Carlos Vives es el artista colombiano que abrió camino internacionalmente al vallenato y su apego a las raíces de su tierra, Colombia, le han permitido crear este su décimo cuarto álbum musical que ha titulado Cumbiana, distribuido por Sony Music Latin.

Esta vez Vives parece explorar los orígenes de la cumbia, con diez canciones que disparan buenas energías en algunas de las fusiones, pero no siempre, y se esmera con piedra de esmeril en el reggaetón como herramienta que llega a erosionar seriamente el discurso del álbum.

Soy admirador de la obra del artista colombiano, de sus intereses antropológicos en la indagación de las raíces de los distintos pueblos de Colombia. Sobre todo sus logros con el vallenato le tienen garantizado un sitio cimero en la música colombiana y latinoamericana. Y si el vallenato es narración, es historia, es magia de la oralidad hecha música, novela y fiesta, la cumbia es baile, es danza, es ritmo, es frenética disposición al festejo de la vida, aunque también tenga ese ímpetu narrativo afín a la cultura colombiana; mas nunca llega a ser tan garcíamarquiana como el vallenato.

Con Cumbiana, Carlos Vives pretende hacer lo mismo que hizo con el vallenato al fusionarlo con rock y pop en el 93. Pero fusionar con reggaetón no creo que sea tan esperanzador. Estos tiempos son demasiado diferentes a los de entonces. Sobre todo por la pobreza del reggaetón como estructura rítmica, por su monotonía. Faltó a mi entender sutileza, pericia en la alquimia, mesura.

Conozco las intenciones del ganador de dos Grammy Awards y 14 Grammy Latinos: tratar de permanecer en las nuevas generaciones, cuyos códigos son diferentes a las generaciones que lo vimos crecer y triunfar, desde que era actor de telenovelas y películas, hasta imponerse internacionalmente con Clásicos de provincia, un disco que venía gestándose con sus dos anteriores acercamientos a la obra de Rafael Escalona, y que está sembrado en las listas musicales de lo mejor hecho en la segunda mitad del siglo XX.

Defiendo de Cumbiana los primeros temas. Esto a pesar de que el primer sonido que se escucha del disco no es el ritmo de la cumbia precisamente, sino el ritmo del reggaetón. Hechicera, con Jessie Reyez, es una especie de reggaetumbia, que da la señal de alerta sobre lo que viene, aunque no lo creas. Aquí es, sin embargo, donde tal vez esté mejor lograda la fusión de la cumbia con el reggaetón, que vuelve a hacerse evidente más adelante.

El segundo tema No te vayas (acumula más de 20 millones de vista en Youtube) es de lo mejor, porque es donde más es Carlos Vives. A pesar del reggaetón como base rítmica. Aquí la melodía es más pegajosa, la cumbia es más cumbia, los colores son más vívidos, y hasta lo de rap que tiene entra en el asopao de manera coherente.

Le sigue For sale, a dúo con Alejandro Sanz, otro de los éxitos indiscutibles de la producción (a dos días de estrenado el video clip acumula casi seis millones de visualizaciones), un reggaetón pop que avanza con trasfondos de cumbia, pop, flamenco, pero sobre todo reggaetón y alguna ñapita de rap -incluida la estrofa con esdrújulas, que es algo viejo, pero que siempre demuestra la capacidad de rimar con mejor o peor dominio del lenguaje y el sentido del decir, a quienes lo hacen- saliendo muy airosos en este caso.

El Hilo, con la colaboración de Ziggy Marley (el hijo mayor de Bob Marley) y Elkin Robinson un músico del Caribe colombiano, de la isla de Providencia, hace una pegajosa canción con mezcla obligada del reggae, con el reggaetón y puede que una pizca de trap. Aquí lo caribeño esencial logra sacar la cabeza por encima de la base rítmica del dembow.

Canción para Rubén, con el panameño Rubén Blades, arranca en claro con la cumbia, y luego esparce buenas dosis de salsa, de tamborito y de mejorana. Este por mucho parece ser el tema más logrado y el mas genuino, más allá de la participación de Rubén Blades. Es, además, una declaración de principios. Un recordatorio del viaje a la semilla. Una autocrítica que se hace sin querer el propio Carlos Vives.

El álbum comienza a decaer enseguida después de la Canción de Rubén, que es de lo mejor del disco y está colocada en el mismo centro, como dividiendo un antes y un después. Desde los long plays, la posición 4ta o 5ta en los tracks es la central, el corazón de la producción. Casi siempre un disco está compuesto por tres o cuatro buenas canciones y las demás sustentan las mejores. Sin embargo, un tema nunca debe ser una bisagra o un muro que divida el álbum hasta parecer dos producciones distintas. Porque ahora la cosa comienza a tornarse más cruda.

Eso sucede debido a la persistencia desenfrenada, y poco creativa en general, de la percusión reggaetonera como colchón. Vitamina en rama, que ya es un tema menor, manda reggaetón, aunque también hay más empaste en la presencia de la cumbia. No obstante ya aquí me pierdo en Cumbiana. Para mí el disco acaba aquí.

Los Consejos del difunto es un tema muy menor, forzado en el repertorio y el estilo de Carlos Vives, del cual bien pudo prescindir.

Mejora algo, pero no del todo con Rapsodia en La Mayor. Porque el disco no logra volver a levantar. Tal parece que Vives en busca de gustar a las nuevas generaciones, pierde contacto con las generaciones que lo han sustentado y de paso consigo mismo. Llega un momento en que piensas que crees estar escuchando un disco de Ozuna sin Ozuna.

En Cumbiana, que le da título al álbum, Vives canta en el minuto 1:40: «Diré te quiero, diré te amo, diré te espero, ¿y tú qué dirás?», que se convierte en un homenaje a Shakira específicamente a su tema Hips don’t lie, cuando canta: «Como se llama (si), bonita (si), mi casa (si, Shakira Shakira), su casa… Shakira, Shakira». Homenaje que ya se hace más evidente cuando Vives canta en su Cumbiana, hacia el minuto 2:06 «Te amo, quereme, sentame contigo, y contame, tu pena, Cumbiana». El tema avanza y retrocede en su ritmo. Definitivamente no es para bailar. Tampoco es que sea mucho para escuchar. Lo mejor del tema puede que sea el título.

Zhigonezhi es una obra descolgada del resto del álbum. Su autor es Ernesto ‘Teto’ Ocampo. La palabra Zhigonezhi significa básicamente «ayudémonos» en lengua Kagaba (de la etnia Kogui, una de las tres que habitan la Sierra Nevada en Colombia), donde también significa que los Mamos (conocedores, sabios) de la Sierra Nevada pueden ayudar a que los no indígenas -a quienes ellos llaman hermanos menores-, tomen conciencia del daño que le hacen al entorno en que viven, que aprendan a respetar y proteger a la naturaleza.

En Zhigonezhi Carlos Vives no participa, ni como cantante, ni como arreglista. Es un tema de laboratorio, una magnífica obra, donde los elementos electrónicos ayudan a comunicar, a recrear la magia de la creación y la naturaleza. La veo como la introducción de una obra mayor, de una sinfonía que pudiera ser ella misma un álbum.

Pero tampoco veo el tema como parte de Cumbiana el álbum que para mí cerró hace rato, en buena lid con Canción para Rubén, que dice lo mismo que he dicho hasta aquí sobre el disco, pero con otras delicadezas, porque se las dice el propio Carlos Vives a sí mismo.

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