Los músicos saludan al público al final (Foto: Alfonso Quiñones)

Chucho Valdés es un cazador de leones que avanza por la pradera africana. Su música va conquistando antílopes y elefantes, las culebras se enroscan y las cebras se inclinan ante su gallardía. La música que va haciendo la retoma él mismo del aire que llega de todas las direcciones. La Luna proyecta su enorme sombra en la pradera, mientras avanza.

Chucho es dueño de la absoluta sabiduría del piano. La noche del sábado final de agosto es el segundo en el orden establecido dentro del concierto del DR Jazz Festival en Cap Cana, celebrado esta vez sin lluvia en Los Establos una maravillosa locación, que en su segunda edición abrió con el Berklee Jazz Institute interpretando Something times, July, Foretold you, IC2. 1, Ace y Himorne, donde Marco Pignataro y el también saxofonista Walter Smith eran las figuras centrales. Al final de su presentación Chucho recibió un regalo que consistió en una reproducción de la escenografía pintada por Adolfo Faringthon, artista que siempre convierte las escenografías en obras de arte.

Maria Elena Gratereaux, directora del festival,  el director de Cap Cana, la vicepresidenta de fedujazz y el artista plástico, entregan el regalo a Chucho Valdés (Fotos: Alfonso Quiñones)

Cuando inició Chucho el tema Conga danza con un solo de piano, en una melodía que viene de los callejones orientales más que de los barrios habaneros, toman definición cuando se le incorporaron las congas, los cencerros y el bajo. Uno sintió un claro sogón llamando desde la tierra más caliente de Cuba. Por momentos el tema se convierte en una conga santiaguera que avanza por Campo de Marte o Calle Heredia. Conga danza tiene todos los códigos de la conga en los carnavales cubanos. Los cencerros tocados como se tocan los sartenes en las comparsas del Cocuyé o del Tibolí. Fue un arranque perfecto para ir poniendo las cosas en contexto.

Luego expuso Obatalá. Un tema dedicado a uno de los santos del panteón Yoruba. Canto en lengua yoruba por Dreiser Durruthy Bombalé, quien tiene a su haber registros discográficos con Afrocuban Jazz Project, Harold Lòpez-Nussa y dos con Chucho, además de uno con Barney Mcall. Batá y un tipo de maracas que solo había visto en viejas litografías del siglo XVIII, que pueden ser de los congos o carabalíes. El piano percute. Para luego tornarse melodioso y tierno. Una mano dice una cosa en las teclas más agudas y la otra canta otra cosa diferente, en las notas medianas y en las graves. Esa independencia en las manos es una de las características fundamentales del virtuosismo del pianista cubano. Mientras tanto, el bajo va en contracanto, en una magnífica madeja de ritmos confluyentes. Luego hay un solo del bajo de seis cuerdas de Ramón Vásquez, un excelente instrumentista cubano radicado hace años en Puerto Rico, que ha estado con sus propios proyectos en otras ocasiones en el festival. Florea en los bordones, mientras enseguida percute en las primas como en una guitarra requinto. Entonces logra ambientes cálidos, más tranquilos. El coro dice aguaté, aguaní. Bombalé canta y toca los batas, tambores rituales que llegaron hace medio milenio, cuando los indios eran ya historia.

Dreiser Durruthyy Bombalé, toca bátase, chekerés percusionistas menor y canta y danza

El tercer tema, Son 21, inicia con una deconstrucción rítmica que pronto se encamina con los batá, el bajo y la guira a un ritmo más pausado. Por el piano pasa Lilí Martínez diciendo adiós, quien primero hizo ciertos tumbaos en el piano cuando era músico de Arsenio y de Chapotín, pero sobre todo pasa esa complicidad de los músicos que con mirarse lo entienden todo, sonríen. Saben que se están diciendo cosas no dichas antes. Y después de mucha sabrosura regresa al motivo inicial.

Los músicos vistos desde atrás de la tarima

Chucho anuncia que hará algo muy especial, dice que el tango argentino también tiene raíces africanas. Y se propuso hacer un tango congo. Lo dedicó a su esposa que es argentina: Tango de Lorena. Lorena estaba sentada en primera fila, junto a Juliancito el más joven de los hijos del maestro, de apenas 13 años. El tema arranca con piano y contrabajo, que enseguida deja de servir por lo que Ramón, raudo, lo cambia por su bajo de seis cuerdas. Y luego del motivo inicial entran congas y güira. La güira a diferencia del güiro que es metálico, es de madera, y se usa sobre todo en el son y la salsa. Hay un paisaje que es solo a piano y bajo y donde el dramatismo avanza hasta la danza. Hasta que revienta en un son. Para volver a construir el tango. Luego se mueve hacia el blues.

Chucho y Ramón Vásquez dialogan

A la manera de Chucho. Un tema lleno de ritmo cubano. Con acento en el son. Y dando rienda suelta en su explosividad para sostener las notas en las agudas. Y percutir de manera insistente. Solo de bajo, con el apoyo de la güira y las congas. El bajo de seis cuerdas da posibilidades de un más amplio espectro sonoro y rítmico. Vuelve el piano. Una frase más y entrega a las congas. Yaroldi Abreu lleva 17 años con Chucho y es uno de los más virtuosos percusionistas cubanos actuales. Chucho ha dicho que es el mejor percusionista cubano, heredero de tradiciones de la Tumba Francesa Bejuco, de Sagua de Tánamo; es dueño él mismo de dos Grammy Awards y dos Grammy Latino. Expone gran rapidez en las manos con sus cinco congas y cuando suena el más grave de todos es como si estuviese evocando un gong asiático (de hecho su esposa es japonesa)… y percusionista. La afinación de las congas es muy importante. Yaroldi logra al menos en cuatro de ellas hacer rápidos repiques en abanico. Y ese es uno de los más importantes elementos de su toque, esas ráfagas que logra en determinados crecendos de su narración.

Yaroldy Abreu, el mejor percusionista de Cuba hoy día, según Chucho Valdés

Ochún es un tema de amor a la Virgen de la Caridad del Cobre, la patrona de Cuba. Comienza el piano en una invocación melódica hasta que entrega a los batás que cantan «aquere oro, yeyeó, aquere o». El piano vuelve a la invocación con melodía de cantos dedicados a la virgen que en ciertos instantes recuerda aquella maravillosa Misa a la Virgen de la Caridad del Cobre, de José María Vitier. Una y otra legítimas, una y otra de profundo amor.

El pianista y director anuncia a seguidas un danzón escrito por Bebo Valdés. Un danzón que nunca grabó ni interpretó en público jamás, y que Chucho escuchaba en su niñez y que tocaba en casa. Piano, bajo y güira. Independencia de las manos que hacen diferentes ritmos y melodías. Cien años de Bebo. Un homenaje al padre que vivió desde inicios de la revolución cubana en Suiza y con el cual estuvo décadas sin poder verse y por el cual se fue a vivir a Málaga durante los últimos años de vida del creador del mambo, para darle calidad de vida y cuido. Uno barrunta que este danzón es la reminiscencia de aquella melodía que Chucho escuchaba de niño, y que luego recompuso en un gesto de amor y de fidelidad.

Con Los güiros Ramón Vasquez pasa a tocar el cencerro. Bombalé el chekeré y Yaroldi la congas. Luego se produce un solo de dos chekerés en escena entre Bombalé y Yaroldi. Uno de los momentos en que dialoga con el público ese instrumento africano.

Bombalé y Yaroldi con chekerés

Palo, música de palo, anunciada por el canto de Bombalé. Batá y congas inician el discurso que luego entregan al piano que canta con el bajo. El guije es danza también. Bombalé danza como un ireme abakuá y baja al público y santigua. Sube de nuevo al escenario y entonces los cuatro músicos dicen adiós danzando al ritmo de los chekerés.

El concierto ha sido imponente y ovacionado en varias ocasiones. Los presentes saben que han asistido a una de los más coherentes y complejas asimilaciones de las riquezas de la cultura musical africana a través de la música cubana, paseando por ritmos diferentes, donde no han faltado cantos y danzas, divertimentos y calidez humana, pasión y virtuosismo de parte de cada uno de los músicos. Chucho Valdés no solamente es grande de estatura, su música es tan grande como la sombra del propio Chucho con la Luna a la espalda en una pradera entre Ouagadougou y Bobodilasso.

Este concierto es de los más memorables que han ocurrido, probablemente en los últimos años de DR Jazz Festival, y quizás el mejor de todas las veces que ha estado en el evento Chucho Valdés, esta vez en un formato más reducido, sin batería, solo con percusiones africanas, bajo y piano. Un verdadero regreso a la semilla.

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