Raphael volvió a triunfar en Santo Domingo (Foto: Alfonso Quiñones)

Raphael es una leyenda. A los 74 años de edad, según su pasaporte, este año anda por los 60 de vida artística. De ahí la importancia de esta gira «Re Sinphónico», que viene diluyendo desde el 2015 y que lo devuelve al país donde se presentó por primera vez allá por los años 60, de la mano de César Suárez Pizano, productor artístico al que le ha sido fiel y con quien ha regresado una y otra vez. Y ahora también.

Antes que salga el artista, Suárez ha mantenido el escudo dominicano en las pantallas alertares todo el tiempo. Y siendo las 9:10 minutos, han sonado las notas del Himno Nacional. Los dominicanos son patriotas donde los haya. Así que cuando concluyeron los últimos acordes, la gente dejó de cantar el himno de sus orgullos. Y como siempre hay un sobresaliente, un pastor llegado de Nueva York comenzó a dar una perorata y hablar cosas fuera de lugar y la gente terminó mandándolo a callar minutos después. «Vinimos a escuchar a Raphael y no a un payaso», decía en la última fila de atrás, una doña septuagenaria.

Pronto sonaron los primeros acordes del intro Yo soy aquel, y la orquesta dio buena impresión. Se trata de la orquesta sinfónica Batuta, integrada por estudiantes de término del Conservatorio, graduados que están sin trabajo, y músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional. Raphael trajo al director Rubén Diez, al pianista, un guitarrista y alguno más. Y de verdad que la conjunción de bisoños y experimentados músicos con un director experimentado en hacer camino al andar, da buenos resultados.

Entre fintas de torero o ademanes de tonadillera, que eso no le avergüenza, porque el amaneramiento de Raphael forma parte de ese personaje que es el artista, entra cantando Infinitos bailes, de Mikel Izal, perteneciente al disco homónimo de Raphael del 2017, donde le colaboraron numerosos colegas.

Raphael es el espectáculo, pero es la disciplina, y es la exigencia, y es la reinvención y el deseo de seguir subido en el escenario y sabía que necesitaría acceder a nuevos ritmos, así que lo hizo y lo demostró a lo largo del concierto.

No hay pantalla led, el espectáculo no la lleva, ni falta que le hace. Basta con el extraordinario diseño de luces creado especialmente, que va brindando ambientes de acentos diferentes en cada tema, desde lo psicodélico hasta lo romántico, con un lenguaje limpio, casi en desuso, en un mundo al borde de ser invadido por la Inteligencia Artificial.

este jueves regresa al escenario del Teatro la Fiesta (Foto: Alfonso Quiñones)

“Igual, igual, igual de loco por cantar…” define el segundo tema Loco por cantar y el tercero comienza con el dramatismo de los oboes profundos y las cuerdas sigilosas. El arreglo es complejo. Hay cambio de ritmos. Y los muchachos de la orquesta brillan en la ejecución de un tema que mezcla lo sinfónico con lo electrónico Inmensidad.

No vuelvas, va de lo sinfónico a lo pop. Digan lo que digan inicia con el piano y entrega a la trompeta, las cuerdas in crescendo y el ritmo de música disco que de pronto se acalla en un minuendo enfático. «Hay mucho más azul que nubes negras…» y el público le responde “digan lo que digan los demás” y entonces vuelve al ritmo disco.

Raphael entró vestido de negro y con un frac de terciopelo, que pronto se quitó para dejar de parecerse al Pequeño Príncipe. 74 años de rumba, 60 de ellos en los escenarios, Raphael se mueve como un joven en una discoteca.

Flauta y piccolo, cuerdas en el mismo ritmo disco. Mi gran noche, de las legendarias canciones de Salvatore Adamo y Jorge Córcega. El arreglo es un poco psicodélico más en house electrónico, con una caja de ritmos, teclados, música grabada sobre la cual se montan las cuerdas de la sinfónica, el tímpani, etc. Por momentos lo sinfónico señorea pero siempre sobre todo es el house finalizando con las cuerdas.

Agradecido, Raphael reverenció al público con su calidad (Foto: Alfonso Quiñones)

Agradece la ovación y pone de pie a la orquesta.

Contrabajo con el arco. Quedas, las cuerdas. Raphael canta, ahora sentado. Los hombres lloran también, escrito para el artista por los hermanos García Segura, para el disco de igual titulo de 1964. Es como un pequeño poema. Al final después de los aplausos bebe agua, presumiblemente.

“Porque pasé de la niñez a los asuntos, porque pasé de la niñez a mi garganta, para cantar canciones cómo esta”, canta entonces masticando su juventud cada segundo, con un arreglo más sinfónico, menos pop en Volveré a nacer, una composición del compositor Manuel Alejandro, de 1972.

Ahora comienza con un redoblante, insistente. Luego entran las cuerdas y después la flauta en un crescendo lentísimo. Dice Raphael que ahora tiene pensado retrasar su final. “Ahora que no pueden hacerme daño, que tengo sus aplausos y los besos que tú me das…”. Al final ovacionan.

“Provocación”, y la orquesta entregada. Y al final otra ovación. Raphael no habla ni saluda, canta, ese es su saludo.

Provocación, una de las canciones mas famosas de Raphael, fue coreada y aplaudida (Foto: Alfonso Quiñones)

Hay un cambio otra vez de ritmo donde el house está presente The wonder of you. Luego se entrega por completo en lo sinfónico La Noche; pero la ha acomodado a sus posibilidades vocales actuales. Y la versión no es de las más felices.

Volver, con Carlos Gardel a dúo, gracias a la tecnología. Hay un bandoneonista en la escena delante del piano y sobre el piano una radio antigua. Volver, de Gardel y Lepera. “Señoras y señores, Carlos Gardel”. Luego Malena, tango de Lucio Demare y Homero Manzi.

Yo sigo siendo aquel, de Perales del disco de igual nombre de 1982; Estuve enamorado, de Manuel Alejandro, A que no te vas del mismo compositor, luego solo, a piano, Por una tontería, que concluye con la orquesta completa en un crescendo con trémolos incluidos. Toma el frac y sale de escena.

El público colmó el Teatro La Fiesta para ver al pido de Linares (Foto: Alfonso Quiñones)

Adoro, de Manzanero, ya con la orquesta entregada. Ovación y después Maravilloso corazón, maravilloso, con esos pizzicatos iniciales, para diluirse en la melodía. Y él canta arrastrando las erres. A las alturas de la coda del concierto, la voz es más nítida. A ritmo de chanson francesa, “maravilloso corazón, maravilloso…”

Cuando tú no estás con un maravilloso arreglo. Estar enamorado -ambas de Manuel Alejandro-, fue coreada hasta el último instante. Presentó por fin «la gran orquesta Batuta». Un guitarrista salió a proscenio. Gracias a la vida, de Violeta Parra.

Que nadie sepa mi sufrir, otra de Manuel Alejandro, en tiempo de vals, cantada también con el guitarrista.

Luego, trémolas las cuerdas, inician En carne viva, igualmente del ya mencionado compositor español. Y allí donde debería subir, dejó la orquesta sola que el esfuerzo es grande. Pero ya no le llega a las notas altas.

Sale de escena y regresa para cantar Ámame, de José Luis Perales, que la orquesta espera. Hay una parte que la hace hablada. La repite dejando al público hacerla en coro y él la termina.

Qué sabe nadie, una canción polémica y hermosa que canta Raphael (Foto: Alfonso Quiñones)

Qué sabe nadie, de Manuel Alejandro, comienza con el piano y luego los violines, las violas, chelos y contrabajos le respaldan. Pero muy pronto reaparece la caja de ritmo marcando acentuando el tempo.

“Yo estoy aquí” del mismo Manuel Alejandro, con música electrónica en versión house. Y luego “Escándalo”, de Willy Chirino. Para la despedida dejó “Como yo te amo”, de Manuel Alejandro. Y chirrín chirr… Salió del escenario. Poco después regresó. Cantó A mi manera a capella. La gente salió cantando Mi gran noche.

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