y honestidad cultural en su ejecutoria y de aportes concretos al desarrollo cultural de la nación. Una es Casa de Teatro, que dirige Freddy Ginebra desde hace 45 años. Y la otra es el Centro León Jimenes que dirige María Amalia León. Ambas son instituciones privadas que sin embargo han desarrollado la labor que por naturaleza le está establecido al estado que debe realizar. El Centro León ha contado con el apoyo de la Cervecería Nacional Dominicana y con los aportes financieros de la propia familia León Jimenes. En Casa de Teatro han sido una constante la formación y crecimiento de cayos en los nudillos de las manos de Freddy Ginebra tocando puertas para recabar apoyos económicos y así poder llevar adelante miles de proyectos artísticos, de eso que no gozan de la preferencia de las grandes masas pero que forman parte de la estructura de la esencia identitaria de un país.

Pero en realidad hay muchas personas, empresas e instituciones que de un modo u otro han venido practicando desde hace muchos años el mecenazgo.

La Ley de Mecenazgo institucionaliza, pues, un modo de darle soporte a ciertas zonas de la cultura artística dominicana, que de otra manera sería casi imposible que pudiesen existir. Y esa relación artista o arte-inversión privada necesitaba un marco legal que incentivase esta práctica.

Una de las zonas que mejor se puede apoyar en el mecenazgo son las artes visuales. Las exposiciones de artes plásticas, desde el montaje, el uso de materiales para lograrlo, la exposición en sí misma, la divulgación y la publicidad, así como el catálogo de obras, entre otros, pueden verse realizados gracias a esta modalidad.

Sucede que no solo aquí, sino en casi todos los países de Latinoamérica lo que se invierte en el sector de la cultura no alcanza ni siquiera el 1% del Producto Interno Bruto.

En el caso de República Dominicana, donde el 12% de la población en el 2014 se ocupaba en actividades relacionadas con la cultura, con un total de 468, 324, según datos oficiales del Banco Central, la inversión total en el sector llegaba a los RD$41 mil 265.6 millones de pesos dominicanos. Pero de eso hace ya cinco años. ¿Cómo serán los datos ahora?

Si hay un sector artístico en el cual se necesita mecenazgo, ese es el de las artes visuales. Pero se necesita de un modo organizado, coherente y con una política estricta basada en la calidad artística de las propuestas.

Debido a la precariedad de las políticas de adquisición que se han tenido, a veces, en instituciones del Estado, hay colecciones que son de endeble valor monetario. En algunas no siempre ha existido una política coherente de adquisición de obras plásticas, y por tanto en sus arcas descansan una que otra falsificación, y una que otra obra de baja calidad artística.

Gato por liebre

Una de las lacras que más ha golpeado la evolución de las artes visuales dominicanas han sido las falsificaciones, obviamente de sus rúbricas más importantes. Así se han dado casos de coleccionistas extranjeros -y hasta dominicanos- que se han llevado a casa gato por liebre.

Es por ello que se hace necesario que el Ministerio de Cultura a través de las instituciones con que cuenta el país, creadas para el desarrollo y atesoramiento de las artes visuales criollas, establezca rígidos controles de registro de la creación artística. O sea que cada autor debe registrar cada obra suya, y que esta sea vendida con garantías de originalidad por parte del autor o de sus descendientes. Así mismo, el estado debe saber dónde se encuentra cada obra de valor que forme parte del Patrimonio de la Nación. Los creadores deberían pagar un impuesto por este registro, lo cual a su vez podría liberarlos de pagar un impuesto adicional cuando la obra se venda.

¿Existe acaso un número aunque sea cercano de los valores de la creación artística visual en el país? ¿Alguien sabe cuánto cuesta esta o aquella colección, este o aquel cuadro, escultura, afiche, fotografía, instalación, video arte? ¿Sabe alguien acaso cuántas obras produjo a lo largo de su vida Colson, o Prats Ventós, o Darío Suro o Aquiles Azar, o Cándido Bidó o Guillo Pérez, o Elsa Núñez, o José Cestero, o Jorge Severino o Límber Vilorio?

Se hace imprescindible pasar a un nuevo nivel de institucionalización, más eficiente y a servicio de la obra de arte y del artista, no de los funcionarios ni de los amiguitos de los funcionarios. Las selecciones deben dejar de estar basadas muchas veces en amiguismo, porque así y solo así, la promoción de las artes visuales dominicanas, donde debe tener cada vez mayor espacio la obra de los jóvenes artistas, podrá ser mejor valorada internacionalmente.

Crown Plaza expuso Efímeros, en su galería, a fines del 2018; en la foto Christina Luka, Ariel Soto y Rosa María Grullón (Fuente externa)

Industria sin chimeneas

Y claro, todo esto tiene que ver con la industria naranja, con la necesidad de que las artes visuales sean parte intrínseca de las industrias culturales, por derecho propio.

Entre el cine, la música y las artes visuales dominicanas habría potencialidades para aportar al PIB cerca de un 7% o más. Todo radica en cómo se hagan las cosas.

Una de las formas que más puede aportar es la relación de los artistas dominicanos con el mundo del turismo, pero esto debería también legislarse. Existen algunas instalaciones ligadas al turismo que tienen galerías de arte. Son pocas, pero las hay. Esto, por ley, debería ser un derecho propio del país. Por Ley, las obras de los artistas visuales dominicanos deberían ser parte del diseño interior de las habitaciones y otras áreas de las resorts y demás instalaciones turísticas, en los cuales -por Ley- debería existir una galería de arte dominicano o un espacio dedicado a esto.

Obvio que para lograr que las industrias culturales aporten el 7% del PIB se hace imprescindible un pacto entre los elementos actuantes en la política, la empresa privada y el Estado, para convertir la Política Cultural del país en un proyecto a largo plazo en busca de objetivos concretos que ayuden a crecer la economía del país y a elevar los niveles de toda la población dominicana. Dicho así parecería tarea más o menos fácil, sin embargo, la falta de conocimientos del fenómeno cultural por parte de nuestros legisladores ha hecho que la Ley de Mecenazgo se arrastrara durante una década por los pasillos del Congreso en idas y vueltas en las que se perdió muchísimas ocasiones de aportar productivamente al desarrollo del arte nacional. Aún le faltan muchas incomprensiones por parte de los tecnócratas incapaces de ver más allá de las cifras. Y traspiés por parte de los avivados que se niegan a dar paso a algo en lo cual ellos no ganen algo para sus bolsillos.

Con lo que se invierte hoy en el sector de la Educación basta para lograr poco a poco que las nuevas generaciones de dominicanos se conviertan no en artistas, sino en seres que sepan apreciar las artes y la literatura, en general, y en especial las artes visuales. Para ello nada mejor que involucrar al propio artista plástico con proyectos sociales y educacionales, a través de escuelas y colegios, donde enseñe a los jóvenes a apreciar las artes plásticas a partir de su propia obra.

Se necesita también una crítica de arte cada vez menos cómplice y cada vez menos basada en el amiguismo, con ética y dispuesta a buscarse líos, que no tenga que depender de los catálogos para sobrevivir, y que se empodere de nuevos medios de difusión a través de Internet, ya que es imposible a través de los periódicos y otros medios tradicionales, porque tampoco a ellos les interesa incluir nada que no sea dirigido a lograr likes y tráfico en sus sitios web.

La imposibilidad física de morir en la mente de algunos vivos, Demian Hirst (Foto: Fuente externa)

Recuerden que, como dijo Mario Vargas Llosa: “En la civilización del espectáculo el cómico es el rey”. Y según él es por eso que Damien Hirst es hoy reverenciado como si fuera un Da Vinci. Lo dice así textualmente: «Desde que Marcel Duchamp, quien, qué duda cabe, era un genio, revolucionó los patrones artísticos de Occidente estableciendo que un excusado era también una obra de arte si así lo decidía el artista, ya todo fue posible en el ámbito de la pintura y escultura, hasta que un magnate pague doce millones y medio de euros por un tiburón preservado en formol en un recipiente de vidrio y que el autor de esa broma, Damien Hirst, sea hoy reverenciado no como el extraordinario vendedor de embaucos que es, sino como un gran artista de nuestro tiempo» (La civilización del espectáculo, Alfaguara, 2008)

Vivimos envueltos en la banalización absoluta de la vida, y probablemente nunca antes la pobreza espiritual de lo que muchos consideran arte, fue mas dramática en la historia humana. Hemos confundido la frivolidad con la vida real y la estulticia con el arte.

Así las cosas, que Dios nos coja confesados. Sigamos intentándolo.

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