El Pensador, de Rodin, una de las más famosas esculturas del mundo (Fuente externa)

MIAMI. Entro a la farmacia a buscar una medicina, veo una revista y me intriga lo que aparece en su primera página: “El lado secreto de los hombres”. Mi obsesión está bien clara desde hace unos años: comprender a los hombres cada día más, ver cómo logro que mi nieta (si es que la tengo) se case con un hombre “nuevo”.

Bastante hemos esperado mi generación y la de mi hija por el “nuevo masculino”, que no acaba de llegar. Las consecuencias de su ausencia también están a la vista: de cada 4 divorcios, 3 los ponen las mujeres (eso dice el artículo).

Que los hombres sienten, no me sorprende. Claro que sienten, ese no es el punto. Lo que crea el conflicto es lo que hacen con lo que sienten. Aunque el colega Josh Coleman, en su libro “The Lazy Husband”, diga que la testosterona es la culpable, porque atenúa los sentimientos en el hombre, una vez más me demuestra el analfabetismo emocional masculino. ¿Dónde deja los millones de años que nuestra sociedad lleva adoctrinando a los hombres para que piensen que deben ser fuertes? Además, parta no sentir miedo ni expresar sus emociones: no tienen permiso para fracasar, ser pobres o poco exitosos. Tamaña mochila le han puesto en los hombros.

Muchos hombres piensan que los ataco, pero no es cierto. Mis mejores amigos son hombres. Creo, al igual que el artículo, que son tremendos amigos, solidarios y leales. Saben escuchar, porque no hablan tanto como las mujeres y cuando lo hacen es muy difícil que cuenten lo que sienten.

Amo a los hombres, pero necesitamos que acaben de dar el salto. Si no sabemos dejar salir lo que sentimos, compartirlo y buscar un hombro para llorar, pagaremos una factura muy alta. Duelos mal resueltos, divorcios, distancia emocional con nuestros seres amados o personas significativas, incapacidad para dejarse proteger en los momentos vulnerables, incapacidad para recibir, ya que solo valoran el dar, el poder, el control, todo esto lleva a los hijos de Adán por el camino equivocado.

Triunfan en lo económico, ganan más que nosotras (aunque hagamos el mismo trabajo), dominan el espacio externo, la política, el poder, el dinero, pero sino superan su impedimento emocional, terminarán solos. Llegan a la vejez y no la aceptan. Sentirse niños, obedecer a los hijos, depender de ellos, perder sus erecciones y el control sobre su ambiente externo, los aniquila, los reduce, los deprime. No están formados para la vida. Cada edad tiene su encanto.

Creo firmemente que ellos son más inseguros de lo que demuestran. Si yo tuviera que tener una erección —y mantenerla—, ser fuerte, no tener miedo, tener dinero, ser exitoso y, como si fuera poco, analfabeto emocional… me mataría. Si además no pudiera decir “te quiero”, ni llorar, ni abrazar a mi hija, ni poder fracasar nunca, me iría para la luna. ¡Qué injustos somos con ellos!

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