Este año el Festival de Cannes mostró y premio como Mejor documental, y ahora lo muestra el Festival Internacional de Fine Arts en República Dominicana, la nueva obra del cineasta chileno Patricio Guzmán, La Cordillera de los Sueños, que también acaba de mostrar esta semana el Festival de Cine de Biarritz, de Francia.

Autor de clásicos del cine latinoamericano como La Batalla de Chile, la trilogía que documentó los horrores de la dictadura de Pinochet (La insurrección de la burguesía (1975); El golpe de estado (1976) y El poder popular (1979)), Patricio Guzmán ha entregado este año la tercera parte de una trilogía sobre su país, su geografía, su gente, pero sobre todo, sobre los horrores de la dictadura fascista de Pinochet. Siempre la dictadura, siempre la denuncia.

Nostalgia de la Luz (sobre el desierto más seco del mundo) se enfoca en el norte de Chile y El Botón de Nácar, la segunda habla sobre el agua y se desarrolla en el sur del país. Ahora La Cordillera de los Sueños, asume la parte central de su país, algo así como el espinazo que atesora los orígenes, y cada minuto de la existencia de la nación.

Hay dos cosas mejorables en el documental, una el ritmo monótono y cansino de la narración oral (la voz en off) del propio director; y en segundo lugar, los dos o tres finales que se advierten en el material.

«A medida que uno avanza en la Cordillera el tiempo es mayor. Hay presencia de mundos cada vez más pretéritos», dice uno de los participantes.

Escritores, pintores, escultores, cineastas, artistas variopintos posan delante de la cámara y caracterizan al accidente geográfico.

«Una de las revelaciones mientras te adentras es que es un país con un espesor que va viviendo junto a Chile», manifiesta otro creador.

Sirve sin embargo como recorrido a la vida del director de La Batalla de Chile, que “es como el espejo de un pasado que me persigue”.

La fotografía del documental es protagónica sobre todo en la perplejidad de mostrar las venas de la cordillera.

«La cordillera es testigo de la gran tragedia del pueblo chileno», pone de bandera alguien más.

Una de las más impresionantes fotografías tienen que ver con la erupción de un volcán.

Muestra a un cineasta que durante 35 años ha estado filmando, Pablo Salas, uno de los documentalistas que más ha filmado, quien dice que solo cuando hay barricadas y bombas lacrimógenas es que puede filmar limpiamente, porque sino siempre hay alguien que se mete en el medio con un celular.

Jorge Baradit, escritor, analiza cómo la derecha fascista convirtió a la izquierda en objetivo de sus campañas de descrédito. “El bien contra el mal y el mal eran civiles desarmados, indefensos”, explica.

Guzmán como director llega a la convicción de que la cordillera es un testigo de lo sucedido durante la dictadura.

Salas por su parte está consciente de que sólo se ha podido documentar el 5 % de lo ocurrido en la dictadura fascista de Pinochet.

Salas habla de la actualidad: «ellos, los malos, siguen siendo los dueños».

«El neoliberalismo inserta el sentido de la rentabilidad de la vida», resume Baladit.

«El triunfo de la dictadura es que vendieron el país», establece Pablo Salas.

La fotografía es impresionante y el archivo de imágenes le aporta un valor grande, a la hora de rescatar lo que fue la dictadura y que eso no quede en el olvido.

Hay un plano final donde las mujeres a coro gritan ¡Somos más!, y luego con el coro en fade out un amplio de la cordillera y delante una llanura y un lago. De ahí en adelante parece no tener fin el documental. Porque ese es un excelente final.

Pero no. Vuelve Salas a aparecer filmando frente a la milicia y a los chorros de agua. Luego los archivos de Pablo que son un tesoro frágil y extraordinario, pues mantiene visible los miles de rostros de la resistencia popular.

Patricio Guzmán habla de su soledad personal desde el 11 de septiembre hace 46 años en los que ha hecho 20 películas sobre Chile. Se acostumbró a hacer películas desde la distancia. Se acostumbró.

«En mi alma nunca se disipó el humo de mi casa destruida. Me gustaría reconstruirla y empezar de nuevo». Es lo mismo que desearía yo.

Muestra fotos de presuntamente su madre y vuelve a la cordillera. A esos pocos filosos, blancos y a los valles verdes abajo. Ese es otro final de por sí, aunque menos poderoso que el anterior.

Luego muestra los meteoritos de los museos. «Mi deseo es que Chile recupere su infancia y su alegría». estas son las últimas palabras del documental. Y es el final final. Pero el final ha ocurrido al menos cinco o siete minutos antes, con aquella secuencia intrigante y dramática de la cordillera dialogando con un valle hermosísimo donde hay un lago. Una metáfora de las esencias del mismo Chile.

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