SD. Hay un repunte de la vida teatral del paìs que comienza a ser interesante, sobre todo con la aparición de la modalidad de micro teatro.

Las agrupaciones teatrales que se mantienen en el paìs no son muchas, tampoco los espacios teatrales. La dinámica de buscar obras no muy costosas, que permitan armar un grupo, casi siempre pequeño, para una producción puntual, no es una mala práctica. Y luego, los actores van de aquí a allá sin problemas. Los mejores, que son como siempre pocos, tienen trabajo más o menos siempre. Aunque lo que ganan es tan lamentable, que da vergüenza decirlo.

¿Es el teatro un arte que debemos tirar al zafacón? ¿Cuál es la necesidad de la existencia del teatro? El teatro es un espejo, es el arte de vernos a nosotros mismos representados en personajes, escenas, sucesos y cuestionamientos que nos obligan a reflexionar sobre nuestra propia existencia y nuestras actitudes.

El arte escénico por antonomasia, es parte de las industrias culturales que más deberían aportar al PIB. Solo que hay que crearle condiciones para ello. Hacerle crecer en importancia, facilitarle vías de supervivencia de manera digna y hacer que las fuerzas productivas se desarrollen. Sino, ¿por qué la importancia de los teatros en Moscú, Brodway o París? Pero también en Buenos Aires, México y Bogotá. Todo porque son resultado de políticas culturales que han propiciado el desarrollo del teatro hasta convertirlo en industrias que aporten al desarrollo económico del país.

En República Dominicana los amantes del teatro -que no son tan pocos como algunos pudieran suponer-, tienen que contentarse con obras casi siempre extranjeras, clásicos en el caso de los dramas, y comedias muy actuales, tanto de autores de otros países como dominicanos, que en ocasiones pasan por ser sketches.

Sin embargo hay una larga tradición de dramaturgos en República Dominicana después del estandarte puesto por Cristobal de Llerena considerado el primer dramaturgo de esta isla y de América, debido a un entremés que escribiera en 1578, con motivo del Corpus Christi. Y también con el hálito que insufló en esta tierra en la cual estuvo en un monasterio, Tirso de Molina (1583-1648), uno de los más importantes dramaturgos españoles del llamado Siglo de Oro.

El padre de la Patria Juan Pablo Duarte, Pedro Alejandro Pina y José María Serra, fundadores de La Trinitaria en 1838, incursionaron en el teatro y el poeta Félix María del Monte es considerado el precursor del drama en República Dominicana. También hay que mencionar entre los pioneros a Rafael Alfredo Deligne, a Virginia Elena Ortea, considerada la primera autora teatral dominicana, quien junto a José Ramón López, compuso la zarzuela Las feministas, estrenada en Puerto Plata con artistas aficionados. Del mismo modo hay que mencionar a Francisco Gregorio Billini, quien escribió cuatro obras de teatro; Arturo Pellerano Castro, también autor de cuatro obras y Rafael Damirón, autor de siete obras teatrales.

Otros autores que dejan una huella en la dramaturgia dominicana fueron Federico Henríquez y Carvajal, Manuel de Jesús Rodríguez Montaño, José Joaquín Pérez, Américo Lugo, Manuel de Jesús Javier García, Javier Angulo Guridi, José Audilio Santana, José Francisco Pellerano, Rafael Octavio Galán, Tulio Manuel Cestero, Félix María Pérez Sánchez, Renato D’ Soto, César Nicolás Penson, Cristóbal Díaz, Manuel de Jesús Rodríguez Montaño,entre otros.

En la primera mitad del siglo XX existían géneros teatrales que han ido desapareciendo: en el llamado teatro bufo los sainetes, zarzuelas, parodias, que a su vez eran nietas de la opereta francesa, venían de las islas cercanas muchas veces a bordo de barcazas que dibujaban un crochet muy fino en el Caribe, y algunas veces se producían aquí. Pero eso quedó en la arqueología teatral.

Los stand up comedy y los shows humorísticos han sido los que han tomado esos espacios. Y el teatro musical, caso aparte, quizás el más decantado de los géneros teatrales que se ha logrado poner en la escena dominicana. Aunque de unos años a esta parte y con la falta de los patrocinios que antes se movían, desde tiempos de  Grease producido por la inolvidable Nuryn Sanlley, pionera en este tipo de montajes, hasta Les Miserables, La bella y la bestia, Victor Victoria, Chicago, Rent, Hairspray, El Violinista en el tejado, El beso de la mujer araña, pasando por Annie, Evita, Godspell, Legally Blonde, el musical, y muchos más, producidos por Amaury Sánchez, Luichy Guzmán, Carolina Rivas, Guillermo Cordero, Haffet Saba o José Rafael Reyes, han tenido que acudir a un musical más reducido en cuanto a costos de producción, que se presenta en salas pequeñas de los moles, sin orquesta en vivo, pero con calidad actoral y de escenografía, vestuario, maquillaje, etc.

La calidad excelente de la pléyade de actores dominicanos del teatro, y la lamentable situación salarial y de reconocimiento en que se encuentran, recuerdan a aquellas soldaderas de la Revolución Mexicana que acompañaban a las tropas de uno y otro lado adonde iban. La necesidad tiene alma pobre. Así, pocas personas saben cuánto ganan un actor o una actriz de primerísimo nivel que se preparan para, por ejemplo, el protagónico de una obra durante seis meses, que luego subirá a escena apenas dos fines de semana… con suerte.

De ahí la importancia, la necesidad, de que sea aprobada la Ley de Mecenazgo que permitiría a las empresas apoyar el teatro con parte de lo que tienen que aportar al fisco, como se ha logrado con la Ley de Cine.

El teatro dominicano se restringe a unos cuantos pocos «locos» apasionados por la actuación, con una Academia de Drama cayéndose a pedazos y algunas escuelas privadas donde se han ido formando los actores y actrices que conforman hoy las tropas de Teatro Guloya, Teatro Las Máscaras, Teatro Gayumba, Teatro Alternativo de Lorena Oliva, Teatro Cúcara Mácara, y algunos pocos más.

Si algo falta en el teatro dominicano, además del apoyo que puede darle la Ley de Mecenazgo, es de escritores. O sea, dramaturgos que asuman la realidad que vivimos. Si nuestra realidad cotidiana con toda su sabrosa riqueza fuera más allá de los sketch y los stand up comedy y las comedias que se ponen, en obras dramáticas que abordasen los conflictos sociales, políticos, culturales y de todo tipo que se presentan en el país, estoy seguro que la gente iría mucho más a los teatros.

Salvo excepciones contadas con los dedos de una mano y sobran la mayoría, Waddys Jácquez es no solo el más creativo y rico en cuanto a fantasía y personajes, de los dramaturgos dominicanos actuales, sino quizás el más osado y aventajado de sus directores, junto a María Castillo. Hay algunos que quieren hacer pasar gato por liebre poniendo obras supuestamente muy experimentales con cánones de los años 50 o 60, cosas que ya pasaron de moda hace mucho. Algunos siguen queriendo imponer como nuevas cosas -sobre todo en las puestas en escena- que lo fueron en los 50 y 60, o de los 80 y 90.

Algo que también ha faltado es la crítica, sistemática y profunda, comprometida con la estética y no con nombres. Y ha faltado a veces humildad en algunos dramaturgos. Recuerdo una ocasión en que escribí una critica exponiendo mi punto de vista sobre una puesta en escena que hac+ia un director que admiro por su lealtad al teatro, su pasión y su humildad, lo cual contrastó con la mediocre reacción de un reconocido dramaturgo dominicano, que saltó a ofenderme a través de las redes porque yo había osado criticar su laureada obra. Desde entonces deja de respetarlo como intelectual y me retiré un poco de la cr+itica teatral. Hasta tiempo atrás.

Pero si un imperativo tiene el público dominicano es verse representado en las tablas con problemáticas propias, que le ayuden en el camino de construir un país desarrollado, y en la dura y a veces muy cuesta arriba lucha de mantener la democracia, que es quizás uno de sus valores más sobresalientes.

El Ministerio de Cultura debería atender las demandas de los teatristas que han protestado por mejores condiciones. Acelerar ese proceso es algo justo y necesario.

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