Hotel Plaza, Manzanillo, circe 1920 (Fuente externa)

Los apuntes del Archivo Histórico Municipal de la ciudad de Manzanillo, en el oriente de la vecina isla de Cuba, dan cuenta de la ocurrencia de la pandemia de gripe de 1918 llamada ‘gripe española’, en la que un nuevo virus de la gripe A(H1N1) se propagó rápidamente en tres olas pandémicas entre 1918-1919, perdiendo la vida más de 50 millones de personas en el mundo.

La gripe española fue tan fuerte que las pérdidas humanas fueron una cifra superior al número de muertes asociadas con la Primera Guerra Mundial. Un siglo después, la gripe española es un claro recordatorio del impacto en la salud pública que este patógeno sigue ejerciendo sobre la población mundial.

El archivo de la ciudad oriental cubana da cuenta que la primera muerte ocurrida por la pandemia fue el 6 de octubre de 1918, y el día de más alta mortandad fue el 1 de noviembre en que fallecieron 12 personas. En enero del 1019 se reportaron solamente seis bajas.

Uno de los paseos del Parque Céspedes, de Manzanillo (Fuente externa)

Además de los médicos de la ciudad, con el más veterano de todos, el Dr. Francisco Codina Polanco, que estuvo al servicio hasta el último infectado, llegaron médicos De Santiago de Cuba y de La Habana, a ayudar a combatir la pandemia.

Los hombres pudientes de la ciudad, los munícipes de buena voluntad, incluyendo militares, la iglesia, empresarios, intelectuales, periodistas, dejaron un legado de ejemplar altruismo al servir a los más pobres. Así lo asegura el apunte:

«1918.- Desde el 10 de Octubre comenzó a notarse en esta ciudad el rápido y alarmante desarrollo de la epidemia llamada “gripe”, desconocida por la ciencia médica, según declaración del propio Director de Sanidad de la República, Dr. Guiteras, que nos visitó en aquellos días de tribulación. Un verdadero pánico se apoderó de todos los ánimos; pero los más resueltos comenzaron pronto a reaccionar y crearon una Comisión de Beneficencia, que surgió como filial de la Liga de Fomento, altruista agrupación que comenzó por nombrar subcomisiones que actuaron directamente en los barrios urbanos y rurales, visitando las casas para conocer el número de enfermos y llevarles asistencia médica, medicinas y dietas en efectivo, al mismo tiempo que trataban de impedir que los agentes infecciosos se propagasen, para contener en lo que fuese posible, su acción mortífera, y
gracias al esfuerzo generoso de aquellos hombres, no murieron en la soledad y en el abandono los atacados de la epidemia, en las casas más pobres y desamparadas de nuestra población».

El apunte menciona los nombres de las personas que encabezaron por mandato del alcalde de la ciudad los operativos: «Las Subcomisiones estaban presididas por el capitán Luís Álvarez Ferrer, que no tuvo momento de descanso, secundado por hombres de buena voluntad, como Monseñor Francisco Acevedo y los Srs. Miguel Muñíz Pla, Isidro Quiroga, Antonio García Avello, José Montejo, Francisco Núñez, Casimiro Gutiérrez, Francisco Rodríguez Mojena, Enrique Roca, Miguel Galliano Cancio, José Peluzzo, Emilio Pérez, José Rodríguez Bermejo, Maximiliano Díaz, Dr. César Saiz, Pedro Lavernis, Evelio Rodríguez, Justo Fajardo, José Armando Guerra, Evangelista Cabrales, Miguel Pérez, Eduardo Moreno Coll, Celestino Suárez, Dr. Ladislao Martínez, Ramón Escobar, Gabriel López, Idelfonso de la Presilla, etc».

Otra área del parque Céspedes, de Manzanillo (Fuente externa)

«Según datos tomados en la oficina de Sanidad, la mortalidad llegó a ser de doce personas, el día de mayor recrudecimiento. Nuestros médicos cumplieron con su deber, todos, lo mismo los residentes aquí que los que vinieron de Santiago de Cuba y de la Habana, entre ellos los doctores Miguel Pérez Montoya, Eligio Tibeau, José Neira, Manuel Andoux (delegado de Beneficencia) Rafael Orellana y Amado León. Y merece especial mención el más viejo de todos, Dr. Francisco Codina Polanco, que no descansó, puede decirse, mientras hubo un atacado que asistir. Los Drs. Delio Núñez Mesa, Ciro León Morodo, Ernesto García Agreda, Marcos Boronat, fueron de los primeros en sufrir los ataques de la epidemia reinante», lo mismo que ha sido una constante en la actual pandemia del Covid 19, los galenos de primera línea también sufren y en cientos de casos les ha costado la vida.

«Llegó a establecerse una verdadera cruzada contra el ataque mortífero de aquella extraña enfermedad, y por la actividad desarrollada desde los primeros días, no faltó lo indispensable en los hogares menesterosos, azotados por la plaga. Grupos de altruistas ciudadanos supieron afrontar aquella situación de prueba y convertidos en misioneros de la caridad, penetraron hasta el más humilde tugurio en busca de enfermos y necesidades que remediar: Fue aquel un movimiento de espontánea y magnífica grandeza humana: dinero, esfuerzos personales y sobre todo, noble testimonio de altruismo puro», expone el apunte de la Alcaldía.

Acerca de las recaudaciones ha quedado registrado que las personas más acaudaladas de la ciudad enseguida apoyaron de esta manera: «En la primera reunión efectuada para levantar fondos, encabezaron la lista con $500.00 los Srs. Walterio Bertot, Vázquez y Cía. , Sucesión de Juan Ramírez Romagosa y Godwall Maceo y Cía. ; aportando también valiosos donativos los Srs. Manuel Arca Campos, Víctor Muñoz, Manuel Romagosa, José Muñíz Pla, Pedro L. Álvarez, Enrique Roca, Ricardo Narganes, Casimiro Gutiérrez, Valentín Valls y las casas comerciales Artime y Álvarez, J. Ghertrudi y Cía, F. Peña y Cía., Valcárcel y Texidó y el Ayuntamiento de Manzanillo, Liga de Fomento, Cámara de Comercio , Centro de Propietarios, Logias Masónicas, etc. El diario de la Habana “El Mundo”, hizo extensivo a Manzanillo el dispensario que ya tenía establecido en Camagüey. Se reunieron $12 000.00, cuantiosa suma que fue puesta en manos de la Liga de Fomento, para ser distribuida equitativamente, y al quedar disueltas las comisiones, después de rendida su altruista labor, se publicó la cuenta detallada de todos los gastos. El periódico “El Reporter” y toda la prensa local, hicieron cumplida justicia a la actuación generosa del pueblo».

Más adelante agrega: «…La primera defunción ocurrida en Manzanillo por “gripe” o “influenza”, ocurrió el 6 de Octubre y desde este día fue aumentando el número de atacados, en proporción desusada, llegando a contarse hasta 12 defunciones el día 1ro de Noviembre que fue el mes en que con mayor rigor se dejó sentir el azote de la plaga, que se sostuvo en los tres últimos meses del año 1918. Y en este período de tiempo pasaron de 200 los casos de mortalidad anotados por la Liga de Fomento, de acuerdo con los certificados expedidos por la Jefatura Local de Sanidad. Ya en el mes de Enero de 1919, solo ocurrieron seis bajas ocasionadas por la epidemia. Actuaron como delegados de la Liga en los barrios rurales: El Caño, Eduardo Moreno Coll y José Santandreu; Yara, Rafael Sariol y Miguel Ángel Lorente; Jibacoa, Miguel Remón; Zarzal, Alberto Labrada; Calicito, Ramón Escobar y Gustavo Santisteban. En la ciudad: Enrique Portales, Salvador Hernández Paz, José Rodríguez Bermejo, Félix V. Ramírez, Manuel Arca, Ángel Mariño, Miguel Galliano, Bernardo Izaguirre, Francisco Larrea, Miguel Muñíz Pla, Félix Ángel Madrigal, Celedonio Borbolla, Diego Morales, Joaquín Arissó, Horacio Fernández, Ramiro González, Martín Clavería, Serafín Espinosa, Manuel Piña, Maximiliano Díaz, Alberto Cuesta, Manuel Rodríguez, Generoso Bazán, Miguel Moreira, Bernardo Díaz, Alfredo Portas, Alberto Peluzzo, Manuel Matilla, Antonio Ríos, Miguel de la Guardia».

Vista aérea del centro de Manzanillo (Fuente externa)

La fuente utilizada para estas citas ha sido directamente del Archivo Histórico Municipal de Manzanillo. Colección: Bibliografía Local. Modesto Tirado Avilés: «Efemérides de Manzanillo: Ciudad Masó», Tomo III, página 12. Una cortesía del historiador Delio Orozco González.

El registro de la historia es necesario. Ojalá aquella tradición de apuntar en el archivo los sucesos de la ciudad de Manzanillo siga vigente. De no ser así, debería hacerlo los historiadores actuales.

La gripe de 1918 fue excepcionalmente severa. Se estima que se infectó un tercio de la población mundial12 y las tasas de letalidad fueron superiores al 2.5%, en comparación con las inferiores al 0,1% que se han producido en otras pandemias de gripe. La pandemia se extendió a lo largo de 3 olas distintas, primavera 1918, otoño del mismo año e invierno 1918-19. Du- rante la segunda ola se produjo el mayor número de casos y el 64% de la mortalidad, en comparación al 24% durante la tercera y al 10% durante la primera. Una característica clave de la pandemia de 1918 fue la alta tasa de infección y mortalidad observada en adultos jóvenes (20-45 años de edad)16,17, patrón epidemiológico diferente al observado habitualmente para otras pandemias y epidemias de gripe estacional, en las que los niños y los ancianos son gene- ralmente las poblaciones de mayor riesgo.

Los estudios sobre aquella pandemia han establecido que cuatro aspectos influyeron de una forma decisiva en la severidad de la pandemia de 1918: la guerra; un sistema de salud escasamente desarrollado e implantado; la ausencia de antimicrobianos para tratar la neumonía como complicación de la gripe (la penicilina todavía tardaría diez años en descubrirse) y la inexistencia de la virología (ésta no se inició hasta la aparición del microscopio electrónico en la década de 1930).

En el artículo científico «La Pandemia de gripe de 1918. Una incógnita 100 años después», publicado por Tomàs Pumarola y Andrés Antón del Servicio de Microbiología del Hospital Universitari Vall d’Hebron, de la Universitat Autònoma de Barcelona, en la revista Enfermedades Emergentes, en 2018, afirmaban triunfalmente que «Actualmente vivimos en una sociedad mas avanzada, con un buen sistema de salud, que ha desarrollado magníficos sistemas de diagnóstico y de caracterización de los microorganismos, que han permitido sintetizar potentes antimicrobianos y vacunas y se han establecido sofisticados sistemas de vigilancia de los microorganismos en la población. Pero todo ello de una forma absolutamente heterogénea y desigual en el planeta y en donde factores como la pobreza y la falta de educación, los importantes y rápidos movimientos de población, los sistemas de producción de ganadería intensiva, la invasión de áreas geográficas que hasta ahora habían sido vírgenes o el cambio climático entre otros, nos convierten en una sociedad a riesgo de brotes por microorganismos, la mayoría de ellos a partir del reservorio animal, que nos ponen en un auténtico riesgo a nivel poblacional, como ya se ha demostrado para los virus de la inmunodeficiencia humana, Ébola, Zika, Chikungunya, coronavirus del SARS y del MERS o los virus de la gripe aviar H5N1 y H7N9, todos ellos virus RNA con una gran variabilidad genética y capacidad evolutiva y de adaptación. La Organización Mundial de la Salud ha incluido recientemente la “enfermedad X” en su listado de patógenos infecciosos que representan una mayor amenaza para la salud global por su potencial epidémico. Se trataría de un microorganismo que podría surgir en cualquier momento y causar una infección mundial generalizada con una importante carga sanitaria y económica».

Pues sí, la «enfermedad X» llegó, y no estábamos preparados. Tuvimos que inventar en la marcha, y aún no se ha salido de esto.

Como dirían los viejos apuntes de la ciudad cubana: Lejos de Manzanillo, a 28 de junio del 2020.

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