Camilo es un fakir que tiende su espalda sobre un colchón de clavos ardiendo.

Hay quienes piensan que su bigotito es herencia de Dalí, y que los relojes siguen derritiéndose en su mente, pero la cuestión no es tan superficial.

Camilo es un alma Kshatriya. Imaginemos que los exponentes urbanos son una nación. La intelectualidad de esa nación son los Kshtriyas que en la India son la intelligentsia de la comunidad hindú.

En el sistema de castas de la India están los Kshtryias (Fuente externa)

De ahí esa pinta, ese flow, como diría el actor Johnnié Mercedes en un muy recordado comercial del banco BHD sobre los valores.

Raja Ravi Varma (Fuente externa)

Hay quienes piensan incluso que un pintor indio de fines del siglo XIX, el Raja Ravi Varma, fue su antepasado. Pero no. Se equivocan.

Shivaji Maharaj (Fuente externa)

Hay otros que afirman que es hijo de Shivaji Maharaj, el personaje de la serie india la ‘Raja Shivchhatrapati’, que puso en primer plano varios aspectos de la vida del rey guerrero Maratha. Pero yo sé que no es así. Su padre, Eugenio, es un hombre sencillo, querendón, puro paisa, con pasaporte de Antioquia y todo.

Camilo no pasa por debajo de la mesa. El timbre de su voz es agudo, aflautado, «como de muchachita» dicen algunos. Pero su masculinidad no necesita ser demostrada, para eso está Evaluna. A veces hace pequeñas concesiones, como un dúo reciente con un dembowsero que no le ha aportado nada. Pero de vez en vez recuerda que él es un pensador de la música, que en sus manos está la posibilidad de reivindicar el salto cuántico hacia las esencias de la verdadera música, guiar el rebaño hacia esos temas que conmueven no porque digan maravillas como esta «Tengo diez mujeres de estropajo, que tiene un culo / Y nada más hay que levantar el taparrabo», del gran poeta El Alfa. No.

Camilo demuestra que no es necesario ser soez para pegarse. Demuestra que hay vida más allá del dembow y del trap. Demuestra que se puede hacer buena música sin grandes parafernalias, con un minimalismo que estruja el alma. Demuestra que bajo tanta hojarasca y tanta hoja podrida que nos aplasta, alguien tiene el talento suficiente para poner a las muchachas a suspirar con temas sencillos, sensibles, de ahora y de siempre.

Su nueva producción, lo demuestra. Baste un tema hecho a piano, pero un piano pianísimo, sencillamente marcando acordes, donde su voz a veces se clona, para el coro. Su letra es como agua de manantial. Solo alguna concesión en la manera de rimar, deudora de la flora urbana. Su impacto está en esa natural sencillez, donde nada es forzado, ni el mensaje, ni el sentimiento con que está cantada ni su lirismo transparente, ni su melodía cristalina.

Camilo demuestra que se puede. Que no todo está perdido. Y si no lo cree, escuche «Manos de tijera», de su nuevo álbum (el segundo) Mis manos.

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