Horacio y Virgilio junto a Mecenas, sentado en primer plano y con túnica roja sobre vestido blanco (Fuente externa)

SD. «Ni a los dioses es grato, ni a mí,
que mueras antes, Mecenas, tú,
pilar mío, toda mi gloria.
¡Ah! Si una fuerza prematura
te arrebatase a ti, la mitad de mi alma,
¿a qué esperaría yo, la otra,
no tan querida e incompleta superviviente?
Ese día traería la ruina a ambos.
Pero no será vano mi juramento:
iremos, iremos, dondequiera que vayas,
compañeros dispuestos a hacer juntos
la última jornada.»

Así le canta el poeta Horacio a su mejor amigo Mecenas en el poema Carminum II, 17 (A Mecenas).

Mecenas fue un noble romano cuyo nombre real era Cayo o Gayo Mecenas y había nacido en el año 70 antes de Cristo y murió el año 8 a. C. Su origen era etrusco, dicen, y llegó a ser confidente y consejero político de Augusto.

Pero su gran importancia y por lo que realmente trasciende es porque fue un importante impulsor de las artes, protector de jóvenes talentos de la poesía y amigo de destacados autores como Virgilio y el propio Horacio.

De no ser por Mecenas, la epopeya de la Eneida, compuesta por Virgilio y que liga la fundación de Roma y el destino de Augusto con la mítica guerra de Troya; las Geórgicas también de Virgilio y las Odas de Horacio, no habrían sido creadas nunca.

Y precisamente esa dedicación de Mecenas a apoyar las artes acabó por convertir su nombre en sinónimo de todo aquel que patrocina y apoya las actividades artísticas de manera desinteresada.

El Senado de República Dominicana acaba de aprobar en primera lectura la Ley de Mecenazgo. Sin dudas, una gran noticia para el sector cultural. El presidente Danilo Medina se había referido a ella en su pasado discurso de Rendición de Cuentas.

Manuel Jiménez, el autor de Derroche, fue su primer impulsor, hace varios años cuando era diputado. Y aunque hoy aparece como padrino de la ley el diputado Franklin Romero, al César lo que es del César. Y claro, si bien Manuel la aupó en sus orígenes, Romero la adecuó para que pudiera caminar, como al final se ha logrado.

La importancia de una ley de este tipo es cardinal. Es aire fresco para las áreas menos favorecidas de la cultura. Se supone que si es en el teatro, hablamos del teatro independiente, específicamente del drama, y con mayor énfasis en aquellas puestas en escena que aborden temas contemporáneos, conflictivos, que eduquen y permitan mostrar valentía estética y de contenidos; o sea, que no haya espacio para las comedias simplonas, light, etc. que nada aportan al desarrollo cultural, por mucho que entretengan.

Hablamos de estimular esas zonas no comerciales del arte. Hablamos del apoyo al ballet, a la danza, al folclor, a la literatura artística y ensayística de análisis de los fenómenos culturológicos, a la música sinfónica y a la canción de autor, a las artes plásticas en general, a la experimentación y a los proyectos que sirvan de espacio a la expresión de las partes menos beneficiadas de la sociedad, los injustamente excluidos por tener condiciones diferentes. En buena lid también debería abarcar publicaciones seriadas o sistemáticas, impresas u online, con carácter cultural. Debería servir para fomentar el desarrollo de la crítica artística y literaria del país. Y también para el desarrollo de concursos y de proyectos educativos artísticos y literarios, puntuales, que se enfoquen en la formación de nuevos exponentes de expresiones artísticas de rara vigencia: ejemplo, los Chuineros de Baní.

Hay que cuidar desde sus inicios, que la Ley no se deforme, ni caiga en especulaciones o desvíos económicos que la desnaturalicen.

La Ley de Mecenazgo es para beneficio de todos los dominicanos, aunque allá en un caserío remoto de la cordillera central, o en esta misma capital, haya alguien que no sepa qué quiere decir la palabra mecenazgo.

Ojalá que no pase con la Ley de Mecenazgo con la Ley del Libro y la Literatura, que ha servido para casi nada. Y por favor, que no se politice.

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