Cilindros Cromointerferentes, obra de Carlos Cruz-Diez, borrada por Molinos Dominicanos en 2003 (Fuente externa)

Acaba de morir en París el pintor venezolano Carlos Cruz-Diez, el autor de Cilindros Cromointerferentes, aquella memorable obra que convertía a los silos de Molinos Dominicanos en la orilla este del río Ozama, en una obra de arte democrática, al aire libre, que ornamentaba con calidad estética el paisaje urbano, y que fue borrado por la ignorancia y la incultura, en un acto cercano al terrorismo cultural que también practican los de Estado Islámico.

El mismo principio físico: borrar (ojo, nunca el mismo principio ideológico), es el que impulsa una y otra acciones.

Los yihadistas han destrozado con explosivos obras del patrimonio cultural mundial como los budas gigantes de Bamiyán, las mezquitas sufíes de Mali, las estatuas de Nimrod y del Museo de la Civilización de Mosul, ambas en Irak, la ciudad de Yatra en Irak, y los templos de Baal Shamín y de Bel, así como el Arco del Triunfo, en Palmira, Siria. Esas obras jamás se podrán recuperar, y aunque las restauren los mejores restauradores del mundo, ya no serán lo mismo. Nada es igual que el original.

En quien mandó a borrar la obra de Cruz-Diez (¿se sabe quien es? ¿algún día se sabrá?) ocurrieron los mismos sucesos químicos y físicos a nivel neuronal, que el jefe de los yihadistas, aunque las intenciones hayan sido diferentes.

Cruz-Diez era sobrino nieto de Juan Pablo Duarte, y por ese mínimo detalle, regaló su obra al pueblo dominicano. Una obra que no tiene precio, y que cada día adquiere más valor en la memoria histórica.

La cuestión es que aquella obra cinética de Cruz-Diez que era una referencia de arte urbano en el Caribe se ha quedado no solo en memoria virtual para quienes la admiraron, sino en absoluta orfandad desde el sábado.

Cilindros Cromointerferentes abarcaba 11,200 metros cuadrados, y la comenzó a realizar en 1993 y la inauguró el 3 de julio de 1994.

Lo último sabido, al menos para quien suscribe, es que después de las gestiones del crítico de arte Gamal Michelén, Cruz-Diez estaba en disposición de enviar los bocetos de su obra a un artista para que hiciera el trabajo de restaurarlos. ¿Pero quién va a echarse al hombro tamaña responsabilidad?

¿Hay conciencia del costo de esta obra que no existe más? ¿De su valor actual? ¿Del valor a futuro? ¿Cuantos cientos de millones de dólares tendrían que pagar los dueños de Molinos Dominicanos por esta obra borrada, alguien lo ha calculado?

Es imprescindible que el Ministerio de Cultura y todos los estamentos del estado dominicano ejerzan con mano firme el respeto al patrimonio cultural dominicano.

Carlos Cruz-Diez, uno de los máximos exponentes del arte cinético del mundo, había nacido hace 95 años, el 17 de agosto de 1923 en Caracas y acaba de fallecer en París, donde vivió por casi 70 años.

Obras suyas permanecen en el Museum of Modern Art (MoMA), de Nueva York; en el Tate Modern, de Londres; en el Centre Georges Pompidou, de París; en el Museum of Fine Arts, Houston; en el Wallraf-Richartz Museum, de Colonia; Musée d’Art Moderne de la Ville de París, entre muchos otros. Pero la obra que donara al pueblo dominicano no existe desde un amanecer del 2003.

La obra borrada de Cruz-Diez es solamente la más visible de muchos otros casos que han ocurrido y siguen ocurriendo. ¿Cuándo caerá la mano de la justicia sobre quienes -por ignorancia o por que le da la gana- mandan a borrar un mural, como Cilindros Cromointerferentes, o aquel de Angel Haché en UTESA, o las obras pintadas sobre los números del kilometraje en el Mirador, que desde año se echan a perder por manos ignorantes o por el paso del tiempo sin el necesario mantenimiento y que debe ser responsabilidad de la Alcaldía de Santo Domingo?

Obra que se borra, obra que se pierde para siempre, un pedazo del corazón del país que se arranca para la eternidad.

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