Colaboración especial de Leo Silverio para Nota Clave

A propósito de los escritos de Alfonso Quiñones y Samir Saba

 

“Qué tiempos serán lo que vivimos, que hay que defender lo obvio”

(Bertolt Brecht)

Murió George Floyd. No es afroamericano, no es negro ni de color; dejemos de tatuar con marcas sociales o étnicas a la gente. Falleció una persona, en un hecho infausto, que no debió suceder nunca en ninguna parte del mundo ni a ningún ser humano por más negro, blanco, mulato o amarillo que parezca; por más golfo que sea o por más autoridad que se tenga. Dejemos de etiquetar a las personas como si se tratara de parte del ganado de un gran rancho donde hay que separar las vacas lecheras de las cárnicas, las Holstein de las Charolesa.

Porque en un estado de derecho debería de decirse “el negro James” o “el blanco Timothy”. El prejuicio racial, no el racismo, este último, orquestado por el Estado, es una conducta personal infame que hay que parar, que hay que decirle con voz firme: “!Ya basta!” (Stop up!)… y educar desde el hogar, la escuela y la iglesia en valores de igualdad, respeto y diversidad. No somos iguales a nadie, no somos diferentes a nadie. Existimos en un estado social, cultural y político que debe honrar al prójimo como a los demás, porque podemos ser ese “prójimo” o ese “demás” en un abrir y cerrar de ojos.

Un hecho fatal como el ocurrido entre Floyd y su victimario debe mover a la conciencia nacional estadounidense para revisar ciertos patrones en su estilo de vida, como ocurrió con el filme “Atrapados sin salida” (One Flew Over the Cuckoo’s Nest), del cineasta Milos Forman, que obligó al sistema sanitario siquiátrico a examinar sus protocolos de atención a pacientes con patologías neurasténicas. Bajo ninguna circunstancia debe convertirse “el caso Floyd” en un odio visceral para arrasar con la historia norteamericana, extirpando tumefacciones raciales, sin esos pólipos sociales, no habría cronología posible.

Explico más claro a que me refiero. La plataforma HBOMax que ofrece servicios audiovisuales en línea, sacó de su catálogo de cine clásico “Lo que el viento se llevó”, del director Victor Fleming, alegando que es una película con marcados matices racistas que debe ser engavetada. Por supuesto, la presión viene desde afuera, de grupos “liberales” que se creen con derecho a opinar de todo y por todos (todópatas). La cinta de 1939 está basada en la novela homónima de la escritora sureña Margaret Mitchell que fue publicada tres años antes.

Así como se prohibió el largometraje, sospecho que los originales del texto serán quemados con todas las publicaciones posibles en una pira donde los testigos, embriagados de un triunfo banal, brindarán con chocolate y galletas de jengibre, sin darse cuenta que están provocando una entropía cultural que en nada ayuda a resolver el problema planteado, los prejuicios raciales en la patria del Tío Tom que datan del mismo origen del gigante del norte.

Porque de ser este el propósito, descalificar o enterrar todo lo que huela a racismo en Estados Unidos, en una nueva Era de caza de brujas (imagino al senador Douglas McArthur, al actor Ronald Reagan, al abogado Richard Nixon y al jefe de la CIA John E. Hoover sonriendo de buenas ganas, mientras juegan una partida de póker, “¡Lo logramos, al fin, lo logramos, caballeros!”), muchos acontecimientos y personajes emblemáticos se irían por la cuneta, y no muy limpios de excrementos y otras impurezas propias de la historia. George Washington, el padre de la patria norteamericana, tenía esclavos aún siendo presidente de la nación. No olvidemos tampoco que esos patriotas, incluyendo a Washington, masacraron a los nativos americanos (indios), confinándolos a reservaciones, que no dejaba de ser otra forma de esclavitud.

Thomas Jefferson, un polímata, una de las mentes más encandiladas del continente Americano, redactor de la Declaración de Independencia y de cuantas normas de conducta y de urbanidad uno pueda imaginar, era dueño y amo de más de cinco mil esclavos. Y cuentan sus detractores, que en las noches de intenso calor en su plantación de Monticello, salía de su cama e iba en busca de frescura en otros lechos, obligando a sus esclavas a estar con él así estuvieran casadas. ¿Y quién se atreve a negar la grandeza de Washington o Jefferson en la construcción del país más poderoso del mundo?

De seguir esta tendencia moralista, casi teocrática, toda la cultura confederada deberá suprimirse, borrarse y arrojarse al olvido, absolutamente toda. La comida Cajún, la barbacoa y la criolla, caracterizadas por sus fuertes sabores y picantes, con influencias de los negros esclavos de Luisiana y Misisipi dejarían de existir, pues recuerda los sufrimientos de gente inocente que fue secuestrada en África para venir a América a trabajos forzosos. Las construcciones de estilos neoclásico y georgiano, verdaderas joyas de la arquitectura sureña, pero recuerdos de los crueles plantadores, deberán ser derribadas cuanto antes.
Los géneros musicales como el ragtime, el jazz, el soul o el blues, embadurnados por la melancolía de los grilletes y las cadenas, por las crónicas de reclamo y dolor de los negros oprimidos tendrían que ser eliminados ipso facto. La música de Dexter Gordon, Charles Mingus, Charlie Parker, Little Walter o BB King, tendrían que dejar de sonar, se grabaron con empresas disqueras de blancos, y fueron éstos, los productores, los más lucrados con el sudor negro.

La literatura de William Faulkner, Truman Capote (su novela A sangre fría fue llevada al cine), Mark Twain y su aclamada obra literaria Las aventuras Tom Sawyer, así como los libretos de teatro de Tennessee Williams serían censuradas por su origen sureño, y peor aún, por ser sus autores blancos. Seguro algún aguzado especialista encontrará visos de racismo en sus obras, y por ello, recomendaría la hoguera ardiente. Zora Neale Hurston, escritora negra, segregacionista, republicana y ajena al comunismo, sería enjuiciada y castigada por su proximidad a un pensamiento pesimista, casi blanco. Ella decía que la cultura blanca se engulliría la afroamericana hasta borrarla.

Yo quiero exponer otras obras que deberían, de acuerdo a su contenido racista, ser vedadas. Por ejemplo, el filme “¿Sabes quién viene a cenar?”, de Stanley Kramer que enfrenta a una hija contra sus padres porque su prometido (Sidney Poitier), es negro. Ella, profesional y progresista, y su novio, en iguales condiciones que ella, no creen que casarse sea problemas, sin embargo, ellos saben que la segregación existe. “Ragtime”, de Milos Forman, muestra como un músico negro que ha alcanzado cierta fama y fortuna es provocado por un grupo de blancos, que al parecer molestos por los logros del negro, deciden poner un poco de estiércol en el carro del artista, este, molesto provoca una trifulca y la autoridad sin mediar palabras, lo acribilla a tiros en la casa de su novia.
“En un lugar del corazón”, de Robert Benton, cuenta como una mujer blanca que queda viuda se vale de un empleado negro (Danny Glover), para salvar su plantación de algodón, los granjeros se molestan y lastiman gravemente al hombre negro por darle instrucciones a su ama de cómo vender el algodón y obtener más ganancias. “El color púrpura”, de Steven Spielberg, basada en la novela de Alice Walker, que narra la historia de una mujer negra maltratada por su marido negro, pero que por su posición económica se cree superior a ella. “Hotel Rwanda”, de Terry George, que muestra las luchas intestinas del poder militar y político en Rwanda a través de dos grupos tribales, hutus y tutsis. Ambos filmes denotan que la lucha racial no siempre es entre blancos y negros. “Raíces” (Roots), la famosa miniserie ABC de 1977, basada en la novela de Alex Haley, que dejó a millones de televidentes en casa para verla; donde LeVar Burton, como Kunta Kinte, muestra los sufrimientos del negro africano en América y sus deseos de liberación… La miniserie es un retrato del sufrido desarrollo del negro en tierras norteamericanas.

Pero hay muchas más cintas cinematográficas que deberían ser sacadas de los catálogos “on demand” por su supuesta carga racista, por ejemplo: “Hurricane Carter”, acerca de la vida personal y profesional del boxeador Rubin Carter. Desde muy joven fue perseguido por la policía de New Jersey y castigado una y otra vez, en muchos casos, por ser negro. “En el calor de la noche”, sobre los prejuicios entre dos policías, el primero blanco, que cree que su colega bruno no le puede ayudar a aclarar un crimen por el color de su piel. “La historia de un soldado”, acerca de los abusos de un sargento negro contra sus subalternos negros. Él entendía que solo algunos negros, incluyéndolo a él, servían para pertenecer al ejército. Los tres filmes son del director canadiense Norman Jewison… colocamos en esta lista también: “Al maestro, con cariño”, de James Clavell, «Doce años de esclavitud», de Steve McQueen; y más recientemente, “Criadas y señoras” (The help), de Tate Taylor de 2014, acerca del maltrato de la servidumbre negra en los años 60s en el caucásico sur; y de 2018, “Una amistad sin fronteras” (Green book), de Peter Farrelly.

Todo esto sin contar que los huesos de David Wark Griffith, el padre del cine norteamericano, deben estar revolviéndose en su ataúd luego de que sus filmes “El nacimiento de una nación”, de 1915 e “Intolerancia”, de 1916 crearan ronchas y controversias en la sociedad conservadora de ese momento que lo acusó de cualquier cosa. Sospecho que ahora estará nueva vez en la lista para ir al patíbulo. Seguro alguien pedirá que se le niegue todo reconocimiento o mérito anterior, y que sus filmes, sirvan de combustible para alimentar la fogata popular.

“El Nacimiento de una nación”, es un manifiesto social y político de sus raíces sureñas frente al negro americano; e “Intolerancia”, un complejo drama contado en cuatro frescos que daban cuenta de su nivel artístico y de experimentación audiovisual; es una respuesta a sus censuradores que no supieron valorar otros aspectos estéticos en sus filmes, más que los tintes racistas. Ambas películas, veneradas por críticos y directores independientes por su atrevimiento en la fotografía alejada del teatro, por su apuesta al manejo del tiempo a través del montaje, y por los movimientos de cámaras que le conferían agilidad a las historias, ahora no valen nada, según los fogoneros. En 1919 fundó junto a Chaplin, Fairbanks, Pickford la compañía cinematográfica Artistas Unidos (United Artists) para salvaguardar sus intereses económicos y artísticos.

Decapitar estatuas, destrozar plazas o cambiar el nombre de calles o avenidas con grupos de circos romanos postmodernos celebrando triunfos ajenos, no resolverá el problema, pues no es en los bloques de cementos o en los letreros que está la situación; todos esos pensamientos confusos están en la cabeza de la gente, y es éste comportamiento atroz y estúpido de sentirse superior a otros por color de piel, dinero, posición social o política, lo que se debe cambiar a partir de educar a las generaciones presentes para que sucesos lamentables como el de George Floyd no vuelvan a repetirse nunca más. Por lo demás, dejemos al cine tranquilo, las películas no podrán ser incineradas jamás, las mejores, están en nuestras cabezas y corazones.

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