MIAMI. Nunca recordamos el amor en orden, especialmente cuando estamos recordando un romance fallido. Nuestras historias de (des) amor siempre comienzan cerca del final, y luego saltan entre los tiempos que fueron buenos y los que dejaron dolor. Pura naturaleza humana, siempre nos dicen  “empieza por el principio”, pero muy pocas veces recordamos ese exacto momento en que nos enamoramos. Creemos que los sentimientos deben de tener un orden cronológico, pero no es así. 

Es allí donde conocemos a Josué, enamorado de Martina desde niños. La última estrategia de nuestro Romeo moderno es pintar en graffitti su nombre junto con el de su amada. El plan fracasa estrepitosamente. A consecuencias de esto, Martina conoce el amor en otra persona y la vida de Josué se vuelve más complicada. 

La comedia romántica es uno de los géneros más populares del cine. En todo el mundo, las personas se unen para asistir a la historia de parejas que, casi inevitablemente, terminan juntos al final. No importa que la fórmula sea siempre la misma: muchacho conoce a la chica, muchacho pierde a la chica, chico recupera a la chica. Esta clásica – y cansada – estructura es un punto de consuelo para los estudios y los cineastas, que temen atreverse a no correr el riesgo de perder la fórmula y, por consiguiente, mucho dinero. Lo que usualmente hace que una comedia romántica funcione o no es la química entre la pareja. Son raras las películas en las cuales algo adicional se ofrece. “Un cuarto para Josué” es ese balde fresco dentro de un año pesado en el cine dominicano.

El cineasta construye algunas escenas que no sólo funcionan aisladamente, sino que encajan de manera orgánica en la trama, aunque la naturaleza indique que lo contrario ocurrirá. Las mismas, de momento, resultan muy disparatadas pero llenas de credibilidad; la película es una especie de caricatura de la realidad. Muy pocas cosas que aquí vemos pasarían en vida real, pero dentro del universo de Josué, es lo más normal del mundo. Este, por cierto, es uno de los méritos de la dirección de Gabriel Valencia, su director.

Valencia emplea una serie de artificios visuales en su historia, pero ninguno de ellos es gratuito o llama la atención por sí solo. Por el contrario, tienen función definida dentro de un contexto, ayudando a llevar la trama adelante y construyendo identificación entre la pareja y la audiencia. Aunque estamos de parte de Josué, no queremos que termine con Martina, es irónico. Valencia utiliza el recurso de la no linealidad, que además de funcionar para establecer la confusión de las memorias de Josué, todavía permite al director crear algunas rimas visuales interesantes, contraponiendo escenas idénticas en momentos diferentes de los personajes. Es difícil no divertirse cuando el cineasta utiliza cortes de edición para transportarnos a otro momento especial de la vida de nuestro protagonista.

Las actuaciones son lideradas por Iván Aybar como Josué, con quien desde un inicio nos hacemos compinche. Con simpatía, Aybar utiliza su cuerpo para hacernos reír y una que otra palabra de repente. Lo más gracioso de su personaje son las situaciones en la que una y otra vez se ve envuelto. Mi personaje favorito, y poco desarrollado al final, es el de su mejor amiga Lolita (Paloma Valenzuela), quien es tal vez de los personajes secundarios, el que más carga emocional tiene en la película, lidiando con los sentimientos sobre protectores de su madre, con las situaciones amorosas de Josué y siendo el punto de eje emocional de los demás. Valenzuela se desenvuelve con mucha gracia en este importante rol.  

Martina, es protagonizado por Dulcita Lieggi, que está correcta como centro amoroso de la cinta, manteniéndose limitada a un solo tono interpretativo. Siempre es el mismo personaje, no importa si está molesta, o si está triste o incluso enamorada. Jeyson de la Cruz funciona como ente de interés amoroso durante la primera mitad, desapareciendo prácticamente ya para el tercer acto. También vemos apariciones cortas pero extraordinarias (como siempre) de Yasser Michelen y Pepe Sierra. Aun no encuentro, desgraciadamente, el canal youtube del “bacano”. Shailyn Sosa, como la antagonista de nuestro héroe, es efectiva. 

El guión de Dulcita Lieggi, quien también es protagonista, funciona hasta su tercer acto donde cambia drásticamente de tonalidad, dejando a la mayoría del público en desconcierto. Luego de que los dos primeros actos fluyeran de una manera divertida, colorida y fácil, sin transición alguna caemos en un innecesario tono gris que quita parte del buen sabor de la primera mitad. Sus personajes cambian, sus motivos cambian e incluso no da cierre a ninguno de los anteriores, dejando los conflictos a medio camino. 

Lo mismo pasa con la edición, la mayoría de sus transiciones funcionan de una manera orgánica y efectiva, pero hay algunas que quitan el hilo narrativo. Seré puntual, hay una secuencia en la que están en el cine viendo “Pasaje de ida” y en un momento vemos como la transición que se hace a la pantalla nos hace creer que es un mero pensamiento de Josué, cuando es todo lo opuesto, es una continuación de la acción en un presente no lejano. Dicho problema es repetido en dos ocasiones más. Las situaciones de edición son rescatadas por el extraordinario trabajo de fotografía y su muy buen trabajo de luces. 

Una cosa que los hombres aman es instruir a las mujeres. Si una mujer quiere encantar a un hombre, es sabia interpretando a su alumno. Los hombres se enamoran de esto. Y al final creo que es allí de donde radica el interes amoroso de Josué hacia Martina, es un amor sin maldad pero obviamente imposible, y lo sabemos desde un inicio, y nos reimos por ello.

“Un Cuarto de Josué” es una buena comedia que funciona gracias a la muy buena química de sus actores y a un director que sabe lo que hace. Lo que es inesperado es la sinceridad debajo de la modesta presunción de que, sí, el amor duele.

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