Durante poco más de dos meses Jane (Julia Garner) ha sido contratada como asistente de un poderoso magnate de los medios de comunicación y espera subir pronto a un puesto más alto, después de todo, la joven quiere convertirse en productora; día tras día es la primera en llegar y la última en irse, organiza citas para su jefe, ordena la oficina, pide el almuerzo para sus colegas o se ocupa de las cuentas por pagar. Sin embargo, crece su sospecha de que las jóvenes que lleva a la oficina todos los días no sólo son invitadas por su jefe a una entrevista de trabajo, poco a poco, la joven siente que ella también se está convirtiendo en parte de un sistema abusivo cuyas raíces venenosas llegan mucho más profundas de lo que se pensaba inicialmente.

En realidad, Kitty Green, la directora de La asistente, estaba investigando para su próximo documental, que se suponía que iba a revelar la complejidad de la mala conducta sexual en las universidades, cuando el escándalo de los abusos sexuales por parte de varias estrellas de Hollywood llegó a los medios de comunicación en 2017 y el debate #Metoo se perdió en los medios sociales. A partir de ese momento, la australiana supo que su siguiente película ya no sería un documental, sino su primer largometraje, en el que procesaría todas las experiencias que las mujeres habían tenido (y en parte también a ella misma).

Sin embargo, con su debut en el cine, Kitty Green muestra los procesos que hay detrás del sistema autoritario y abusivo de poder, que puede, voluntaria o involuntariamente, convertir a cualquiera en una asistente. No sólo el título revela un doble significado, el nombre de la protagonista no se elige deliberadamente. Como la directora renuncia completamente a denunciar nombres, su protagonista también se convierte en una Jane Doe; un nombre que se utiliza principalmente en los Estados Unidos cuando el verdadero nombre de una persona se desconoce o se oculta intencionadamente. Así, la película habla literalmente de todas las víctimas de explotación y el abuso en el lugar de trabajo. La directora tiene varios de estos pequeños trucos bajo la manga para el espectador, como cuando Jane tira una jeringa, una ilustración casi inadvertida y casual del término “masculinidad tóxica”.

Aunque al principio la película parece ser muy restringida, minimalista y clara, se requiere el más alto nivel de concentración para percibir exactamente esas muchas pequeñas micro-agresiones que Kitty Green ha trabajado en sus imágenes. Desde el primer minuto crea una atmósfera increíblemente restrictiva de opresión progresiva, abuso psicológico sutil y sustitución absoluta en una oficina tan espartana como universal, y aunque el jefe nunca se ve en la pantalla, su presencia está omnipresente de manera notable, no sólo cuando se prepara el batido de proteínas o se eliminan los rastros del último encuentro con una mujer de la oficina, sino también cuando reprende a sus empleados por teléfono.

Y justo en medio de todo esto está Julia Garner (ganadora de un Emmy por Ozark) como una joven mujer increíblemente brillante y terrorífica de manera magistral, revelando su perspectiva y vulnerabilidad y llevando al espectador directamente por las incómodas situaciones. Rara vez ha habido, de manera literal, tanta presión sobre los hombros de una actriz principal, que a menudo sólo se intensifica por el trabajo de cámara si la miras más de una vez.

La asistente es una película muy inteligente, sobre todo porque Jane nunca se convierte en víctima de un asalto sexual. Paradójicamente, la película logra revelar toda la inescrutabilidad de un sistema que da a unas pocas personas tanto poder sobre otras que pueden decidir arbitrariamente su destino. Jane no se libra porque aún quedan algunos mecanismos de protección o defensa intactos, sino simplemente porque no encaja en el tipo de gusto del jefe. Estilísticamente, La asistente prescinde completamente de grandes secuencias, siempre muy cerca de su protagonista, cuyo miedo, rabia y vergüenza reprimidos son capturados de manera impresionante en la pantalla por Julia Garner, la película tiene una calidad casi documental. La sobria exactitud y precisión de las observaciones hacen estremecerse, y en el rigor ineludible de la forma cinematográfica, que no tolera un arrebato ni siquiera hasta el final, hay una inquietante sensación de aislamiento e impotencia, que son el caldo de cultivo del silencio ante las agresiones sexuales y otras formas de abuso de poder.

Cuando ella toma una rosquilla sobrante mientras limpia, sus colegas la miran con recelo y se ve obligada a excusar a la esposa del jefe en en nombre y luego tiene que pedirle disculpas por haber hablado con ella, la película desarrolla un incómodo sentimiento de culpa y falsedad, que se siente frío en el cuello del espectador como poco a poco se va sintiendo Jane. Un «No es tu culpa» y un siguiente «gracias» en una llamada entre mujeres se convierte trágicamente en la cosa más amigable con la que tiene que lidiar esta asistente.

La culpabilidad y la posibilidad de ser despedida se le es revelada a Jane en una conversación con Wilcock el encargado de recursos humanos. Interpretado de manera sobresaliente por Matthew Macfadyen, utilizando su fuerte presencia, convirtiendo estos pocos minutos en un horror psicológico que no podría ser más abrumador, dejándonos sin palabras. Al final, aparte de los destacados actores, La Asistente también ofrece un intenso lenguaje visual, que en realidad es difícil de poner en palabras. Una contribución importante y fuerte, que te deja profundamente afectado y enojado. Una recomendación más que clara.

La Asistente logra hacer palpable físicamente el aislamiento de su protagonista y se convierte así en una reflexión artística sobre una cultura del trabajo en la que toda la humanidad se ha perdido, en la que las exigencias son tan altas que cada uno lucha sólo por sí mismo, y en la que hay asistentes para todo y no se mantienen límites, en definitiva: una cultura que proporciona las posibilidades de abuso y en la que es sólo cuestión de tiempo que alguien las utilice.

 

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