SD. La conversación es entre leones: un león supuestamente manso y joven, y otro el viejo y fiero león, que si me tocas te arrepentirás. El mono amarrado es el pobre en el que no están pensando ninguno de los dos principales implicados en el pleito.

Realmente dan vergüenza. Uno y otro tienen melena suficiente para levantar la gallardía y la esperanza y reconstruir la selva. Claro, si se unieran. Poder les sobra.

Pero no. Los leones se fajan, en vez de unirse y comprender que la cuestión no es quién tiene más melena, sino los herederos de los animales que ya no tendrán la posibilidad de ni siquiera respirar por el volcán que acabó con sus vidas.

-Ese volcán no era mío, si tú no retiras eso que has dicho, tú te vas a arrepentir!- le ha amenazado el león viejo y fiero-. Me estás haciendo un daño irreparable, y no lo voy a permitir.

Es patética la ambición de los leones. Patética la manera en que negocian quedar bien ante los ojos de los demás animales de la selva, cuando lo que realmente importaría en estos momentos es dar el frente estoicamente ante los que pueblan el bosque.

Pero no: “Yo gastaría todo lo que tengo porque tú te arrepientas de esa vaina”, lanza el viejo león.

El león joven traga en seco. Y trata de explicar. Pero el león viejo está furioso y ofendido, sacude su melena de rey de la selva y dice: “para esa vaina”.

Nadie los ha visto en la zona del desastre. ¿Han estado allí? Ellos eran los primeros que debían estar allí. Dar el frente, acercarse a los animales damnificados, de manera sincera, sin interés de defenderse, sino en actitud humilde, porque por culpa de ambos hay familias enlutadas y muchos animales que perdieron lo poquito que tenían.

Es patético, muy patético. Y después vendrán a darse golpes en el pecho y a exigir por sus patrimonios intactos.

“Me estás haciendo un daño de maldad, de maldad, y no lo voy a aceptar”, repite el viejo león indignado porque lo llaman león y no félido.

“Mi acuerdo es con Ud viejo león y no con cualquier félido”, esgrime el león joven. “Yo no estoy tratando de hacerle daño a nadie”.

“Tú puedes pararlo, te conviene pararlo. Si no lo paras eso ya es cuestión de que tú tocaste tambores de guerra y nos va a salir caro a los dos”, replica el viejo león.

“Donde quiera que diga león, tu pon félido. Y así quedamos amigos y vamos juntos a todo. Pero si no haces eso, mañana mismo diré que estamos en guerra y nos vamos a joder los dos”, siguió bramando.

“Vamos a perder la melena, vamos a perder la melena”, replica sin cesar.

Lo sucedido hace una semana probablemente sea en mucho tiempo la desgracia de mayores dimensiones en la selva.

Y los culpables son dos leones, uno joven y otro viejo que no se acaban de poner de acuerdo.
La explosión del volcán es una herida abierta en la fiesta que preparaban los animales del bosque para celebrar, ellos también, la Navidad.

Moraleja: Tambores de guerra. Quien pierde no son los leones, siempre pierden los pobres animales de la selva.

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