Rita Machado, mi madre y algunos de los niños del circulo infantil

Este domingo es también 9 de mayo y Día de las Madres, como aquel en que dejaste de estar físicamente entre nosotros.

Hoy hace 23 años de tu partida: 8, 395 días sin ti, madre mía. Lo cual significan 201, 480 horas de tu eternidad. Unos 12,088,800 minutos en que dejaste de respirar y tu espíritu se fue con Dios. Porque yo sé que estás allí.

Carlos y yo tomados cada uno de una mano. Yo a tu izquierda y Carlos Alberto a tu diestra. La doctora pronunció que ya habías fallecido.

Menos mal que no has visto (¿o sí?) en qué se ha convertido tu casa, ni tu país. De las últimas cosas que me dijiste fue que nunca me fuera de Cuba. Pero ya me había ido. Era demasiado lo que sabía. Y tú, como mi padre, murieron en esa ardiente miseria en la que la mayoría de los cubanos han muerto en estos 62 años.

La casa de mis padres, sin techo y en ruinas en el edificio Caymari, de Manzanillo, una joya de la arquitectura local, abandonado por quienes deberían propiciar la salvación del inmueble en la ciudad

Pero yo sabía cuánto de vacío había en todo aquello. Desde que nací, en 1959, el año que Fidel tomó a Cuba para sí, nos prometió abundancia, desarrollo, felicidad. Sesenta y dos años después, el país sigue hundido en la miseria, bloqueado por quienes lo dirigen, que se escudan en un bloqueo externo que ojalá el interno fuese como aquel, pues solo en marzo de este año, el 74% de lo comprado en el exterior fue a los Estados Unidos.

Aquel 9 de mayo de 1998, lo último que me pediste fue helado. El estómago te ardía. El cáncer obligó que en esos últimos días hubiese que ponerte morfina. Yo tenía 120 dólares que José Carrillo, un compañero de trabajo, me había regalado a nombre de un manager japonés de Grandes Ligas, que vivía en México. Que ni entonces ni ahora se puede soñar con un entierro digno. Porque si no hay dignidad para los vivos, mucho menos la hay para los muertos.

Esos 120 dólares eran un tesoro para poder afrontar tu entierro. Yo salí por todo Manzanillo, la ciudad al sureste de Cuba, a dar todo aquel dinero aunque fuese por una sola bola de helado. Como a las dos horas alguien me alcanzó: «Oye, que vayas para tu casa, que Rita está agonizando».

Mami, los niños de la foto del círculo infantil donde eras educadora, ya son hombres y mujeres. Imagino que muchos debieron tomar igual rumbo que yo. Tu rostro solamente refleja tristeza en esa foto. Y eso que estabas rodeada de esos bebés a los cuales amaste tanto. A veces he encontrado alguno que me ha hablado de ti, de tu cariño y tus enseñanzas. La tía Rita, te decían.

Te cuento que en este país donde vivo el Día de las Madres se celebra el último domingo de mayo, lo cual me da la ventaja de celebrar tu vida y tu amor doblemente.

También te cuento que mi hermano Carlos -así como mis primas Laura y Lina- vive en Miami, hace ubers, tiene un hijo que se llama como él, y que tienes otro nieto que tampoco conoces y que se llama como yo. Otra noticia: tienes una biznieta que se llama Camila y todavía no comprende que yo sea su abuelo y que si estuvieses viva, con 83 años, seguramente estarías aquí, conmigo, donde tengo una nueva esposa y una nueva familia, que puede creer que muchas cosas de las que cuento aquí, me las inventé. Pero tú y yo sabemos que todo lo que digo es verdad. Tu casa solo existe en mi memoria, así como tu sonrisa, tu olor, tus comidas, tu amor. Mi país tampoco existe, no más que en el recuerdo. La Cuba nuestra ya no está. Solo me quedan mis primas Ileana y Sandra, que van sobreviviendo con sus familias en La Habana. Y mis tíos y tías y primos en Banes y Estados Unidos.

Allá contigo están abuela Margot, abuelo David, mis tíos Tata, Machín y Esperanza. Ahora tengo más edad que la que tú tenías cuando te dejamos en el cementerio de Manzanillo y comenzó esta ausencia tuya a la que nunca me acostumbro.

Hace 23 mayos que me faltas y ya ni recuerdo cuántos poemas te he escrito a ti y a papi. Sé que en la Gloria están juntos.

Ah, ¿te acuerdas cuando yo iba a catecismo a los 9 años, haciendo zig zag por las calles y entraba por detrás de la Iglesia de la Santísima Concepción, para que no me vieran? Ahora madre mía, no me da miedo ni vergüenza decir que creo en Dios. Algo que aquel país también me negó.

Tu muerte, y la de papi siete meses antes que tú, me devolvieron a la fe. Gracias a Dios que puedo decirte estas cosas. Porque sé que algún día nos reencontraremos donde él. Y seremos felices toda la eternidad. Porque la vida verdadera es aquella.

Este mundo, en otro siglo, madre mía, es muy distinto a aquellos años en que viviste. El desarrollo tecnológico ha traído, paradójicamente, mucha deshumanización y mucha incultura. Igual te sentirías muy mal en él. El planeta entero lleva un año de encierro y de limitaciones por una pandemia de un coronavirus, que es como un equipo de pelota compuesto por muchos virus a la vez, en un ataque despiadado que se ha llevado millones de almas.

Madre mía, hace 23 vidas que me faltas. Cada día estás en mis oraciones y en mi memoria.

Aquí les dejo, a ti y a papi, este poema que les escribí hace dos años:

EQUILIBRIOS

La noche que murió mi padre yo dormía
Y alguien tocó a mi puerta a las tres de la madrugada.
El día que murió mi madre yo sostenía
Su mano y vi cómo se apagaba.

El nunca que murió mi esperanza de verlos
Cuando yo me vaya, me sostiene a ambos
Fijos en la memoria, atentos cuanto hago,
Vigilantes, como si el pétalo de una rosa
Más bien el borde del pétalo de una rosa
Al chocar con la luz fuese
Suficiente peligro para desatar
El fin del mundo.

(2019)

Mami, sé que Dios te tiene en la Gloria, sin cáncer, sin quemaduras, sin sufrimientos, sin preocupaciones, sin miserias. Y sé también que todo esto que te he contado, ha sido para mí mismo, para pasar suavemente sobre la tristeza de este otro Día de las Madres en que me faltas, porque tú lo sabes todo.

Dale un beso a papi, a los abuelos y a los tíos. Pero sobre todo, dale un beso a Dios de mi parte. El mismo que te mando a ti, madre mía que estás en mi esperanza.

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