Mi hija Estefanía ve en diciembre una serie de películas que le dicen: «llegó la Navidad». Y ahora me invita a disfrutar junto a ella el clásico El milagro en la calle 34, que ocurre en la capital del mundo, Nueva York. Es en Navidad donde más se puede disfrutar esta gran ciudad: el gran árbol en el Rockefeller Center, o las vitrinas de la Quinta Avenida, cuyas tiendas compiten en belleza y creatividad, dejándote extasiada, a pesar del frío y la nieve.

La Navidad es una época de simbolismo, de unión familiar, de comidas relacionadas con las culturas de diferentes países que se mezclan en Estados Unidos, y con la emoción de los niños esperando por Santa Claus o, en el caso de Latinoamérica, por los Reyes Magos. Vivencias que recordamos ligadas a hermosas emociones y grandes creencias, como el nacimiento del niño Jesús.

La película cautiva con un maravilloso Santa Claus, muy diferente a todos los anteriores. Pero ella, que trabaja en la más famosa tienda de regalos para niños, realmente no cree en Santa Claus, y así ha educado a su hija. La inteligente y linda pequeña empieza a dudar sobre lo que su madre afirma, al conocer «el verdadero Santa Claus», que la deja emocionada.

Antoine de Saint Exupery se basó en cómo pensaban y actuaban los adultos para escribir El Principito, desde la óptica de un pequeño príncipe que encuentra a un piloto en medio del desierto, y se hacen amigos.

¿Dónde terminan los sueños y donde comienza la realidad? ¿Es real la realidad? Y una vez más confirmamos la hermosa frase de Antoine de Saint Exupery, en su magistral libro El Principito: «Lo esencial es invisible a los ojos».

La avaricia, las injusticias, la gran ignorancia de los «adultos» en la importancia de «lo que no se ve», gracias a la ceguera de los intereses económicos, la manipulación de la justicia y la falta de abogados, fiscales y jueces íntegros, nos impide volver a mirar con ojos de niños lo que realmente importa.

La lección de esta fabulosa película es que las cosas más importantes de la vida y las relaciones humanas no se ven. ¿Puede usted ver la bondad, la lealtad, el vínculo amoroso, la amistad, la justicia, el amor?

El dinero, el poder y la envidia no llenan nuestra necesidad de compañía, el orgullo de dejar un legado en el mundo, el abrazo de un amigo o de los padres que ya no están con nosotros.

Ya lo dice el poeta: «pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo».

Busque y disfrute esa película. Al final tendrá una sonrisa en la cara y una sensación de plenitud, que no dan las cosas materiales. Entonces, sentirá el milagro de la Navidad. No son regalos caros, ni comidas deliciosas, sino los «codazos» de quienes amamos, ya que ni abrazarnos podemos. Feliz Navidad.

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