(Fuente externa)

Colaboración especial desde Noruega, de la autora Vanessa Gaardeng-de la Cruz

«El sentido común es el menos común de los sentidos, mi niña», solía decirme Arnaldo, un buen amigo de mi tía, noble y sabio y tierno, con el pelo siempre encaracolado sobre la nuca y una sonrisa beatífica. Y luego me contaba, otra vez, sus planes de irse a vivir a La Habana con su hijo Arnaldito, guitarrista insigne, a quien al parecer Leo Brouwer, después de escucharlo tocar, había prometido una beca.

La última vez que ví a Arnaldo, estaba enfermo; mi tía y yo fuimos a visitarlo una tarde de vientos y le llevamos sopa y algunas medicinas. Él mismo abrió la puerta, envuelto en una cobija, feliz de vernos.

De camino a la salita pasamos por dos cuartos sin puertas; de uno de ellos salía música, y yo no pude evitar mirar: allí estaba Arnaldito, pálido y desgreñado, completamente desnudo, sentado en un orinal, tocando su guitarra.

«Estamos esperando noticias de Leo», me dijo su padre, risueño y ojeroso. «En cualquier momento llama y nos vamos.»

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