Miralba Ruiz, Pedro Ynoa, Julissa Romualdo y Gerty Valerio cuando dieron a conocer los nominados (Fuente externa)

SD. El Papa Francisco acaba de decir algo con lo que estoy cien por cien y pensamos millones de hombres en el mundo: «el feminismo es el machismo con faldas». Los que no somos machistas y nos oponemos al machismo, miramos de reojo al feminismo.

La actriz española Carmen Maura ha dicho «Las mujeres vamos a acojonar de tal manera a los hombres que no va a haber forma de ligar». Y tiene razón, las feministas europeas han llegado a extremos tan alqaedistas como considerar al piropo -una tradición cultural latina-, como micro violencia. No me refiero al piropo grosero, machista, violento y mal educado, sino al piropo hermoso, lleno de poesía y hasta naif, que las mujeres agradecen, porque forma parte del ritual del enamoramiento, y que a veces las mujeres más valientes se alientan a decir a los hombres que les gustan.

Así las cosas, por ese camino, ahorita no quedarán hombres que se lancen, y la humanidad va a seguir mermando, hasta desaparecer. Es un decir.

Estas reflexiones me las han traído las nominaciones de los premios Iris, que organiza la Asociación de Mujeres Cineastas de RD y por otro lado la protesta de las mujeres cineastas africanas que nunca han podido ganar el premio del Festival Panafricano de Cine y Televisión que se realiza en Ouagadugu, capital de Burkina Faso.

La cuestión es que en medio siglo de existencia de ese festival ya clásico del cine africano nunca ha ganado el premio a la mejor película una mujer y ha tenido que ser la promotora cultural y activista social senegalesa, destacada en el cine y las artes visuales en general, Fatou Kandé Senghor, quien levantara la voz para hacerlo público.

La ironía de todo esto tiene que ver con que justamente el premio que entrega Fespaco es una estatuilla inspirada en Yennega, una  indomable princesa guerrera que montaba un caballo semental y a quien se considera madre del Imperio Mossi. Su imagen sobre el caballo y armada con lanza y arco es un símbolo nacional en Burkina Faso.

Aquí, increíblemente, ocurre lo contrario. El Premio Iris, que organiza Amucine, debería ser dirigido de manera especial y única a la obra de las mujeres. Pero ellas insisten en hacerlo como los demás premios y según he sabido quieren convertirlo en una de las premiaciones más sobresalientes de América Latina. Esto a pesar de que en Uruguay existen desde hace años los premios Iris, justamente al mundo de la televisión y la radio de ese país, y tienen cierta resonancia internacionalmente, son conocidos.

Insisto, sería maravilloso redirigir sabiamente el Premio Iris, que mejor sería llamar Festival Internacional de Cine Femenino Iris, al reconocimiento de la mujer tanto nacional como internacionalmente, sea tanto a las jóvenes, como a las grandes creadoras que han dejado huellas en el cine, a las intérpretes, a las directoras, a las cinematógrafas, a las guionistas, a las compositoras, a las productoras, etc.

Valdría mucho la pena convertirlo en un certamen internacional, que convoque a las mujeres que dirijan o realicen largometrajes de ficción y documentales,  así como cortometrajes, y que de paso reconozca los mejores guiones que traten los temas de la significación femenina, como las demás ocupaciones técnicas.

Estoy convencido que los Premios Iris se convertirían enseguida en una referencia internacional, donde Fatou Kandé Senghor, por ejemplo, y otras mujeres de África y de otros continentes, sientan la necesidad de estar representadas y acudan al mismo como ir al «cine prometido». Sería un evento que podría tener una parte dedicada a la discusión de temáticas afines con el cine hecho por las mujeres, y hasta un mercado propio.

Estoy seguro que recabaría mucho apoyo nacional e internacionalmente. Sobre todo en los tiempos del #MeToo, que por momentos parece demasiado deudor del maccarthismo, en un pase de cuentas que a la larga a quien mas daño le va haciendo es a la cultura universal.

Privarnos de las obras de Woody Allen y de Roman Polansky, es lo mismo que privarnos de las obras de Leni Riefenstahl por haber sido la fotógrafa del nazismo, o de la música de Wagner por haber sido la preferida de Hitler.

Es lo mismo que privarnos de la poesía de Serguei Esenin, porque le caía a golpes a Isadora Duncan, y hasta fueron desalojados de hoteles en París por los escándalos. O de la obra de Mayakovsky por haber sido la que más le sirvió a Lenin y Stalin, a pesar de haber escrito El himno del onanista y Estoy tumbado sobre mujer ajena, que hace un año fueron leídas por una alumna en un escuela del remoto Primorie, región rusa en el mar del Japón, cuyo video se convirtió en tendencia y el caso llegó hasta la Duma (el congreso) de Rusia.

O privarnos de la puesta en escena de La Casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, que pasa en el Teatro Nacional, porque en la arriesgada puesta en escena el rol de las mujeres, junto a María Castillo, lo asumen hombres.

O privarnos de la obra Bertold Brecht por haber sido el dramaturgo que mejor le sirvió al comunismo alemán, o privarnos de la musica de Shoshtakovich, Prokófiev o Aram Jachaturyán, por haber sido del gusto de la sociedad soviética. O prescindir de la obra pictórica de Marc Chagall por haber reflejado la vida y las costumbres y las creencias judías. O mas acá, prescindir de la obra musical de Carlos Puebla o de Silvio Rodríguez por ensalzar la Revolución Cubana.

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