MIAMI. A principios de los años sesenta, Tony trabaja como portero en un club nocturno en la ciudad de Nueva York. Cuando el local tiene que cerrar durante algunos meses para obras de modernización, Tony encuentra empleo temporal como conductor de un brillante pianista afroamericano, Don Shirley. Ambos tendrán que enfrentar una larga gira que durará hasta Navidad y que los llevará a los estados del sur donde la intolerancia racial es lo normal.

Inicialmente, entre Tony y Don hay más fricciones que momentos de armonía, pero como en cualquier película de Buddy Road, las barreras comienzan a caer y comienza a desarrollarse una amistad, con algunos momentos de tensión. Por otro lado, ambos son muy diferentes, Tony es el típico hablador italiano-americano con muy poca educación, versus el refinado, culto e introvertido Don. Son dos mundos que nunca se habrían encontrado de manera espontánea pero que deben buscar una manera de no chocar demasiado.

Basada en una historia real, “Green Book”, la primera producción en solitario de Peter Farrelly (junto con su hermano Bobby han creado títulos conocidos de comedia, como “Loco por Mary” o “Yo, mi otro yo e Irene”) es una agradable sorpresa.

Aprovechando un modelo cinemático establecido y exitoso, Farrelly construye una comedia agradable que funciona de maravillas. Desafortunadamente, el intento de meter la historia con juicios morales sobre el problema racial, entre otras cosas carente de originalidad, podrían perjudicar el resultado. La mayoría de la ironía presentada es rescatada por una elegante narrativa que es en definitiva la marca comercial de buena parte del cine independiente americano. Aunque apoyándose en clichés conocidos del género, la película navega en aguas dramáticas más que en las de comedia.

Esta relación sería la fuerza y la debilidad de la película. La relación entre Ali y Mortesen está escrita en trazos cómicos tan amplios que nos prepara para una visión igualmente reductiva de los peligros una vez que su gira de conciertos se dirige hacia el sur profundo.

No es que Farrelly ignore el horrible apartheid del pasado racista de Estados Unidos, sino que las soluciones a cada problema en el que se encuentran nuestros amigos siempre terminan resolviéndose demasiado fácil.

Sin duda, Farrelly quería mantener su película en un viaje agradable, con la reconciliación racial y la armonía como su tema principal, pero como resultado, siempre sabemos que esto va a funcionar, mitigando así los riesgos. Sin embargo, la historia no deja de tener sus partes aterradoras, y su propio título nos recuerda, constantemente, la naturaleza de lo que estos dos enfrentaron. El libro “Negro Motorist Green Book”, que el gerente de Don le entrega a Tony al comienzo de su viaje, era una guía de lugares en donde los viajeros negros podían comer y dormir en los estados del sur. No fue hasta 1964 que la Ley de Derechos Civiles prohibió la segregación en hoteles y restaurantes que habían requerido tal guía. Eso no fue hace mucho tiempo, y al recordarnos nuestra historia, la película mitiga de alguna manera su simplificación excesiva de los temas. 

El personaje de “Tony Lip”, cuyo verdadero nombre es Frank Anthony Vallelonga, está encarnado por un impecable Viggo Mortesen. Un personaje un tanto más interesante que el del pianista, ya que evoluciona naturalmente a medida que la historia avanza. Un episodio que relata la orientación sexual del protagonista negro arrestado por la policía es sutil y sin prejuicios, provocando la aceptación y comprensión del personaje de “Tony Lip”, confirmado cuando dice que “la vida es complicada, la vida es complicada”. 

“El Libro Verde” es una película que funciona. Debido a que el racismo sigue siendo un tema importante en los Estados Unidos, la historia se siente vigente. Sin embargo, la película se destacaría mejor de la multitud si no usara patrones translúcidos del género de películas de este tipo. En estos patrones se mueve con ligereza y  hace que la fórmula sea obviada.

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