Mascarillas al aire, en algún lugar de Europa (Fuente externa)

Así como existen estados fallidos, existen civilizaciones y generaciones fallidas. Esta, la nuestra, donde convergemos los que vivimos más o menos desde un poco antes de la mitad del siglo XX, hasta los nacidos en la primera década del siglo XXI, parece ser una generación fallida.

¿Nos caracteriza el amor? Sí, el amor por lo ajeno. El amor por lo inmerecido. El amor al odio. El amor a las bajezas humanas, a las diatribas y defenestraciones en las redes sociales. El amor a la Nueva y Sagrada Inquisición de lo Políticamente Correcto. El amor a hacer el ridículo, sin que nos quede un ápice de vergüenza ni de detector de mierda.

Esto de lo Políticamente Correcto ha derivado ahora en una Cultura de la Cancelación, donde el que no entre por el redil es fácilmente quemado en la hoguera. Es patética, por ejemplo, la actitud de Zoe Saldaña, de pedir perdón con lágrimas en los ojos por no haber sido lo suficientemente negra para asumir el rol de Nina Simone. ¿Es que estamos locos? Es la primera vez que veo semejante cosa. Es un nivel de autocensura solo comparable con un humorista de Corea del Norte flagelándose ante una fotografía de Kim Il Song. Debería pedir perdón, no ella, sino el director por ser una película francamente mala.

Zoe Saldaña pide perdón entre lágrimas por interpretar a Nina Simone (Fuente externa)

El arte, así concebido, bajo la égida de la Cultura de la Cancelación, deja poco espacio -por no decir ninguno- a la imaginación, a la sugerencia y a la sutilidad. Es realismo socialista puro. Esa Cultura de la Cancelación es un engendro de la pandemia, un macartismo del siglo XXI.

Somos la civilización de la pandemia, donde pensábamos que íbamos a ser mejores seres humanos, más creativos, que regresaríamos al arte de verdad (hubo visos de eso), lejos del mal gusto, la desfachatez, la tontería y la frivolidad, parece que realmente dejamos espacio para que se desarrollara como un gremling la abominable Cultura de la Cancelación, en la supuesta tierra donde la libertad de expresión y creación eran supuestamente sagradas.

Somos la civilización de la pandemia, e intuíamos que nos volveríamos más solidarios, desinteresados y nobles. Y a la tercera semana, fuimos tomando confiancita hasta darnos cuenta que lo nuestro era seguir siendo la misma banda de asaltantes de camino, los mismos irresponsables de siempre, donde lo único que nos interesa es lo mío, lo mío, lo mío, y después lo mío.

Somos la civilización de la pandemia, después de la cual le aseguramos a Dios que seríamos mejores seres humanos, más desinteresados, mas solidarios, menos egoístas y menos descreídos. Porque dimos rodilla, rogando que nos salvara. Pero poco nos interesó que el vecino se enfermara y muriera. El muerto al hoyo y el vivo al pollo. Mientras tanto, un ejército de hombres y mujeres de la salud exponen sus vidas y las de sus familiares por cumplir con el sagrado juramento de su profesión.

Las enfermeras dominicanas celebraron su día abrumadas por las precariedades y la falta de insumos para atender a los infectados con el coronavirus (Fuente externa)

Somos la civilización de la pandemia, donde los que cada domingo se dan golpes de pecho en las iglesias y dan gracias a Dios por la bendición de ser ricos, se suponía que serían más solidarios y ayudarían a los pobres y a la clase media a sobrellevar la quiebra de sus negocios, la ausencia total de productividad y la crisis económica. En cambio lo que hicieron fue subir los precios de la canasta básica, de la electricidad, de los combustibles, de las medicinas.

Somos la civilización de la pandemia, que como tocaban elecciones, había que hacer las elecciones de todas formas, porque ya no se aguantaba más al gobierno que sale. No importaba que después vinieran la oleada que no cesa de infectados y muertos. No importaba que algunos dijeran que ya no había Covid 19. Que en el verano, blablaba…

Somos la civilización de la pandemia, donde los más ricos siguen reuniéndose en los bares y cafés, sin mascarillas, a hablar del apartamento en Amsterdam  o el restaurante aquel de París, mientras critican a la indisciplina social de los barrios pobres.

Somos la civilización de la pandemia, aquellos que no tienen ni donde caerse muertos, pero como somos jóvenes y traviesos, seguimos bebiendo, yendo a discotecas clandestinas, en un aquelarre brutal, donde la droga pulula, mientras muchas veces las autoridades se hacen de la vista gorda. La misma vista gorda de las redes sociales, que han aceptado la pornografía, como una manera de tener el redil atado a las pantallas, mientras disque artistas ofrecen más dinero a jóvenes pobres porque lo muestren todo, en una competencia desleal y manipuladora por ver no solo quién tiene mejor cuerpo, sino cuál es más inmoral. Eso con el aplauso cómplice de sus padres.

Inauguración de la polémica planta a carbón de Punta Catalina (Fuente externa)

En medio del carnaval de inauguraciones de última hora, y de acusaciones de corrupción que parece que no cesan, contra el gobierno saliente, las cifras de la pandemia no descienden. Y eso es responsabilidad de la ausencia de mano firme permanente, como debió ser. Basta mirar las redes y ver los ríos los fines de semana, desbordados de irresponsables, por los cuales la pandemia no tiene bajadero, como no lo tiene por quienes no creen en que esto es algo serio, real, y por tanto les importa un bledo los demás.

Hoy no somos mejores que antes de la pandemia. Muchos prometieron a Dios que serían distintos, que los salvara, que no dejara que les cayera el bicho rojo. Y como se salvaron… hasta ahora… volvieron a ser los mismos rufianes del alma que siempre fueron.

Rey emérito Juan Carlos (Fuente externa)

Nuestra civilización se desliza por una pendiente donde la mentira es la moneda de cambio. El Rey de España huye de la España donde cuidó y garantizó la democracia, y en cambio por sus calles se pasean impávidos los asesinos de ETA (no es que el rey no sea culpable de o que se le imputa), la cuestión es que los malos ahora son ¿los buenos?. Lo mismo sucede con Uribe en Colombia. Los narcoguerrilleros siguen libres, mientras el expresidente que los combatió con mano dura (no es que no tenga las culpas que le imputan), ahora está preso, o sea que los malos ¿ahora son los buenos?

El personaje Harvey Dent, ya como Dos Caras, en Batman: The Dark Night. El actor es Aaron Eckhart (Captura de pantalla).

«No hay mayor oscuridad que cuando va a amanecer», es una frase muy antigua, con aires de proverbio árabe, aunque fue usada en el siglo XVI por el historiador de la iglesia británica Thomas Fuller, inmortalizada en su libro A Pisgah-Sight of Palestine (1650). Pero como somos la civilización de la pandemia, lo nuestro es la ignorancia. Y por eso, en las redes, ese macro mundo global donde creemos que vivimos, se dice que el creador de la frase es el personaje Harvey Dent antes de convertirse en el villano de la película Batman: The Dark Knight dirigida por Christopher Nolan y protagonizada por Christian Bale. El personaje dice textualmente: “The night is darkest just before the dawn. And I promise you, the dawn is coming”, cuya traducción es: “La noche es más oscura justo antes del amanecer. Y les prometo que el amanecer se acerca”.

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