La Inmaculada Concepción y los Jurados de la ciudad de València (1662), de Jerónimo Jacinto de Espinosa

Una nota de prensa enviada a los medios da cuenta de cierto premio que otorga cierta institución. Quienes lo reciben son premiados con dinero contante y sonante. Gozan a partir de ese momento de mayor prestigio y reconocimiento.

El jurado se menciona, pero sin mucho relieve, como de pasada. De hecho los miembros del jurado ni siquiera aparecen en las fotografías del acto. Probablemente ni hayan sido invitados. Las fotografías principales son de los organizadores, ni siquiera de los premiados. Y esto parece ser una tendencia que denota que las cosas andan al revés. Parece que quienes se festejan y se premian son los organizadores, no los que resultan ganadores, y mucho menos el jurado.

En ocasiones el trabajo de los jurados se paga, en otras, las mayorías de las veces, no.

Sin embargo, es práctica en el país muchas veces, no darle a los jurados el peso específico que tienen y que se han ganado por derecho propio.

Un buen jurado que de por sí otorga un nivel exclusivo, llama la atención, es muy superior y prestigia más al premio, que si no estuviera integrado por personalidades de reconocida valía. No importa que se les pague o no. El trabajo de un jurado cuesta tiempo y cuesta esfuerzo físico y de pensamiento, poner en juego los conocimientos de toda una vida y el prestigio intelectual de cada cual.

Es por eso, que debería ponerse como regla, que todo jurado sea debidamente reconocido y de ser posible remunerado. Aunque esto último no sea condición sine qua non para organizar un certamen. Que se le dé el peso específico, porque un jurado compuesto por personalidades honestas y de altos conocimientos, no solo prestigian un premio, sino que le dan brillo, como dice la Real Academia de la Lengua.

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